La Unión Europea hacia China: debilidad y ambigüedad

La doctrina de Bruselas hacia Pekín aprobada en octubre es esquizofrénica: una amalgama de hostilidad y estrecha relación. El gigante europeo es impotente a causa de su división interna y de su hipoteca transatlántica.

Desde por lo menos los años ochenta del siglo XX, China observó con interés y curiosidad el surgir de la Unión Europea, un ovni político de gran potencial económico. Entonces la UE representaba el 30% del PIB mundial mientras que China solo el 2,3%. Cuando en los primeros años del siglo XXI, la UE se ampliaba (diez nuevos estados miembros en 2004) e incrementaba su integración, Pekín seguía la evolución del proceso con interés añadido. Con sus casi 500 millones de habitantes y su gran potencia económica (segundo PIB mundial), la UE era menos celosa que Estados Unidos a la hora de transferir la tecnología que China necesitaba para su desarrollo. Además, y sobre todo, lideradas por Francia y Alemania, las diferencias europeas con la dirección neocon de George W. Bush en Estados Unidos, particularmente relevantes en 2003 con motivo de la desastrosa invasión de Irak, introducían en Pekín preguntas existenciales de gran calado estratégico: ¿Se va a dividir Occidente? ¿Será la Unión Europea un nuevo polo autónomo de la nueva constelación multipolar?

La división entre las antiguas potencias coloniales europeas y la superpotencia imperial americana era una cuestión fundamental no solo para China, sino para todo el llamado “sur global”, aunque solo fuera por la ampliación de los márgenes de maniobra que significaba. Ampliar a lo político, por ejemplo en las organizaciones internacionales creadas y dominadas por Occidente, la holgura ya existente en lo comercial por ejemplo al negociar la compra de aviones, no con uno sino con dos vendedores (Boeing y Airbus ), era un asunto mayor. ¿Se abriría una oportunidad similar en la ONU?

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Tres vectores y nueve frentes de la actual guerra híbrida contra China

Las barreras comerciales y tecnológicas, el fomento del separatismo, las campañas mediáticas y un intenso espionaje y hackeo, complementan el cerco militar

El algo confuso concepto de “guerra híbrida” suele utilizarse para describir toda la panoplia de presiones y acciones militares, diplomáticas, de servicios secretos, desinformación, propaganda y ataques digitales utilizada contra una potencia adversaria. No describe una realidad nueva -la tradicional guerra fría del mundo bipolar ya contenía casi todo eso- pero incorpora las nuevas posibilidades no convencionales de sabotaje y desinformación abiertas por las nuevas tecnologías, en particular las digitales. Esas posibilidades son hoy recurso generalizado de todas las grandes potencias.

En la relación de Estados Unidos y sus aliados militares contra China la “guerra híbrida” tiene tres grandes vectores: la presión militar y política desde países vecinos, la “política de derechos humanos”, es decir la utilización propagandística y selectiva de las fechorías del adversario vía campañas de medios de comunicación con especial concentración en el fomento del separatismo, y la presión económica comercial y tecnológica. Dentro de estos tres vectores generales, en la actualidad podemos distinguir nueve frentes de acción abiertos. (1)

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Emperador Trump

La degeneración de la república estadounidense viene de lejos y tiene que ver con su acción imperial. Nadie como Donald Trump, una caricatura de Calígula del Siglo XXI, la ha retratado.

El torpe intento de Donald Trump por revertir los resultados electorales en Estados Unidos es, objetivamente, una fechoría menor al lado de las que su acción exterior tiene en su haber a lo largo de su nefasto mandato presidencial.

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Irán, la violencia y los silencios

Si el término “terrorismo” significa algo en el mundo de hoy, la continuada agresión de Estados Unidos y su socio israelí contra Irán es precisamente eso.

En la legislación alemana existe una ley (Antiterror-Dateigesetz) que regula el criterio para incluir a una persona en el fichero de terroristas. Su artículo 2 define como idóneas para tal inclusión a las “personas que utilizan ilegalmente la violencia como medio para imponer internacionalmente cuestiones políticas o religiosas”. Con ese criterio, no hay duda de que en un mundo regido por el sentido común los presidentes de Estados Unidos y algunos jefes de gobierno europeos deberían encabezar esa serie. Si el término “terrorismo” significa algo en el mundo de hoy, la continuada agresión de Estados Unidos y su socio israelí contra Irán -con la entre impotente y gallinácea aquiescencia de la Unión Europea- es precisamente eso.

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Indicadores de la incertidumbre

Nos adentramos en un mundo fracturado y desacoplado

Se ha dicho hasta la saciedad pero hay que repetirlo: Estados Unidos atraviesa la crisis interna más grave desde su guerra civil. Más de 73 millones de estadounidenses votaron a Trump, Biden no va a controlar las cámaras y es un genuino blandengue del ciego establishment. Así que es posible que el trumpismo continúe sin Trump, como el carlismo sobrevivió a Don Carlos María Isidro dividiendo y desangrando a la sociedad española en tres kafkianas guerras civiles en nuestro siglo XIX. Además de la actualidad del “síndrome Quing” en Estados Unidos, las elecciones han constatado que el Partido Demócrata no tiene nada que proponer al movimiento popular, reaccionario, antiinstitucional y oscurantista, sobre el que ha navegado  Trump y que seguirá ahí.

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El síndrome Qing de Estados Unidos

Si algo ha dejado claro la última campaña electoral es que Estados Unidos no tiene una estrategia para el nuevo mundo del Siglo XXI.

Tras la leyenda de la manipulación electoral rusa, ya asoma el “peligro chino”

Rafael Poch

Estados Unidos pasa por ser una “sociedad abierta” -incluso la sociedad abierta por excelencia- sin embargo es obvio que las preguntas esenciales sobre su comportamiento internacional ni se plantean, ni pueden siquiera ser planteadas. Por ejemplo, la mera hipótesis de que el país deje de ser la “potencia número uno” en el próximo futuro -una posibilidad en absoluto excéntrica- no solo es implanteable, sino que tiene categoría de simple herejía: Nadie en Estados Unidos está dispuesto a discutir la posibilidad de que el país llegue a ser un “número 2” mundial y tal enunciado, “sería suicida para cualquier político que lo planteara”, constata el politólogo Kishore Mahbubani de la Universidad de Singapur.

En su último libro Has China  Won?, repleto del sentido común y la racionalidad que favorece la independencia de criterio tan rara entre los expertos occidentales , Mahbubani expone cómo, pese al declive, ningún líder de Estados Unidos ha propuesto hasta la fecha un ajuste estratégico o estructural para ponerse a tono con la nueva realidad del mundo. Es lo que el ilustre historiador chino Wang Gungwu describe como el “síndrome Qing de América”.

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El aniversario de una lección que la humanidad no aprendió

Hace 75 años Hiroshima anunció el inicio de la capacidad humana de destruir toda vida en el planeta. De las 350.000 personas que se encontraban allí el 6 de agosto, 140.000 habían muerto en diciembre.

Imagen aérea del alcance de la bomba de Hiroshima.

A las 08:15 del 6 de agosto de 1945, un bombardero B-29, de un grupo de tres “fortalezas volantes” que navegaban a 8.500 metros de altura, lanzó una bomba sobre Hiroshima. Los aviones habían despegado seis horas y media antes, en plena noche, de la isla de Tinian, al lado de Guam, a 2.700 kilómetros al sureste de Japón. La bomba llevaba el inocente nombre de “Little Boy”, medía tres metros de largo y 0,7 de ancho. Su peso era de cuatro toneladas. Explotó a 590 metros de altura, liberando una energía equivalente a la explosión de 13.000 toneladas de TNT, es decir la capacidad convencional de bombardeo de 2.000 aparatos B-29. La bomba tuvo tres efectos mortales: calor, explosión y radiación.

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La pandemia acelera las tendencias

En Estados Unidos la protesta ciudadana amplia la división de los que mandan y dibuja en el horizonte un panorama de guerra civil fría.

 Con diez millones de casos confirmados y medio millón de muertos conocidos, las cifras de finales de junio (recordemos que eran 300.000 y 11.000, respectivamente, en marzo) confirman la expansión general de la pandemia como amenaza global. Las consecuencias que la pandemia está teniendo en las potencias y sus relaciones no han cambiado las tendencias generales anteriores a ella. Solo las ha agravado y acelerado. Leer más “La pandemia acelera las tendencias”

  En la boca del túnel

            Otro mundo es posible, pero no seguro ni ineludiblemente mejor

 Mucho se habla del “mundo después de la pandemia”. Habrá cambios, seremos otros, dicen. Parece que el virus sea un agente transformador y no un mero factor de enfermedad, desempleo y pobreza. Desde luego, “otro mundo es posible”, pero ni el cambio está garantizado, ni tiene que ser ineludiblemente un cambio a mejor. Leer más ”  En la boca del túnel”

Buscando culpables

El fiasco occidental en los inicios de la crisis del virus, se conduce hacia un incremento de la agresividad contra el nuevo enemigo chino

Con la economía mundial en ruta hacia su mayor depresión desde la gran crisis de 1929 (FMI dixit) y entre nerviosas advertencias de sus propios partidarios de que la superpotencia imperial por excelencia podría estar perdiendo terreno en esta crisis ante su principal adversario, se abre paso de manera frenética la búsqueda de un culpable. Leer más “Buscando culpables”