Rubén y sus ancestros

Una genealogía soviética

En calidad de hijo adoptivo, Artiom Sergeyev, aquí con Stalin y su hija Svetlana, convivió con la familia del caudillo
En junio murió en Moscú Rubén Sergeyev, entrañable personaje para todos los que le conocieron. Tenía 65 años. Murió de Covid. Otra de esas lamentables muertes prematuras de esta condenada pandemia. Era un hombre bondadoso, atento y delicado, de gran nobleza de carácter, al que nunca escuché un solo comentario vulgar. Era nieto de la Pasionaria, Dolores Ibárruri, dirigente comunista y Presidenta honorífica del PCE. Se llamaba Rubén en memoria de su tío, el hijo de Pasionaria, Rubén Ruíz Ibárruri (1920-1942), nacido en Vizcaya y caído en Stalingrado con 22 años, tras haber combatido en la guerra civil española y haber recibido como teniente las más altas condecoraciones, entre ellas la de héroe de la Unión Soviética con carácter póstumo.

Por parte paterna, nuestro Rubén tenía una genealogía estalinista aún más notable. Su madre, Amaya Ruíz, fallecida en 2018, casó con un militar soviético llamado Artiom Sergeyev que fue hijo adoptivo de Stalin y llegó a ser General Mayor de artillería y jefe de la defensa antiaérea de Moscú, es decir uno de los cargos de mayor responsabilidad y confianza durante la guerra fría. Se divorciaron tras veinte años de matrimonio.

Artiom, fallecido en 2008 a los 86 años de edad, era hijo de Fiodor Sergeyev (1883-1921), legendario revolucionario bolchevique, compañero de Lenin y Stalin, y amigo íntimo de este último y de Sergei Kirov, cuyo asesinato en Leningrado desencadenaría el Gran Terror. Su nombre de guerra era “Camarada Artiom”. Tras su muerte a los 38 años en un accidente, varias ciudades y pueblos de la URSS, numerosas calles y avenidas, una mina y hasta una isla del Mar Caspio fueron bautizados con el nombre de Artiom, nombre que también recibió su hijo de corta edad adoptado por Stalin.

El Padre y la guerra

El general mayor Artiom Sergeyev, combatió como guerrillero en Bielorrusia, en las trincheras de Stalingrado y fue jefe de la defensa antiaérea de Moscú.

Artiom Sergeyev vivió toda su infancia y adolescencia en el entorno familiar de Stalin hasta su ingreso en el ejército. Fue compañero de juegos de Vasili y Svetlana los hijos del segundo matrimonio de Stalin y escribió un libro de memorias en el que traza un retrato incondicionalmente positivo del caudillo soviético, tanto en el plano humano como político. Como tanta gente de su generación, el General Artiom Sergeyev fue un devoto estalinista que unía una experiencia familiar directa al sentir biográfico generacional de tantos soviéticos de aquella época.  

Su vida, como la de los otros hijos naturales de Stalin, estuvo más marcada por la exigencia que por el privilegio, con la invasión alemana y la participación en la guerra como principal vivencia biográfica.

Artiom Sergeyev comenzó la guerra como teniente en Bielorrusia, donde su unidad fue diezmada y apresada por los alemanes. Escapó del cautiverio en vísperas de su fusilamiento y se unió a una fuerza guerrillera en la llamada “República de los bosques”. Hambre frío y penalidades. Sergeyev logró salir de aquello junto con cuatro compañeros, regresar a las líneas soviéticas y convencer a los mandos de que no era un espía. Luego combatió en Stalingrado. Sus cuadernos de guerra encontrados por su hijo Rubén contenían lacónicos apuntes, a primera vista incomprensibles, que una vez descifrados por su autor ante las preguntas de su hijo, ilustraban la crudeza de aquella guerra. Así en el frente de Stalingrado se leía la frase: “Nuestros camaradas continúan siéndonos útiles después de muertos” (sus cadáveres congelados se colocaban en la parte superior de la trinchera como parapeto). Y en los bosques de Bielorrusia, “Hoy hemos matado a un alemán bueno” (bueno porque en su macuto llevaba comida devorada por los famélicos guerrilleros).

 Herido más de veinte veces, Artiom compartía con su generación una especie de febril obsesión por los años de guerra, repleta de recuerdos sobre compañeros caídos, heroicidades y crueles penalidades que marcaron profundamente a quienes las vivieron. Esa profundidad ha logrado transmitir a las siguientes generaciones de rusos la sobria y respetuosa seriedad que rodea al recuerdo de la segunda guerra mundial en el país que mayor precio pagó en ella.

El abuelo y la revolución
Fiodor Sergeyev, ("Camarada Artiom"), revolucionario bolchevique y fundador de la primera república autónoma de Donetsk.

 Si la Gran guerra patriótica marcó al padre, la revolución y la guerra civil fueron el medio ambiente del abuelo, Fiodor, alias “Camarada Artiom”. Su vida es una novela de acción.
 Fiodor nació en el seno de una familia campesina en una aldea de la región de Kursk pero a los cinco años su familia se estableció en la ciudad ucraniana de Yekaterinoslav (Dnipropetrovsk en la época soviética, desde 2016 Dnipró). Miembro del partido socialdemócrata ruso desde 1901, a los 18 años fue expulsado de la universidad con prohibición de acceso a estudios superiores y encarcelado por activismo. Marchó a París donde conoció a Lenin. En 1903 regresó al Donbass donde creó la primera organización campesina, trabajó de ferroviario y encabezó en 1905 la revuelta armada en Jarkov. Tras un segundo encarcelamiento a su regreso del Congreso del partido en Estocolmo, en 1910 escapó al extranjero viviendo en Japón, Corea, China, donde trabajó de porteador en Shanghai, y Australia, donde volvió a ser encarcelado por activismo sindical. En 1917 regresó a Rusia vía Vladivostok, a tiempo de organizar en octubre y noviembre las revueltas armadas en Jarkov y el Donbass. Durante la guerra civil organizó la primera república autónoma de Donetsk dentro de la república socialista federativa de Rusia, precedente histórico de la proclamada en 2014 como reacción al cambio de régimen auspiciado por Estados Unidos y la Unión Europea al calor de la revuelta popular en Kiev. Tras ser elegido miembro del Comité Central del Partido Bolchevique en 1920, Fiodor murió en un accidente (quizás un atentado trotskista) del llamado “aerovagón", un vagón ferroviario impulsado por un motor de avión de hélice que los rusos presentaron con motivo del tercer congreso de la Internacional Comunista que se celebraba en Moscú. El “Camarada Artiom” fue enterrado en la muralla del Kremlin junto a otros padres de la patria soviética.

El nieto y la perestroika
Rubén Sergeyev en una foto de la última pascua
Lo que para su padre fue la guerra y para su abuelo la revolución y la guerra civil, para Rubén Sergeyev lo fue la estancada URSS de Brezhnev de los años setenta y la experiencia transformadora de la perestroika de Gorbachov. Habiendo estudiado economía e historia en el Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú, Rubén fue un “intelligent” ruso atípico en aquel contexto de súbitos cambios de fe. No fue un seguidor de la occidentalización a ultranza que deslumbró a la intelligentsia liberal ex comunista devota de Boris Yeltsin y siempre consideró la estabilidad del estado ruso como una condición esencial para cualquier reforma. Tampoco siguió la tendencia de tantos rusos con antecedentes hispanos que solicitaron la nacionalidad española, ni siquiera cuando la rara enfermedad de su hijo, posteriormente restablecido, obligaba a realizar análisis de sangre, bastante complicados en Moscú y que en Madrid habrían sido rutinarios. Muy bien relacionado, tampoco sacó provecho alguno del espectáculo de la llamada “privatización”, el saqueo del patrimonio nacional que dio lugar al nacimiento de tantos nuevos ricos, y millonarios, en el país. Un hombre digno y honrado en un contexto que propició todos los egoísmos y oportunismos.

Acogió con gran esperanza la “perestroika” de Gorbachov desde el Comité por la Paz. Desde aquella organización estimaba en 1987 que en su país el movimiento por la paz era, “una fuerza capaz de activar al pueblo y democratizar la vida política en el interior de la URSS". Esta capacidad era similar a la que el movimiento pacifista y ecologista representaba en Occidente, según declaró en una entrevista que le hicieron en España aquel año. En una URSS con 40 centrales nucleares que acababa de sufrir el accidente de Chernobyl, la desnuclearización, decía, solo podía ser una consecuencia del desarme militar y la distensión.

En los inicios fue un gran abogado de la política de desarme de Gorbachov, pero con el tiempo se fue desengañando de la mala gestión que en Moscú se hacía de la retirada imperial de Europa del Este presidida por una gran improvisación en asuntos militares, de los que era un buen conocedor. No solo conocía todos los tipos de armas, misiles, submarinos y aviones, tanto soviéticos como del adversario, sino que sabía cómo funcionaba todo aquel mundo, cuales eran las interioridades de las negociaciones de desarme y quienes eran sus protagonistas, algunos de los cuales entrevisté en su valiosa compañía…
   Era un buen conocedor de la historia y la cultura rusas que a mi personalmente me situaba muy bien en los asuntos rellenando mi ignorancia, fuera respecto a la época de Iván el Terrible o en materia de Ópera.

En el verano de 1991, en vísperas del golpe de agosto que convirtió a Gorbachov en un general sin ejército, llegó a Moscú Rafa Manzano, el más salado y simpático corresponsal de la Cadena SER. Necesitaba un ayudante y en Madrid alguien le aconsejó que hablara con Lola Sergeyeva, la hermana de Rubén que se había establecido en España. Fue ella la que le dio a Manzano el contacto con Rubén que pasó a ser el ayudante del corresponsal de la SER en Moscú, con un modesto sueldo en dólares, en cualquier caso muy superior a lo que podía ganar como profesor.

“Tener a Rubén de ayudante era un lujo en todos los sentidos”, recuerda Manzano. “Siempre curioso, era una enciclopedia, por su buen carácter tenía amigos y contactos hasta en el infierno y devoraba literalmente los periódicos”.

Manzano hacía, lógicamente, breves crónicas de radio. “Le pedías asesoramiento sobre un tema en Azerbaidján que debía radiar en quince minutos y comenzaba explicando los antecedentes del asunto:
-”En primer lugar, en el siglo XIX, Bakú fue una ciudad de gran dinamismo gracias a…, en segundo lugar….”
-”¡Hostia Rubén, que es una crónica de treinta segundos y la tengo que largar en diez minutos…!”.

Era como utilizar un Rolls Royce para circular por el patio de casa. Gracias a Rubén, Manzano fue, seguramente, el único periodista occidental que asistió al entierro de Lázar Kaganóvich, el último de los lugartenientes de Stalin aún vivo que falleció en julio de 1991.

 En aquella época, de talentos desubicados por la transformación que llevaba consigo el gran hundimiento, esa analogía podía ser bastante común. Gente como él, que podía estar dando clases en una buena universidad o trabajando como experto en el SIPRI sueco, o en un cargo de responsabilidad en el Ministerio de Exteriores ruso, allí estaba resolviendo las urgencias de ignorantes plumíferos de tres al cuarto.

En el invierno de 1993, en plena batalla entre Boris Yeltsin y su parlamento, que terminó con el bombardeo del segundo por el primero, solía encontrarme con Manzano en la caóticas y maratonianas sesiones del Congreso de diputados que tenían lugar en el Kremlin y donde hacíamos piña con Rubén. En aquellos eventos participaban más de un millar de personas, entre diputados, expertos, periodistas y demás. En los corrillos que se formaban en los descansos entre sesiones te enterabas de lo más sorprendente. Las tripas del Estado estaban a la vista. Fue allí donde Rubén se enteró de que se había desarrollado un nuevo misil submarino de gran velocidad que salvaba la resistencia del agua creando una capa de aire delante de su trayectoria. Por aquella época le ofrecieron a Manzano una comisión del 5% si conseguía un comprador para un guardacostas, una anécdota que resume muy bien el espíritu de los tiempos…
    Todo aquello podía parecerle al extranjero un carnaval, para Rubén era doloroso contemplar como su país se iba literalmente al garete. Rubén era un hombre que sufría por el destino de Rusia y sabía que todos aquellos excesos tendrían consecuencias duras tarde o temprano.

En una de aquellas sesiones del Congreso se sumó a nuestro grupo de periodistas el corresponsal de The Guardian, que, naturalmente, quedó impresionado por las habilidades de Rubén. Tras consulta con Manzano, el ayudante de la SER fichó por The Guardian que le pagaba mucho mejor por remediar la misma ignorancia en versión anglosajona. Pero siempre con la libertad que se desprendía de la amistad: podíamos consultarle cualquier cosa y en cualquier situación. Rubén trabajó para The Guardian hasta los inicios de la época de Putin. Yo le consulté por última vez con motivo de la revuelta popular/golpe de estado de Kiev de 2014. El nieto del fundador de la primera república soviética de Donetsk me advirtió sobre lo que era obvio: aquel cambio de régimen no iba a ser aceptado ni en Crimea ni en el Este de Ucrania.

(Publicado en Ctxt)
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Las cuatro cumbres de Biden

La ambigüedad de la cruzada de Estados Unidos contra China solo es superada por la total inconsistencia de la Unión Europea como sujeto autónomo.

Las cuatro cumbres de Biden de la tercera semana de junio -el domingo 13 con el G-7, el lunes con la OTAN, el martes con la UE y el miércoles con Putin en Ginebra- han expresado una mezcla de ansiedad e impotencia. ¿Ha funcionado su objetivo manifiesto de reclutar aliados para el “todos contra China”? La impresión es ambigua.

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Asombros liberales

La división de la derecha según una de sus militantes

La divisoria entre izquierda y derecha pasa por dos vectores fundamentales e inseparables, dice Oskar Lafontaine: el rechazo al modelo neoliberal y el rechazo a la guerra. No se puede ser de izquierdas sin combatir un sistema socioeconómico que pone el beneficio y la explotación en el centro de la economía humana hasta el punto de poner en peligro el futuro de la especie. No es de izquierda quien no repudia el dominio económico y militar de las naciones más fuertes en las relaciones internacionales. Es decir, izquierda es: anticapitalismo, ecologismo, antiimperialismo y antimilitarismo. Lo que queda al otro lado es “derecha” aunque se llame verde o “socialista”. A partir de ahí los programas de transformación, las reformas, los pragmatismos y los posibilismos son cuestiones de táctica, objeto de legítimo y necesario debate, pero obviar alguno de estos vectores fundamentales, o sustituirlos por “estilos de vida”, deja al sujeto fuera de la izquierda.

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No es seda todo lo que reluce

Más allá de las declaraciones y buenas intenciones de sus dirigentes, habrá que observar muy atentamente qué tipo de relaciones entre países crea la expansión comercial de China

Al hablar del marco mundial en el que se inscribe el ascenso chino, de la especificidad del sistema chino y de sus relaciones exteriores, hemos mencionado muchas veces las diferencias, posibles ventajas y virtudes de China de cara a su comportamiento en el mundo. Una clara ventaja para el mundo de hoy es su menor predisposición a la violencia y el conflicto, su desinterés en la carrera armamentística, la ausencia de un “complejo militar-industrial” capaz de influir e incluso determinar la política exterior, como ocurre en Estados Unidos, y su doctrina nuclear, la menos demencial entre las de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU.

    China mantiene una política mucho más defensiva que ofensiva y eso no es así ahora, cuando tiene enfrente a rivales mucho más poderosos militarmente que ella, sino que ha sido siempre así. Esa actitud queda plasmada en uno de sus símbolos nacionales, la Gran Muralla. Se trataba no tanto de expandirse violentamente hacia fuera, sino de impedir que los bárbaros amenazaran su orden. Pero todo eso, que es una buena noticia, no es en absoluto una garantía para la integración planetaria, más horizontal, equitativa y menos injusta, que necesitamos para afrontar los retos del siglo.

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Caldeando el ambiente en Ucrania y Taiwán

Para delimitar las responsabilidades del incremento de la tensión militar solo hay que fijarse en dos cosas: la iniciativa y la geografía.

Rafael Poch

La administración de Biden está caldeando el ambiente militar en una acción en dos frentes, contra Rusia en Ucrania y el Mar Negro, y contra China en el espacio de Taiwán, en el Mar de China meridional. Todo ello está dando lugar a medidas de respuestas rusas y chinas en cada uno de esos teatros, pero no hay nada de “responsabilidades compartidas” en este asunto. Lo que hay es, en primerísimo lugar, una temeraria irresponsabilidad de Estados Unidos.

Para convencerse de ello no hay más que atender a dos aspectos: la iniciativa, de dónde proviene el impulso inicial que provoca la tensión, y la geografía, es decir dónde se localiza el escenario.

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Una semana ejemplar

La creciente hostilidad entre potencias aleja aún más la urgente cooperación internacional

La semana transcurrida entre el lunes 15 y el lunes 22 de marzo ha sido ejemplar. Ha retratado como pocas la pérdida de un tiempo precioso para hacer frente a lo que importa. Lleva a pensar que los famosos “retos del siglo” (atajar el calentamiento global, paliar las desigualdades sociales y regionales, e iniciar el desarme de los recursos de destrucción masiva) se nos escapan de las manos como la arena entre los dedos del puño cerrado. A mi me trae recuerdos de aquella conversación sobre lo divino y lo humano mantenida hace años con el escritor ruso ya fallecido Andrei Bitov.

“A veces creo que la humanidad va derecha hacia la catástrofe, otras veces, en cambio, veo señales de esperanza, de que todo consiga remediarse de alguna forma”, me dijo el escritor. Pues bien, esta semana ha sido ejemplar para la primera impresión de Bitov: por el cúmulo de desastres que apunta. Comencemos en Europa.

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La Unión Europea hacia China: debilidad y ambigüedad

La doctrina de Bruselas hacia Pekín aprobada en octubre es esquizofrénica: una amalgama de hostilidad y estrecha relación. El gigante europeo es impotente a causa de su división interna y de su hipoteca transatlántica.

Desde por lo menos los años ochenta del siglo XX, China observó con interés y curiosidad el surgir de la Unión Europea, un ovni político de gran potencial económico. Entonces la UE representaba el 30% del PIB mundial mientras que China solo el 2,3%. Cuando en los primeros años del siglo XXI, la UE se ampliaba (diez nuevos estados miembros en 2004) e incrementaba su integración, Pekín seguía la evolución del proceso con interés añadido. Con sus casi 500 millones de habitantes y su gran potencia económica (segundo PIB mundial), la UE era menos celosa que Estados Unidos a la hora de transferir la tecnología que China necesitaba para su desarrollo. Además, y sobre todo, lideradas por Francia y Alemania, las diferencias europeas con la dirección neocon de George W. Bush en Estados Unidos, particularmente relevantes en 2003 con motivo de la desastrosa invasión de Irak, introducían en Pekín preguntas existenciales de gran calado estratégico: ¿Se va a dividir Occidente? ¿Será la Unión Europea un nuevo polo autónomo de la nueva constelación multipolar?

La división entre las antiguas potencias coloniales europeas y la superpotencia imperial americana era una cuestión fundamental no solo para China, sino para todo el llamado “sur global”, aunque solo fuera por la ampliación de los márgenes de maniobra que significaba. Ampliar a lo político, por ejemplo en las organizaciones internacionales creadas y dominadas por Occidente, la holgura ya existente en lo comercial por ejemplo al negociar la compra de aviones, no con uno sino con dos vendedores (Boeing y Airbus ), era un asunto mayor. ¿Se abriría una oportunidad similar en la ONU?

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Tres vectores y nueve frentes de la actual guerra híbrida contra China

Las barreras comerciales y tecnológicas, el fomento del separatismo, las campañas mediáticas y un intenso espionaje y hackeo, complementan el cerco militar

El algo confuso concepto de “guerra híbrida” suele utilizarse para describir toda la panoplia de presiones y acciones militares, diplomáticas, de servicios secretos, desinformación, propaganda y ataques digitales utilizada contra una potencia adversaria. No describe una realidad nueva -la tradicional guerra fría del mundo bipolar ya contenía casi todo eso- pero incorpora las nuevas posibilidades no convencionales de sabotaje y desinformación abiertas por las nuevas tecnologías, en particular las digitales. Esas posibilidades son hoy recurso generalizado de todas las grandes potencias.

En la relación de Estados Unidos y sus aliados militares contra China la “guerra híbrida” tiene tres grandes vectores: la presión militar y política desde países vecinos, la “política de derechos humanos”, es decir la utilización propagandística y selectiva de las fechorías del adversario vía campañas de medios de comunicación con especial concentración en el fomento del separatismo, y la presión económica comercial y tecnológica. Dentro de estos tres vectores generales, en la actualidad podemos distinguir nueve frentes de acción abiertos. (1)

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Rusia y China, ¿amigos para siempre?

Sobre los problemas de su alianza, forjada por la estupidez de Washington

La conquista de Siberia por Yermak (Obra de Vasili Súrikov, 1888)

La cooperación ruso-china es cada vez más estrecha y se extiende a ámbitos sensibles antes inimaginables. En octubre de 2019 el Presidente Putin reveló, por ejemplo, que Rusia está ayudando a China a crear un sistema de alerta para ataques de misiles, lo que parece anticipar un sistema integrado y un rudimento de alianza militar defensiva. Esos son, ciertamente, avances mayores.

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Emperador Trump

La degeneración de la república estadounidense viene de lejos y tiene que ver con su acción imperial. Nadie como Donald Trump, una caricatura de Calígula del Siglo XXI, la ha retratado.

El torpe intento de Donald Trump por revertir los resultados electorales en Estados Unidos es, objetivamente, una fechoría menor al lado de las que su acción exterior tiene en su haber a lo largo de su nefasto mandato presidencial.

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