Rusia nunca es tan fuerte como dice ser y nunca tan débil como creíamos.
¿Aceptaría Rusia, como mayor potencia nuclear del mundo, y Vladimir Putin una derrota en el campo de batalla convencional, se sometería a las exigencias de Ucrania, la UE y el Reino Unido, y se resignaría a la pérdida de su estatus de gran potencia y a la posible desintegración de la Federación Rusa sin un ataque nuclear para evitar la derrota?
Autor: Alexander Neu

Cuando el 9 de mayo se celebró en Moscú el 81.º aniversario de la victoria de la Unión Soviética contra el régimen fascista de Hitler y, con ello, el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa (en el sudeste asiático se prolongó hasta agosto de 1945), no solo se prestó atención al discurso del presidente ruso, sino también al desfile militar, que se celebró de forma reducida. En los medios locales se especuló con que el poderío militar de Rusia estaba al límite y que, por lo tanto, Moscú no podía permitirse un desfile a gran escala, ya que el material y el personal se necesitaban en el frente. Una hipótesis alternativa era que el Kremlin temía ataques con drones ucranianos sobre la Plaza Roja y, por lo tanto, quería que el desfile fuera lo más reducido posible. Ambas conjeturas tienen el mismo núcleo: Rusia está perdiendo la iniciativa en Ucrania. ¿Un motivo de alegría o un motivo de temor?








