No es seda todo lo que reluce

Más allá de las declaraciones y buenas intenciones de sus dirigentes, habrá que observar muy atentamente qué tipo de relaciones entre países crea la expansión comercial de China

Al hablar del marco mundial en el que se inscribe el ascenso chino, de la especificidad del sistema chino y de sus relaciones exteriores, hemos mencionado muchas veces las diferencias, posibles ventajas y virtudes de China de cara a su comportamiento en el mundo. Una clara ventaja para el mundo de hoy es su menor predisposición a la violencia y el conflicto, su desinterés en la carrera armamentística, la ausencia de un “complejo militar-industrial” capaz de influir e incluso determinar la política exterior, como ocurre en Estados Unidos, y su doctrina nuclear, la menos demencial entre las de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU.

    China mantiene una política mucho más defensiva que ofensiva y eso no es así ahora, cuando tiene enfrente a rivales mucho más poderosos militarmente que ella, sino que ha sido siempre así. Esa actitud queda plasmada en uno de sus símbolos nacionales, la Gran Muralla. Se trataba no tanto de expandirse violentamente hacia fuera, sino de impedir que los bárbaros amenazaran su orden. Pero todo eso, que es una buena noticia, no es en absoluto una garantía para la integración planetaria, más horizontal, equitativa y menos injusta, que necesitamos para afrontar los retos del siglo.

El ascenso chino ocurre en una época de crisis de civilización. Los presupuestos del desarrollo y el crecimiento se revelan perecederos. China llega tarde a un modelo de progreso caduco y en crisis del que el cambio climático antropogénico es pauta y espejo. En esta situación el sentido común recetaría el decrecimiento a las sociedades obesas y permitiría a los más pobres seguir creciendo. China, país pujante y a la vez en desarrollo, está en una situación intermedia. Eso determina cierta esquizofrenia: por un lado debe crecer para generar prosperidad, por el otro debe dejar de hacerlo para generar estabilidad ambiental y sostenibilidad…

Sin responsabilidades históricas en el calentamiento global -responsabilidades que son occidentales- ya es el mayor contaminador del planeta y al mismo tiempo el mayor usuario de energías renovables. Líder en la quema de carbón y en la fabricación de vehículos eléctricos y de placas solares y fotovoltáicas. Es el país que mejor representa y encarna las cuestiones existenciales a las que se enfrenta la humanidad en este siglo.

Desde este punto de vista deberemos observar, juzgar y calificar su expansión mundial cuya hoja de ruta es la Belt and Road Initiative (B&RI), una red de rutas y vías comerciales que se presenta como una estrategia pacífica de integración mundial alternativa al “Imperio del Caos”, es decir al escenario de grandes potencias con tendencia a la violencia.

La B&RI es conocida como la “nueva ruta de la seda”, que designa el flujo histórico de mercancías preciosas (y con ellas de algunos conocimientos) que unió el Asia Oriental sinocéntrica con el Occidente de manera intermitente e irregular durante siglos desde antes del nacimiento de Cristo. El nombre y la analogía que sugiere son bonitos, pero lo que hoy se mueve, y se moverá aún más en el futuro, no es seda, piedras preciosas, marfil y ámbar, sino carbón y recursos fósiles no renovables (utilizados para producir de todo en la fábrica del mundo), así como obras públicas desarrollistas para colocar los excedentes monetarios de la balanza comercial china. La atención tenemos que concentrarla en este tráfico.

   Con eso en la mente, lo que debemos observar para el caso de que la B&RI prospere, como quieren los chinos y desean evitar unos occidentales carentes de toda alternativa integradora, es qué tipo de relaciones entre países creará esa estrategia china.

En materia de dominio colonial-imperialista ha habido dos secuencias a lo largo de la historia. Una es la conquista militar, seguida del dominio económico (trade follows flag). Otra es el poder político como consecuencia del comercio y la inversión (flag follows trade). El occidente colonial e imperialista, que no imagina otro mundo que no sea jerárquico y desigual (“piensa el ladrón que todos son de su misma condición”, dice el refrán), afirma que China sigue el segundo modelo: a su expansión comercial e inversora, seguirá un dominio político.

   Desgraciadamente este es un escenario que en absoluto se puede desdeñar.

Qué China afirme que no quiere ser hegemon, conductor, guía, dominador, es algo que no pasará de ser una declaración de buenas intenciones, si su proyección mundial se basa en un comercio económica y ecológicamente desigual como el que tenemos en el mundo de hoy entre los países ricos y dominantes y los pobres y dependientes. Esa declaración puede ser tan irrelevante como la de los europeos llevando “la civilización” a los “salvajes” en el siglo XIX, o los estadounidenses promoviendo la “democracia y los derechos humanos” a punta de guerras y masacres en el siglo XX hasta el día de hoy.

La explosión del consumo de recursos agotables, histórica en el caso de los países ricos y reciente en los grandes países “en vías de desarrollo”, está ampliado las fronteras de la extracción de recursos hasta las últimas zonas del mundo. En África y América Latina las actuales relaciones comerciales consagran por doquier la “economía extractivista”.

  Como explica Joan Martínez Alier en su libro de memorias (Demà serà un altre dia), se dice que una economía es extractivista cuando está dominada por la extracción, con poca elaboración, de materias primas concentradas en pocos sectores dependientes de la demanda exterior.

El comercio de la Unión Europea es ejemplar. En toneladas, importa cuatro veces más que lo que exporta. América Latina exporta (barato) seis veces más toneladas que las que importa (caro). En este intercambio ecológicamente desigual, los costes ambientales (la extracción de materias primas tiene muchos) se transfieren a otros continentes y no se incluyen en la contabilidad económica, pese a que causan gravísimos perjuicios a la naturaleza, las poblaciones inmersas en ella y a sus derechos. A eso responde el concepto de “deuda ecológica”. Que encima los ricos expoliadores del Norte le exijan al Sur las deudas financieras que les deja un desarrollo errado y devastador, es un auténtico descaro.

   Centenares de activistas han muerto en América Latina en los últimos veinte años enfrentándose a eso y el atlas de los conflictos ambientales (que un equipo del Instituto de Ciencia y Tecnología ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona dirigido por Joan Martínez Alier ha confeccionado), presenta un cuadro inequívoco al respecto.

Con la explotación de materias primas en las últimas vetas mundiales, China está adquiriendo un gran protagonismo en este tipo de intercambio que la puede instalar en una nueva fase de dominio imperialista, bien a pesar de las declaraciones e intenciones de sus líderes. Su demanda y su comercio están desforestando Gabón y Mozambique, y contribuyendo a una devastadora agricultura de monocultivo de soja en Brasil, Argentina y Paraguay.

Seguramente China no hace nada que no hagan otros, o que otros han hecho antes en esos u otros países, pero eso cambia poco la cuestión. Como consecuencia, e independientemente de la intensa campaña mediático-propagandística occidental, la imagen del país ha empeorado en prácticamente todos los continentes, incluidos aquellos como África y América Latina, bien predispuestos hacia ella por razones de la empatía que una antigua y lejana nación históricamente sometida y colonizada genera en otras en situación similar. Por todo ello, será imperativo examinar fríamente el comportamiento exterior de China desde el punto de vista de lo que tenemos planteado como especie.

(Publicado en Ctxt)

10 comentarios en “No es seda todo lo que reluce”

  1. Bravo, bravissimo…..si senyor!! Avui m’ha agradat gairebé tot, tot i que cal afinar amb això de països afins per allò del colonialisme que empatitzen…. Durant més de dues dècades vaig poder observar que fou realment per passats similars, cert, però de governs comunistes o de retorn a tendències, sistemes d’organització, col·lectivistes ancestrals amb pinzellades del que entreveien o comprenien del que es coïa a occident i a orient, però no colonialistes, en el sentit nostre, no vers invasors forans, sinó que, al país del Centre, fou sempre i des de la meva percepció, deixant de banda la malícia justificada a japó, vers els seus ancestres. La rabia amb que han destruït tot el legat, el seu passat i de com reaccionaren a les crítiques que se’ls feia des de dins (alguns gosaven a xiuxiuejar) i des de l’exterior (a tot pulmó) ens ho explica molt. Almenys aquest és el meu entendre.

    ……mercès pel teu esforç, sempre un plaer.

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    1. Muy bonito el artículo. La diferencia es que mientras en “Occidente” tenemos personas como el Sr. Poch que nos advierten de los peligros y abusos que hemos realizado y realizamos los malvados occidentales, con lo cual algo se han mitigado, en China nadie dice ni dirá ni mu. Y mucho menos se manifestarán sus habitantes contra esos abusos.
      Sobre el uso de la fuerza militar por parte de China, se lo pueden preguntar a esos olvidados tibetanos, uigures, a los ciudadanos de Hong Kong y a TODOS sus vecinos (vietnamitas, filipinos, coreanos…), por la expansión militar en el llamado ¿Mar de China? (será que es suyo). Y si aún no utilizan la violencia militar sin problemas, simplemente es porque de momento, no están en disposición de hacerlo. Pretender que existe un buenismo cultural es ridículo. Siempre será mejor un imperio americano que uno chino, más que nada por como viven sus habitantes.

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  2. Muy bien como siempre; hay que pensar como especie si queremos sobrevivir. Como muy bien comenta Janina los chinos han estado sometidos a una vigorosa y destructiva gimnasia: revolución cultural, etc. Ahora la misma dirigencia los engatusa con el consumismo sin permitir mucha crítica. No se sabe muy bien qué saldrá de eso. Ciertamente el colonialismo tintado de teoría racial absurda es el gran pecado de occidente; el odio se palpa y grandes naciones como Francia viven hechizadas por ese pasado. Acá hay menos tendencia areflexionar, pero también nos pesa. No se sabe muy bien cómo afrontar esto. El odio a occidente desconcierta y nos duele; pero hay que mirarlo de frente.

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  3. Totalmente de acuerdo pero, aún así, entiendo que las comparaciones entre países, del tipo este país es el más contaminante o más contaminante que…, son más claras si se hacen en términos per cápita y, además, incorporando qué parte de la fabricación en ese país es como “fábrica del mundo”, para exportar, incorporando al consumo per cápita del país importador lo que realmente importe.
    Por otro lado, ya que tenemos indicadores como la huella hídrica, la huella energética , la de carbono y la ecológica……….sería bueno incorporar la huella en ‘sangre’, (Nicolas Davies) muertos y asesinados en guerras ilegales, bloqueos de alimentos, medicinas,…etc, destrucción de comunidades, ecosistemas arrasados………

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  4. Gracias por tratar el tema Rafael. Es difícil hacerse una idea precisa de lo que está aconteciendo con el Belt & Road Initiative (BRI), tanto por insuficiente transparencia por parte de sus promotores, como por excesivo deseo y capacidad de enturbiarla por parte de quienes quieren interesadamente descarrilarla. Aparte de revistas académicas específicas (como World Development, Area Development and Policy, Development Policy Review, Development & Change, Environmental Research Letters, International Security, China Economic Review, China Quarterly…) la mejor fuente que conozco (con algún ligero y tal vez inevitable sesgo) son las publicaciones y bases de datos del Global Development Policy Center de la Universidad de Boston dirigido por el profesor Kevin Gallagher. Las lecturas que he hecho en varias de estas fuentes, y mi experiencia de investigación tanto en China como en diversos países en ‘vías de desarrollo’ me ofrecen una imagen bastante compleja y aún provisional, cuyas características esenciales son:
    ‘Aprender haciendo’ (adaptive governance, o adaptive management) en la que una clara falta de prioridad a cuestiones ambientales en las fases iniciales del BRI (a pesar de tratar de conseguir asesoría y apoyo de organismos internacionales como el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, UNEP, zancadilleadas por algunos países occidentales con EEUU a la cabeza) ha ido dando paso a una genuina, aunque aún insuficiente, preocupación por estos temas, que se han ido incorporando de modo creciente en el diseño de planes y proyectos.
    Una cierta ventaja comparativa, aunque no exenta de problemas y de las relaciones desiguales que señalas, de oportunidades de desarrollo de los proyectos BRI frente a los proyectos del FMI y del Banco Mundial, las grandes fuentes alternativas de financiación internacional de proyectos de desarrollo en esos países.
    Un intento, aún muy modesto y geográficamente desigual, de aumentar la cadena de valor local, replicando en parte el ejemplo chino de las Zonas Económicas Especiales.
    Un intento de utilizar todas las oportunidades de vincular el BRI con otras iniciativas en el marco de organismos internacionales multilaterales, sin dejar por ello de tener su propia agenda bilateral.
    El resultado es de luces y sombras, con una cierta tendencia a mejorar los aspectos (económicos, financieros, sociales, ambientales) más conflictivos. Sin embargo, concuerdo con tu apreciación implícita de imposibilidad de extrapolar el modelo chino al resto de países ‘en vías de desarrollo’ porque como señala Aguilera Klink la huella ecológica de la Humanidad sería aún más demoledora de lo que es. La gran cuestión por tanto tiene que ver con el decrecimiento, que también mencionas en tu texto. Hasta la fecha no he observado ningún indicador de que China esté avanzando o incluso empezando a reflexionar y considerar esa opción en su propio país, aunque en bastantes de los países beneficiarios del BRI aún falta mucho margen de crecimiento para poder alcanzar niveles dignos de vida. En descargo de China, y aunque no sirva de consuelo ni de solución, hay que reconocer que los países capitalistas más desarrollados, en general con consumos per capita superiores a China, tampoco lo están haciendo. La última gran cuestión que me planteo es si es posible el decrecimieinto en un solo país cuando su némesis y gran hegemón no lo considera y a la vez le sigue agrediendo al primero. El viejo dilema del ‘ecologismo’ (antes, socialismo) en un solo país, o cómo poner el cascabel al gato que está a punto de devorarnos a todos.

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  5. Muy buen artículo, pero se echa en falta un dato elemental en el que no parecemos fijarnos nunca : el de la cultura y la lengua. La hegemonía China, como la de cualquiera de los poderes imperialistas historicos, tendrán que ir acompanados de una cultura y una lengua en las que aniden la universalidad. No creo que sea ese el caso de China.

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