En los últimos cuatro años hemos asistido a tres grandes errores de cálculo del hegemonismo occidental liderado por Estados Unidos. El primero fue el de Rusia. Se creía que provocando la invasión de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y una debacle económica como resultado de las sanciones y de un aislamiento internacional que se daba como seguro. Nada de eso ha ocurrido. El segundo fue con China. Creían que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas doblegarían a Pekín. Tampoco eso ha ocurrido. China ya es una gran potencia tecnológica que, por ejemplo, produce sus propios microprocesadores. Bastó con que Pekín amenazara con responder cortando toda su exportación de tierras raras, los minerales esenciales para alta tecnología, defensa y energías renovables que dispone casi en solitario, para anular todo aquello. El tercer error de cálculo lo estamos viendo ahora con Irán.
Esta guerra es asimétrica porque la superioridad tecnológica y la capacidad militar de uno de los bandos es abrumadora, pero de momento Irán la está ganando.
Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia. La historia colonial europea es el nexo entre los gobiernos occidentales y la masacre israelí.
Por razones obvias, el colonialismo francés, competidor histórico, no ha sido exaltado por la industria anglosajona del entretenimiento y como mucho ha sido considerado como defectuoso pariente de la familia imperial. Sin embargo, su génesis ilustra a la perfección una dualidad supremacista plenamente vigente hoy: la de unas democracias occidentales relativamente libres hacia adentro -hoy en claro proceso de involución- y dictatoriales hacia afuera.
Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí.
Trump es un matón y la UE le trata con respeto. A un matón no se le puede tratar con respeto, porque te pisará aún más. La única manera de tratar a un matón que te agrede es, como dijo el cenetista catalán Joan Peiró hace muchos años, darle una patada “en la cruz de los pantalones”. Esa es la dialéctica que los matones entienden, pero la UE le ríe las gracias a esta especie de ridículo Nerón narcisista que dirige en Washington una administración de aficionados que está acelerando el ocaso de su superpotencia.
Todos los primeros ministros de Israel a lo largo de su historia excepto uno, tienen raíces rusas.
Rusia es un país con una gran tradición de antisemitismo que la revolución de Octubre cortó radicalmente en 1917 y que la restauración termidoriana estalinista restableció desde finales de los años treinta. Entre los años cuarenta y los ochenta del siglo XX el latente antisemitismo oficial complicó bastante, cuando no imposibilitó, que los judíos accedieran a las mejores universidades e institutos del país y aún menos que ocuparan cargos importantes en el partido, el ejército, o en las altas esferas de la economía. Con Putin mucho de todo esto se ha roto, pese a la mayor influencia que la Iglesia Ortodoxa Rusa ejerce hoy en comparación con el pasado soviético.
Una de las anomalías de la Rusia actual es que nunca en los últimos setenta años se había tratado tan bien a los judíos, ni había sido tan bajo el antisemitismo oficial.
Después de la guerra, el Holocausto se jugó siempre a la baja en la URSS. Con tres millones de judíos soviéticos muertos entre la invasión alemana de 1941 y la victoria de 1945, entre el total de 27 millones de muertos del país, los dirigentes optaron por presentar un sufrimiento sin distinción de etnias. Eso ha sido finalmente normalizado.
En 2005 Putin fue el primer líder ruso en acudir a Auschwitz con motivo del aniversario de la liberación, por el ejército soviético, de aquel campo de exterminio; en expresar su pesar por la gran emigración de judíos soviéticos experimentada tras la disolución de la URSS y en hacer pública su esperanza de que regresen en el futuro. También ha sido el primero y único en felicitar a los judíos rusos por el año nuevo hebreo y la Hanukkah y en enviar un mensaje presidencial al Congreso de judíos rusoparlantes.
En este contexto de relativa normalización oficial un personaje como el politólogo Dmitri Simes dirige hoy uno de los programas de análisis y debate político más importantes del primer canal de la televisión rusa. Simes es un ex ciudadano soviético hijo de abogados judíos defensores de disidentes, que en 1973, a los 25 años de edad, emigró a Estados Unidos como judío, fue asesor de Richard Nixon, editor de la revista The National Interest y se codeó con las primeras figuras del establishment de Washington, donde se movía como pez en el agua. En 2018, Simes volvió a Rusia, recuperó la nacionalidad rusa en 2022, y se ha convertido en uno de los principales comunicadores del país. Su programa “Bolshaya Igrá” (“El gran juego”) sigue al detalle el pulso mundial, con especial atención hacia las interioridades de la política americana, invitando a conocidos personajes y analistas de Estados Unidos, economistas, embajadores, ex agentes de la CIA, además de expertos rusos. El resultado es que, contra lo que se suele pensar en Occidente -donde se tiende a confundir la Rusia de Putin con una especie de Corea del Norte- el público ruso interesado está mejor informado sobre la guerra de Ucrania, las relaciones internacionales y las tensiones entre potencias, que su correspondiente europeo o americano.
En temas de Oriente Medio, Simes refleja en su programa el sutil equilibrio que Moscú práctica entre la crítica y censura de la bárbara masacre israelí, y el cuidado y la atención que se dedica a Israel, con sus dos millones de ciudadanos ex soviéticos entre sus nueve millones de habitantes. Aunque en Rusia aún no se han editado las obras de los historiadores israelís críticos con el sionismo, como Ilan Pappe, Idith Zertal o Avi Shlam, que han desmontado el discurso oficial israelí sobre la historia del país y tanto han influido en la academia occidental, por el estudio de Simes desfilan expertos iranís, árabes, analistas rusos sutilmente proisraelís, ilustres arabistas claramente antisionistas y abiertos defensores israelís de la política de Israel. Entre estos últimos destaca el político y diplomático israelí Yakov Kedmi.
Kedmi, cuyo apellido original era Kazakov, nació en Moscú en 1947 y emigró a Israel en 1969. Con los años llegó a dirigir el “Nativ”, un servicio secreto adjunto al primer ministro centrado en la política hacia la importante emigración de judíos soviéticos a Israel. Kedmi suele intervenir en el programa de Simes por videoconferencia desde su vivienda en Tel Aviv y lo que llama la atención es el busto que tiene colocado en su biblioteca. No es el de Ben Gurion, ni el de Theodor Herzl, ni el de cualquier otro padre de la patria del estado de Israel, sino el de Felix Dzerzhinsky, fundador de la Cheka, primera policía secreta bolchevique instrumento del terror rojo de defensa de la Revolución Rusa. Explico todo esto para llamar la atención sobre la actualidad de lo que expondré a continuación y que podríamos denominar las raíces rusas del terrorismo colonial israelí.
…Y Europa alentando una guerra contra Rusia que amenaza con convertirse en profecía autocumplida
Trump ha impuesto tarifas del 50% a los productos indios y brasileños desde el 30 de julio. En la última cumbre de los Brics celebrada en Río de Janeiro los días 6 y 7 de julio, fueron esos dos países los que mayor énfasis hicieron en la inconveniencia de un enfrentamiento con Estados Unidos. Ahora resulta que son precisamente esos países lo que van a sufrir el peor maltrato de Trump. Es decir, el presidente incentiva la emancipación de los Brics más reticentes.
Estados Unidos ha atacado el octavo país musulmán en quince años. La violación del derecho internacional ha sido en este caso doble, pues se han atacado instalaciones nucleares, algo expresamente prohibido. Asistimos al derribo del “derecho internacional” por sus inventores.
Gaza fue el anuncio, Ucrania el tanteo, Irán la escalada, pero Rusia y China son la traca y el objetivo final.
La Unión Europea continua afirmando “el derecho de Israel a defenderse”, mientras el jefe de su primera potencia confiesa que “Israel está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros”