Estados Unidos e Israel han perdido la guerra cuyo resultado, de momento, es que EE.UU ha transferido a Irán el control del estrecho de Ormuz. Es obvio que esa guerra no ha terminado. En ese caso, Irán ha ganado por lo menos una batalla de esa guerra. El futuro es incierto.
El motivo del radical giro desde la “edad de piedra” y la aniquilacion de una civilización hasta la negociación en los términos presentados por Irán, es muy simple: se juegan una recesión global en Ormuz. Trump ha dicho que lo ha firmado forzado por la situación. “Se nos estaban acabando las reservas de petróleo”, ha dicho en su más sincera declaración en mucho tiempo. En los últimos meses Trump iba haciendo malabarismos. Decía el sábado que “el acuerdo con Irán es inminente” y el lunes las bolsas abrían al alza, moderando los incrementos de los precios de la energía. Así de una semana a otra. Pero con las reservas en rojo, el diesel por encima de los cinco dólares el galón y la gasolina por encima de los cuatro dólares, eso ya no había mago fullero que lo arreglase. El documento firmado con Irán no es un acuerdo: es un marco. “Memorando de entendimiento” (MOU), se llama. Le da a Trump un respiro de 60 días. El cortoplacismo de esta especie de geopolítica en fusión con el mundo de la bolsa y las finanzas, es manifiesto.









