Moscú y Berlín envenenan sus relaciones

El caso Navalny destruye uno de los escasos puentes que quedaban

Las relaciones entre Moscú y Berlín han entrado en septiembre en una crisis que va a complicar aún más la situación en Europa. El deterioro viene de lejos. Comenzó con claridad hace diez años, y no por casualidad, tras el hundimiento financiero del casino neoliberal. Es conocido que la agudización de las tensiones internacionales y la guerra suelen ser la “solución” de tales crisis. La espiral de Estados Unidos contra China es una muestra de ello. Lo de Alemania hacia Rusia forma parte de lo mismo. Tendencias claramente alarmantes. El desencadenante inmediato ha sido la protesta de los bielorrusos y sobre todo el presunto envenenamiento de Aleksei Navalny, un opositor del Kremlin, y ha tenido lugar cuando se cumplían 65 años del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre la República Federal Alemana y la Unión Soviética.

En 1955 habían pasado solo diez años desde el fin del holocausto ruso-soviético de 27 millones de seres humanos que la criminal invasión alemana de la URSS ocasionó. Hoy ese terrible dato del extremo sufrimiento que los invasores alemanes infligieron a los rusos, bielorrusos, ucranianos y demás, se ha borrado de la memoria de los políticos germanos. Mantienen las formas con los judíos, a los que intentaron exterminar, por el procedimiento de renovar una y otra vez su cheque en blanco a los crímenes del estado de Israel, curioso concepto de contrición, pero no tienen ningún complejo hacia Rusia. Así, en Alemania se conmemora casi todo, desde la culpa del holocausto hebreo, hasta el bombardeo de la Westerplatte o cualquier otro evento de la Segunda Guerra Mundial, pero ni palabra sobre la operación Barbarroja que desencadenó la gran matanza en el Este.

Las cosas no eran así en los años setenta, cuando la generación socialdemócrata de Willy Brandt y Egon Bahr diseñó la Ostpolitik con una conciencia aun muy viva de todo aquello. Claro, Brandt había sido uno de los raros alemanes (unos 100.000 en total) que se resistieron activamente al nazismo y no tenía nada que ver con los nazis reciclados que levantaron la RFA de posguerra.  Fue entonces cuando Alemania firmó los primeros contratos energéticos con la URSS. Aún recuerdo los artículos del gran André Gunder Frank llamando la atención sobre la importancia de aquellos acuerdos.

A finales de los ochenta aquella amistosa distensión germano-rusa llegó a su apogeo cuando el Moscú de Mijail Gorbachov hizo posible la reunificación alemana de 1990. Aquello dejó una sólida impronta de respeto y gratitud en toda una generación de políticos alemanes como Helmuth Kohl o Hans Dietrich Gensher que habían conocido la guerra, por no hablar de la población alemana, donde Gorbachov encontraba un apoyo y una simpatía sin igual. Parecía que se había creado una histórica garantía de reconciliación, cooperación y pacífico futuro.

Todo ese capital tan importante para la estabilidad europea se fue deteriorando a causa, fundamentalmente, del drang nach Osten emprendido por la OTAN en abierta violación de los compromisos que cerraron la guerra fría, de la propia evolución de la Rusia autocrática pero occidentalista de Boris Yeltsin, que Alemania en particular y Occidente en general hicieron pasar por democracia homologable y cubrió de elogios mientras Moscú actuaba como su vasallo, aunque fuera un poco caótico, en la esfera internacional. Pero en cuanto su elite se llenó los bolsillos -operación en la que necesitaba el beneplácito y la cooperación occidental-  Rusia volvió a ser Rusia y restableció la autonomía internacional que se deriva de su potencia y lugar en el mundo.

Mientras en la Alemania reunificada y embargada por el subidón nacional de su liderazgo europeo, accedía al gobierno una nueva generación sin el menor complejo de culpa por las facturas del nazismo, la generación de Merkel, la Rusia de Putin perfeccionaba la autocracia heredada de Yeltsin y endurecía su relación con Occidente conforme éste le metía una y otra vez el dedo en el ojo al oso ruso.

En ese proceso de deterioro de las relaciones entre Moscú y Berlín al que asistimos desde hace diez años, hay dos pilares que impiden llegar a una definitiva y abierta hostilidad. Uno es la relación energética definida por un analista ruso como “el principal fundamento de su relación no solo económica, sino también política”. Hoy ese pilar lleva el nombre de Nord Stream 2 el último tubo de gas ruso trazado bajo el Mar Báltico al que le quedan muy pocos kilómetros para ser completado. Hay más de cien empresas de doce países europeos participando en ese proyecto, la mitad de ellas alemanas. El segundo pilar es el papel de refugio que Europa tiene para los capitales de la elite rusa que resultaron de la gran operación de privatización y saqueo que ésta realizó en los años noventa con la ayuda de socios occidentales. Los bancos de Londres ya no son tan seguros para los rusos -y no solo por el Brexit- pero en Alemania se había tejido toda una red de imbricaciones y complicidades de intereses derivados de la importancia de las cifras del negocio alemán en Rusia, red que el ex canciller Gerhard Schröder personifica como nadie por sus empleos energéticos rusos.

Esta situación hacía que Berlín fuera prudente y relativamente cuidadoso en su relación con Moscú, incluso ya metidos en el clima de nueva guerra fría post reventón neoliberal de los últimos diez años. No tenía nada que ver con la distensión de la Ostpolitik de los años setenta y sus sanos componentes de responsabilidad histórica. Tampoco con la gratitud y los respetos vinculados a la reunificación nacional que Gorbachov hizo posible. Era puro y frío pragmatismo. Ahora el presunto envenenamiento de Aleksei Navalny, o la oportunidad que ese suceso ha abierto, ha hecho saltar por los aires el puente que tanta animadversión generaba en Washington por razones geopolíticas, pues fomentar la hostilidad europea hacia Rusia es una prioridad ya histórica de Estados Unidos. Para facilitarla, y contra toda lógica de mercado, Washington ha venido presionando fuertemente a Merkel en los últimos años, con amenazas de sanciones para las empresas implicadas, y proponiendo sustituir el gas ruso por el gas licuado americano resultado de la desastrosa fracturación hidráulica.     

“Gracias al firme apoyo de la canciller Angela Merkel al gasoducto Nord Stream 2 de Rusia, Alemania se ha convertido en el mayor facilitador de Putin en Europa. La posición de Merkel de que la Unión Europea debería mantener relaciones económicas y políticas separadas (de las de Estados Unidos) con Rusia, nunca fue justificable. Ahora es indignante”, resumía con meridiana claridad un artículo de opinión del New York Times del 5 de septiembre.

El caso Navalny ha tenido el efecto de una carga de dinamita en el derribo del ambiguo puente germano-ruso, es decir uno de los últimos vínculos europeos de distensión con Moscú. Que Merkel haya trasladado a la Unión Europea la decisión sobre si se debe cancelar el Nord Stream 2, sugiere el entierro del casi concluido proyecto. Si eso es así, Rusia resultará aún más aislada en Europa.

Uno tras otro, en la Europa de los últimos años y a base de escándalos muy oportunos, han ido cayendo políticos que pregonaban la cooperación con Rusia. En Francia dos candidatos a la presidencia de la república, Dominique Strauss-Kahn y François Fillon, en Italia el viceprimer ministro Matteo Salvini, en Austria el vicecanciller Heinz-Christian Strache… En el Reino Unido el caso Skripal, otro supuesto envenenamiento, dinamitó las relaciones de una forma muy parecida a lo que ocurre ahora con Navalny. Ahora es en Alemania donde la ministra de defensa Annegret Kramp-Karrenbauer, alias Frau KK, arremete contra el “sistema de Putin” definido como, “un regimen agresivo que persigue sin escrúpulos fortalecer sus intereses por medios violentos violando repetidamente las normas de conducta internacionales”.

Toda esa línea de sucesos que destruyen puentes sigue una pauta y crea una situación internacional con mayores riesgos, en la cual la confrontación de la UE de matriz alemana con Rusia se suma a la de Estados Unidos con China. La débil cooperación franco-germana con Rusia en la crisis del Donbas, en el este de Ucrania, el llamado “formato de Normandía”, se resentirá. Privada de aquel nexo, la crisis de Bielorrusia se agudizará internacionalmente.

En la propia Rusia pueden madurar contradicciones internas contra Putin cuando los intereses económicos de la elite rusa con cuentas en la UE se vean mermados por este clima… Como hemos explicado en otro lugar, el sistema de Putin no es sólido y hay que preguntarse cual sería su consecuencia y alternativa si se desmoronara. Sin ir más lejos, el propio Navalny mantiene posiciones políticas bastante inquietantes.

Al final queda la pregunta sobre qué ocurrió con Navalny. Sobre Moscú se acumulan las preguntas de ese género: el caso Litvinenko, el derribo del avión de pasajeros MH 17 de Malaysia Airlines sobre el Donbas (seguramente el menos misterioso de todos), el caso Skripal y ahora el de Navalny… Puede haber mucho enredo en estos sucesos, en algunos más que en otros, pero dejemos clara una cosa: la Rusia de Putin es perfectamente capaz de eliminar oponentes. El propio Presidente llegó al poder en los alrededores de una masacre de explosiones indiscriminadas en cuatro bloques de viviendas de Moscú, Volgodonsk y Buinaksk oscuramente atribuidas al terrorismo checheno (septiembre de 1999) que dejaron la friolera de 300 muertos. La misma “razón de estado” que elimina a un presidente en Estados Unidos (“thousands were watching, no one saw a thing”, Dylan dixit, que lleva a François Mitterrand a volar el Rainbow Warrior de Greenpeace en Auckland y a un gobierno español a crear los GAL, o que descuartiza al periodista disidente Jamal Khashoggi en un consulado saudí de Estambul, que coloca una bomba lapa bajo el coche de Daphne Caruana Galizia en Malta, o que elimina al periodista eslovaco Jan Kuciak, actúa en Rusia cuya tradición de brutalidad es larga y conocida.

 Podemos, y debemos, buscar los tres pies del gato en este y otros sucesos. Ir siempre con el escepticismo por delante. Como dice Craig Murray, cuyo trabajo sobre el caso Skripal es sólido, es incongruente envenenar a un oponente con un arma química y que sobreviva, que se permita interrumpir el vuelo para que la víctima reciba asistencia y que se acceda a evacuar a la persona a Alemania donde un hospital vinculado al ejército dictamina “sin ningún género de dudas” que la causa del envenenamiento es un agente químico de uso militar. Al mismo tiempo, la consideración de Murray de que “si Putin quería matar a Navalny, lo habría matado” sin todas esas piruetas, desecha la posibilidad, muy rusa, de una chapuza.

Naturalmente las conjeturas son de doble sentido: si Navalny fue envenenado, las hipótesis sobre la autoría son muchas, desde luego en Rusia, y -¿por qué no a la vista de sus consecuencias? – fuera de Rusia. En cualquier caso, como dice Dmitri Trenin, analista de un think tank occidental en Moscú, que Rusia responda a todo eso con el habitual, “no sabemos qué ha pasado, tenemos una docena de versiones de lo que podría haber sucedido, etc.,” es algo que no funciona bien…

Al final todo eso es anecdótico, pues en la competición de canalladas internacionales Rusia no lidera la liga. Por más que la hipocresía habitual de condenar el caso Navalny pasando por alto fechorías similares o mucho peores en sustancia y cantidad (el lector puede aquí confeccionar la lista a su gusto), responda a la lógica de las cosas. Contra lo que se pretende inculcar, no son los derechos humanos quienes determinan las relaciones internacionales, pero si es la política de derechos humanos la que se maneja para promover determinadas causas. Y en este caso se trata, nada menos, que de las relaciones germano-rusas, pilar de la seguridad europea, gravemente heridas en plena crisis del capitalismo global.

(Publicado en Ctxt)

   Jaque mate bielorruso

El mismo personaje que en los años noventa expresó la soberanía popular se ha convertido en su impedimento

¿Perdió Aleksandr Lukashenko las elecciones presidenciales del 9 de agosto? Mi impresión es que incluso sin mediar amaños podría haberlas ganado, aunque desde luego no por un 80% del voto. Esa impresión es compartida hasta en el ministerio de exteriores alemán en Berlín, pero no cambia lo esencial: el resultado ha indignado en su país y desencadenado un potente movimiento popular. Parece que el vaso se ha colmado en Bielorrusia. Pero ¿cómo se ha llegado hasta aquí y qué horizonte se perfila tras una caída del caudillo? Leer más ”   Jaque mate bielorruso”

En la niebla de Vasil Bykov

Estrenada en Berlín una película sobre la obra del gran escritor bielorruso

(Publicado el 18 de Noviembre de 2012)

Creemos que en la vida no hay destino ni misterio, que todo se divide en sol y sombra, noche y día, así nos han educado. Pero ahí está la niebla, el claroscuro de nuestra existencia, las trampas y los espejismos de la vida que sorprenden a los hombres enfrentándolos con lo más inesperado y contradictorio.

“Un frío día de finales de otoño en el segundo año de la guerra partisana, el explorador Burov se acercó a la aldea de Mostish para matar a un traidor local, un tipo llamado Sushenia”. Así comienza la novela “В тумане” (“En la niebla”) del escritor bieloruso Vasil Bykov (1924-2003). Es un autor que casi solo escribió relatos de guerra, un género alimentado por su propia biografía al que tantos escritores soviéticos aportaron obras de gran calidad y fuerza humana. В тумане es una de ellas.

 

Folleto de la pelicula “En la niebla”, sobre la obra del escritor Vasil Bykov del mismo nombre, que acaba de estrenarse en Berlín

El director ucraniano Sergei Loznitsa ha hecho con ese relato una de esas raras películas, estrenada esta semana en Berlín, premiada en Cannes, Yerevan y Odessa, que no desmerecen su base literaria. Gran parte de sus diálogos son textuales. La descripción de la Bielorrusia rural de finales de 1942, impecable. La aparente lentitud de sus personajes, en perfecta armonía con la sicología campesina local. Estamos ante una de esas adaptaciones maestras, como la de los Taviani con los relatos de las Novelle per un anno de Pirandello en Kaos, su mejor película, Visconti con El Gatopardo de Lampedusa, o, mejor aún, por la parquedad y crudeza rural que las une, con aquellos Santos inocentes de Mario Camus, sobre la novela homónima de Delibes.

Sushenia no es un traidor, sino que es víctima de un trágico destino. En la cuadrilla de peones ferroviarios en la que trabaja deciden, contra su opinión, sabotear una vía para descarrilar un convoy. Hombre realista, Sushenia sabe que la cuadrilla será inmediatamente acusada del hecho por los alemanes, tal como ocurre, pero pese a todo participa. Tras la detención, palizas y torturas, el oficial alemán le propone salvar la vida a cambio de convertirse en delator de partisanos. Sushenia es un muzhik responsable para el que la honradez y la estima de sus vecinos que se deriva de ello es esencial. “No puedo”, le responde al oficial. Este le castiga de la peor manera posible: preserva su vida, mientras los otros miembros de la cuadrilla son ahorcados en la plaza del pueblo. ¿Por qué no le cuelgan a él? Ante todos Sushenia pasa por traidor. Y por eso, ese día de finales de otoño Burov, su amigo de la infancia, se acerca a su casa para matarlo en cumplimiento de la ley partisana y del cruel cálculo del oficial alemán para manipularla.

Sushenia sabe que nadie creerá su historia. Hasta su mujer, Anelia, cree que hay algo turbio en su extraña salida con vida de la Kommadantur. Burov viene a llevárselo “para un asunto”. No quiere matarlo en presencia de su mujer y de su hijo. Todos saben de qué se trata. Sushenia se lleva la pala al bosque, cava su tumba y elige el lugar. Es entonces cuando ocurre lo imprevisto. Como en “Soldados de Salamina”, la ejecución es frustrada no por el escrúpulo de un miliciano, sino por una patrulla de colaboracionistas que dispara sobre el ejecutor y permite escapar a la víctima. Si a partir de ese momento literariamente tan fuerte, Javier Cercas tejió una novelita, Bykov hace literatura. Sushenia regresa al lugar, rescata a Burov malherido y lo carga sobre sus espaldas para salvarlo, por la misma razón por la que se negó a aceptar la oferta del oficial alemán: una voluntad recta y honrada, exenta de todo cálculo.

La sospecha general le impedía a Sushenia, “vivir honradamente, como un igual entre todos, y no quería vivir traicionando su conciencia. Tenía mujer, muchos parientes, su pequeño hijo Grishutka, ¿cómo iba a embarrar el futuro de todos ellos? Pero no hacerlo ya era imposible, pese a sus deseos y esfuerzos, ¿qué podía hacer?”  Esta es la trágica niebla que inspira a Bykov y en la que él mismo se vio sumido.

Nacido en una aldea de la región de Vitebsk, Vasil Bykov (en bielorruso, Vasil Bykay) participó con 18 años en la guerra, la guerra del Este, sin parangón con la civilizada guerra de los nazis en el Oeste: la guerra de exterminio de Bielorrusia sin más perspectiva que el total sometimiento, en la que murieron uno de cada tres habitantes, se destruyeron 209 de las 290 ciudades y el 85% de la industria. Cifras y datos que no captan lo esencial de todo aquello. Para eso hace falta la literatura y la experiencia generacional más directa.

Recuerdo la sorpresa de un amigo ruso al revolver en los años ochenta entre los arrugados diarios de guerra de su padre, un ex combatiente de aquella Bielorrusia partisana. Su unidad regular fue destrozada en la retirada de 1941 y sus restos quedaron aislados tras las líneas enemigas. Hombres hambrientos en fuga en un inmenso universo de pantanos y matorral. El padre ingresó en la República de los Bosques en colectivos de resistentes que morían de hambre y frío y practicaban sabotajes y ataques contra las líneas de comunicación y abastecimiento de la Werhmacht.

“Hoy hemos capturado a un alemán bueno”, decía una nota de aquel diario paterno. “Bueno”, sin más explicaciones. ¿Por qué “bueno”?, al fin y al cabo no era más que un soldado raso apresado y ejecutado entre otros cuando viajaba en su moto con sidecar por una carretera rural. Bueno, porque su zurrón iba lleno de vituallas que los partisanos devoraban con una gratitud entre animal y salvaje sobre el cadáver de su presa, explicó el padre. El anciano padre era un hombre medio enloquecido por aquellos recuerdos, que incluían una heroica huida con regreso a las líneas soviéticas, en las que fue recibido con sospechas: consejo de guerra –entonces todo el mundo era “espía” y en caso de duda te liquidaban- del que salió milagrosamente absuelto. Meses después, destinado como oficial en Stalingrado. Y una nueva nota incomprensible en el diario: “Nuestros camaradas caídos nos siguen siendo útiles después de muertos”. Sin más explicación. De nuevo preguntas al padre. ¿”Útiles”? En el invierno de 1942, a treinta bajo cero metidos en una trinchera con solo unos pocos metros de tierra y el Volga a sus espaldas, el padre de mi amigo y sus compañeros colocaban los tiesos cadáveres congelados de sus camaradas alineados sobre el marco superior de sus trincheras a fin de parapetarse mejor. Así seguían siendo útiles después de muertos…

Esa era la guerra en la que Bykov llegó a ser dado por muerto y que acabó como oficial. El escritor describió el miedo que se pasaba; “miedo a los alemanes, el miedo a ser capturado, fusilado, el miedo en el combate, sobre todo a la artillería y los bombardeos, donde si la explosión caía cerca parecía que el cuerpo, sin control de la razón, iba a desintegrarse de puro terror. Pero también el miedo que se sentía a la espalda: miedo a la superioridad, a todos aquellos organismos represores y de castigo que había en la guerra”.

Bykov escribió toda su obra en lengua bielorrusa. Él mismo la  traducía al ruso. Después de la guerra una clásica trayectoria de escritor soviético; ingresó en la unión de escritores, escribió todo tipo de relatos bélicos, muchos de ellos sorprendentes por las situaciones y trágicas alternativas que se planteaban a sus personajes, inspirados en tipos reales. Fue, junto con otros, cronista emérito de la República del Bosque, una gesta que imprimió carácter a la población biolorrusa hasta el día de hoy, cuando la general ignorancia europea sobre su periferia tiende a reducir a la magnífica Bielorrusia a una especie de culo del mundo gobernado por el sátrapa Lukashenko. Bykov fue diputado del soviet supremo de Bielorrusia, galardonado con los más altos premios y distinciones de la URSS, su nombre sonó como candidato al premio Nóbel…

Con la perestroika, cuando le conocí, formó parte de aquella “inteligentsia radical” que le hizo la cama a Boris Yeltsin y su modelo autocrático-presidencialista-cleptocrático que aún impera hoy. Su propia evolución forma parte de esa niebla humana existencial que raras veces conoce líneas rectas. Fundó el Frente Popular de Bielorrusia y en 1989 fue elegido diputado del Congreso de la URSS. El 5 de octubre de 1993 fue uno de los firmantes de la “carta de los 42” publicada por Izvestia en la que se pedía a Yeltsin, que acababa de dar su golpe de estado cañoneando el primer parlamento plenamente electo por sufragio universal de la historia de Rusia, que diera, “un paso más hacia la democracia y la civilización” y prohibiera “todas las organizaciones y partidos comunistas y nacionalistas”, es decir toda la oposición, cerrara los periódicos Den, Soviétskaya Rossia, Literatúrnaya Rossia, Pravda y otros, y disolviera todos los órganos representativos e incluso el tribunal constitucional. Días antes, en una infame y multitudinaria asamblea organizada en el Cine Oktiabr de la Avenida Kalinin de Moscú (hoy Novy Arbat), aquellos intelectuales demócratas, como se llamaban, habían pedido a Yeltsin métodos pinochetistas: “!Es que acaso no hay suficientes estadios en Moscú¡”, clamaron. Asistir a aquello como periodista fue una experiencia estremecedora.

Bykov formó parte de aquel vergonzoso liberalismo estalinoide. Mucho más vergonzoso e indigno que su firma de aquel otro manifiesto, éste de los años setenta, veinte años antes, dedicado a vilipendiar a Aleksandr Solzhenitsyn y Andrei Sájarov. Por lo menos entonces había una cierta presión institucional para ser inquisidor. En 1993, por el contrario, no había excusa: todo era libre y voluntario en aquella adoración a la nueva autocracia. Cuando ésta se concretó políticamente en Bielorrusia con Lukashenko –un autócrata que al principio ganaba las elecciones limpiamente, hoy ya no se sabe, y que a diferencia de Yeltsin no cañoneó su parlamento- Bykov se enfrentó. Ninguneado, a finales de 1997  el escritor emigró primero a Finlandia y luego a Alemania, donde debió sufrir esa  confortable y al mismo tiempo desapacible existencia de la que tantos eslavos se quejan aquí. Una existencia sin chispa ni misterio, como la literatura del escritor local vivo más celebrado.

Quizá huyendo de esa vida sin niebla Bykov regresó a su país a morir y falleció en 2003 en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Minsk. Hoy su obra ha dado lugar a una magnífica película. Descanse en paz Vasil Vladimirovich Bykov.

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El aniversario de una lección que la humanidad no aprendió

Hace 75 años Hiroshima anunció el inicio de la capacidad humana de destruir toda vida en el planeta. De las 350.000 personas que se encontraban allí el 6 de agosto, 140.000 habían muerto en diciembre.

Imagen aérea del alcance de la bomba de Hiroshima.

A las 08:15 del 6 de agosto de 1945, un bombardero B-29, de un grupo de tres “fortalezas volantes” que navegaban a 8.500 metros de altura, lanzó una bomba sobre Hiroshima. Los aviones habían despegado seis horas y media antes, en plena noche, de la isla de Tinian, al lado de Guam, a 2.700 kilómetros al sureste de Japón. La bomba llevaba el inocente nombre de “Little Boy”, medía tres metros de largo y 0,7 de ancho. Su peso era de cuatro toneladas. Explotó a 590 metros de altura, liberando una energía equivalente a la explosión de 13.000 toneladas de TNT, es decir la capacidad convencional de bombardeo de 2.000 aparatos B-29. La bomba tuvo tres efectos mortales: calor, explosión y radiación.

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             ¿La eternización de Putin?      

                      Maduran las contradicciones del régimen ruso

Como en el resto de las potencias, tampoco en Rusia la pandemia está alterando de forma significativa las tendencias que se observaban antes de ella, pero las acelera. El plebiscito constitucional iniciado el 25 de junio y dilatado hasta el uno de julio, ha ilustrado la maduración de las contradicciones y dificultades internas del régimen ruso. Como ocurrió en Pekín hace años cuando se blindó la autoridad de Xi Jinping, en Moscú los gobernantes también son conscientes de que se avecinan tiempos difíciles y se preparan. También ellos quieren ponerse el cinturón de seguridad, pero sus circunstancias son bien diferentes a las de China y no está nada claro que el asunto solucione algo o que el cinturón complique aún más las cosas. Leer más ”             ¿La eternización de Putin?      “

La pandemia acelera las tendencias

En Estados Unidos la protesta ciudadana amplia la división de los que mandan y dibuja en el horizonte un panorama de guerra civil fría.

 Con diez millones de casos confirmados y medio millón de muertos conocidos, las cifras de finales de junio (recordemos que eran 300.000 y 11.000, respectivamente, en marzo) confirman la expansión general de la pandemia como amenaza global. Las consecuencias que la pandemia está teniendo en las potencias y sus relaciones no han cambiado las tendencias generales anteriores a ella. Solo las ha agravado y acelerado. Leer más “La pandemia acelera las tendencias”

Segunda Guerra, Tercer Mundo

           (*Publicado el 11 de octubre de 2009)

Sobre los olvidados de la gran carnicería que Europa desencadenó en el mundo

Se sabe que en la Segunda Guerra Mundial murieron alrededor de 70 millones de personas, entre ellas más de 20 millones de soviéticos y más de 5 millones de alemanes. Hasta tenemos la minúscula lista, y completa, de los 1.400 daneses caídos en aquella carnicería. Sin embargo, las cifras exactas de muertos del Tercer Mundo en esa guerra engendrada en Europa se desconocen. Y no sólo las cifras. La situación la resume magistralmente el Profesor Kuma Ndumbe, de la Universidad de Yaoundé, en Camerún:

“La historia de la Segunda Guerra Mundial se revela, como toda historia, como la de los vencedores, pero también como la de los ricos y los propietarios. Pese a su derrota, Alemania y Japón pertenecen, desde el punto de vista de la escritura de la historia, a los vencedores. Aunque la historiografía de ambos países haya tenido que llevar a cabo cuestionamientos críticos, japoneses y alemanes son tratados por ella como personas del mismo rango que los vencedores. Quienes fueron olvidados después de la guerra, como si no hubieran existido durante el conflicto, quienes deben aprender de nuevo la historia junto a sus hijos, sin encontrar en ella sus propias acciones, son los que pertenecen a la verdadera categoría de perdedores. Perdedores sin voz propia. Así viven hasta hoy centenares de millones de personas y sus descendientes en África, en Asia, América Latina, Australia y en la región del Pacífico”. Leer más “Segunda Guerra, Tercer Mundo”

El atropello de Génova

*Publicado el 3 de abril de 2012

(Sobre provocadores e infiltrados)

El 20 y 21 de julio de 2001 hubo una cumbre del G-8 en Génova. El lector quizá recuerde vagamente que en ella se registraron “incidentes”. Lo que seguramente no sabe es que en aquellos días se produjo, “la mayor violación de derechos humanos de la historia de Italia desde la segunda guerra mundial” – según la contundente fórmula de Amnistía Internacional- resultado de una brutalidad policial planificada. En una Europa en la que crecen las protestas civiles, el tema es de una enorme actualidad. Leer más “El atropello de Génova”

  En la boca del túnel

            Otro mundo es posible, pero no seguro ni ineludiblemente mejor

 Mucho se habla del “mundo después de la pandemia”. Habrá cambios, seremos otros, dicen. Parece que el virus sea un agente transformador y no un mero factor de enfermedad, desempleo y pobreza. Desde luego, “otro mundo es posible”, pero ni el cambio está garantizado, ni tiene que ser ineludiblemente un cambio a mejor. Leer más ”  En la boca del túnel”

Buscando culpables

El fiasco occidental en los inicios de la crisis del virus, se conduce hacia un incremento de la agresividad contra el nuevo enemigo chino

Con la economía mundial en ruta hacia su mayor depresión desde la gran crisis de 1929 (FMI dixit) y entre nerviosas advertencias de sus propios partidarios de que la superpotencia imperial por excelencia podría estar perdiendo terreno en esta crisis ante su principal adversario, se abre paso de manera frenética la búsqueda de un culpable. Leer más “Buscando culpables”