En la niebla de Vasil Bykov

Estrenada en Berlín una película sobre la obra del gran escritor bielorruso

(Publicado el 18 de Noviembre de 2012)

Creemos que en la vida no hay destino ni misterio, que todo se divide en sol y sombra, noche y día, así nos han educado. Pero ahí está la niebla, el claroscuro de nuestra existencia, las trampas y los espejismos de la vida que sorprenden a los hombres enfrentándolos con lo más inesperado y contradictorio.

“Un frío día de finales de otoño en el segundo año de la guerra partisana, el explorador Burov se acercó a la aldea de Mostish para matar a un traidor local, un tipo llamado Sushenia”. Así comienza la novela “В тумане” (“En la niebla”) del escritor bieloruso Vasil Bykov (1924-2003). Es un autor que casi solo escribió relatos de guerra, un género alimentado por su propia biografía al que tantos escritores soviéticos aportaron obras de gran calidad y fuerza humana. В тумане es una de ellas.

 

Folleto de la pelicula “En la niebla”, sobre la obra del escritor Vasil Bykov del mismo nombre, que acaba de estrenarse en Berlín

El director ucraniano Sergei Loznitsa ha hecho con ese relato una de esas raras películas, estrenada esta semana en Berlín, premiada en Cannes, Yerevan y Odessa, que no desmerecen su base literaria. Gran parte de sus diálogos son textuales. La descripción de la Bielorrusia rural de finales de 1942, impecable. La aparente lentitud de sus personajes, en perfecta armonía con la sicología campesina local. Estamos ante una de esas adaptaciones maestras, como la de los Taviani con los relatos de las Novelle per un anno de Pirandello en Kaos, su mejor película, Visconti con El Gatopardo de Lampedusa, o, mejor aún, por la parquedad y crudeza rural que las une, con aquellos Santos inocentes de Mario Camus, sobre la novela homónima de Delibes.

Sushenia no es un traidor, sino que es víctima de un trágico destino. En la cuadrilla de peones ferroviarios en la que trabaja deciden, contra su opinión, sabotear una vía para descarrilar un convoy. Hombre realista, Sushenia sabe que la cuadrilla será inmediatamente acusada del hecho por los alemanes, tal como ocurre, pero pese a todo participa. Tras la detención, palizas y torturas, el oficial alemán le propone salvar la vida a cambio de convertirse en delator de partisanos. Sushenia es un muzhik responsable para el que la honradez y la estima de sus vecinos que se deriva de ello es esencial. “No puedo”, le responde al oficial. Este le castiga de la peor manera posible: preserva su vida, mientras los otros miembros de la cuadrilla son ahorcados en la plaza del pueblo. ¿Por qué no le cuelgan a él? Ante todos Sushenia pasa por traidor. Y por eso, ese día de finales de otoño Burov, su amigo de la infancia, se acerca a su casa para matarlo en cumplimiento de la ley partisana y del cruel cálculo del oficial alemán para manipularla.

Sushenia sabe que nadie creerá su historia. Hasta su mujer, Anelia, cree que hay algo turbio en su extraña salida con vida de la Kommadantur. Burov viene a llevárselo “para un asunto”. No quiere matarlo en presencia de su mujer y de su hijo. Todos saben de qué se trata. Sushenia se lleva la pala al bosque, cava su tumba y elige el lugar. Es entonces cuando ocurre lo imprevisto. Como en “Soldados de Salamina”, la ejecución es frustrada no por el escrúpulo de un miliciano, sino por una patrulla de colaboracionistas que dispara sobre el ejecutor y permite escapar a la víctima. Si a partir de ese momento literariamente tan fuerte, Javier Cercas tejió una novelita, Bykov hace literatura. Sushenia regresa al lugar, rescata a Burov malherido y lo carga sobre sus espaldas para salvarlo, por la misma razón por la que se negó a aceptar la oferta del oficial alemán: una voluntad recta y honrada, exenta de todo cálculo.

La sospecha general le impedía a Sushenia, “vivir honradamente, como un igual entre todos, y no quería vivir traicionando su conciencia. Tenía mujer, muchos parientes, su pequeño hijo Grishutka, ¿cómo iba a embarrar el futuro de todos ellos? Pero no hacerlo ya era imposible, pese a sus deseos y esfuerzos, ¿qué podía hacer?”  Esta es la trágica niebla que inspira a Bykov y en la que él mismo se vio sumido.

Nacido en una aldea de la región de Vitebsk, Vasil Bykov (en bielorruso, Vasil Bykay) participó con 18 años en la guerra, la guerra del Este, sin parangón con la civilizada guerra de los nazis en el Oeste: la guerra de exterminio de Bielorrusia sin más perspectiva que el total sometimiento, en la que murieron uno de cada tres habitantes, se destruyeron 209 de las 290 ciudades y el 85% de la industria. Cifras y datos que no captan lo esencial de todo aquello. Para eso hace falta la literatura y la experiencia generacional más directa.

Recuerdo la sorpresa de un amigo ruso al revolver en los años ochenta entre los arrugados diarios de guerra de su padre, un ex combatiente de aquella Bielorrusia partisana. Su unidad regular fue destrozada en la retirada de 1941 y sus restos quedaron aislados tras las líneas enemigas. Hombres hambrientos en fuga en un inmenso universo de pantanos y matorral. El padre ingresó en la República de los Bosques en colectivos de resistentes que morían de hambre y frío y practicaban sabotajes y ataques contra las líneas de comunicación y abastecimiento de la Werhmacht.

“Hoy hemos capturado a un alemán bueno”, decía una nota de aquel diario paterno. “Bueno”, sin más explicaciones. ¿Por qué “bueno”?, al fin y al cabo no era más que un soldado raso apresado y ejecutado entre otros cuando viajaba en su moto con sidecar por una carretera rural. Bueno, porque su zurrón iba lleno de vituallas que los partisanos devoraban con una gratitud entre animal y salvaje sobre el cadáver de su presa, explicó el padre. El anciano padre era un hombre medio enloquecido por aquellos recuerdos, que incluían una heroica huida con regreso a las líneas soviéticas, en las que fue recibido con sospechas: consejo de guerra –entonces todo el mundo era “espía” y en caso de duda te liquidaban- del que salió milagrosamente absuelto. Meses después, destinado como oficial en Stalingrado. Y una nueva nota incomprensible en el diario: “Nuestros camaradas caídos nos siguen siendo útiles después de muertos”. Sin más explicación. De nuevo preguntas al padre. ¿”Útiles”? En el invierno de 1942, a treinta bajo cero metidos en una trinchera con solo unos pocos metros de tierra y el Volga a sus espaldas, el padre de mi amigo y sus compañeros colocaban los tiesos cadáveres congelados de sus camaradas alineados sobre el marco superior de sus trincheras a fin de parapetarse mejor. Así seguían siendo útiles después de muertos…

Esa era la guerra en la que Bykov llegó a ser dado por muerto y que acabó como oficial. El escritor describió el miedo que se pasaba; “miedo a los alemanes, el miedo a ser capturado, fusilado, el miedo en el combate, sobre todo a la artillería y los bombardeos, donde si la explosión caía cerca parecía que el cuerpo, sin control de la razón, iba a desintegrarse de puro terror. Pero también el miedo que se sentía a la espalda: miedo a la superioridad, a todos aquellos organismos represores y de castigo que había en la guerra”.

Bykov escribió toda su obra en lengua bielorrusa. Él mismo la  traducía al ruso. Después de la guerra una clásica trayectoria de escritor soviético; ingresó en la unión de escritores, escribió todo tipo de relatos bélicos, muchos de ellos sorprendentes por las situaciones y trágicas alternativas que se planteaban a sus personajes, inspirados en tipos reales. Fue, junto con otros, cronista emérito de la República del Bosque, una gesta que imprimió carácter a la población biolorrusa hasta el día de hoy, cuando la general ignorancia europea sobre su periferia tiende a reducir a la magnífica Bielorrusia a una especie de culo del mundo gobernado por el sátrapa Lukashenko. Bykov fue diputado del soviet supremo de Bielorrusia, galardonado con los más altos premios y distinciones de la URSS, su nombre sonó como candidato al premio Nóbel…

Con la perestroika, cuando le conocí, formó parte de aquella “inteligentsia radical” que le hizo la cama a Boris Yeltsin y su modelo autocrático-presidencialista-cleptocrático que aún impera hoy. Su propia evolución forma parte de esa niebla humana existencial que raras veces conoce líneas rectas. Fundó el Frente Popular de Bielorrusia y en 1989 fue elegido diputado del Congreso de la URSS. El 5 de octubre de 1993 fue uno de los firmantes de la “carta de los 42” publicada por Izvestia en la que se pedía a Yeltsin, que acababa de dar su golpe de estado cañoneando el primer parlamento plenamente electo por sufragio universal de la historia de Rusia, que diera, “un paso más hacia la democracia y la civilización” y prohibiera “todas las organizaciones y partidos comunistas y nacionalistas”, es decir toda la oposición, cerrara los periódicos Den, Soviétskaya Rossia, Literatúrnaya Rossia, Pravda y otros, y disolviera todos los órganos representativos e incluso el tribunal constitucional. Días antes, en una infame y multitudinaria asamblea organizada en el Cine Oktiabr de la Avenida Kalinin de Moscú (hoy Novy Arbat), aquellos intelectuales demócratas, como se llamaban, habían pedido a Yeltsin métodos pinochetistas: “!Es que acaso no hay suficientes estadios en Moscú¡”, clamaron. Asistir a aquello como periodista fue una experiencia estremecedora.

Bykov formó parte de aquel vergonzoso liberalismo estalinoide. Mucho más vergonzoso e indigno que su firma de aquel otro manifiesto, éste de los años setenta, veinte años antes, dedicado a vilipendiar a Aleksandr Solzhenitsyn y Andrei Sájarov. Por lo menos entonces había una cierta presión institucional para ser inquisidor. En 1993, por el contrario, no había excusa: todo era libre y voluntario en aquella adoración a la nueva autocracia. Cuando ésta se concretó políticamente en Bielorrusia con Lukashenko –un autócrata que al principio ganaba las elecciones limpiamente, hoy ya no se sabe, y que a diferencia de Yeltsin no cañoneó su parlamento- Bykov se enfrentó. Ninguneado, a finales de 1997  el escritor emigró primero a Finlandia y luego a Alemania, donde debió sufrir esa  confortable y al mismo tiempo desapacible existencia de la que tantos eslavos se quejan aquí. Una existencia sin chispa ni misterio, como la literatura del escritor local vivo más celebrado.

Quizá huyendo de esa vida sin niebla Bykov regresó a su país a morir y falleció en 2003 en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Minsk. Hoy su obra ha dado lugar a una magnífica película. Descanse en paz Vasil Vladimirovich Bykov.

Leer más “En la niebla de Vasil Bykov”

Segunda Guerra, Tercer Mundo

           (*Publicado el 11 de octubre de 2009)

Sobre los olvidados de la gran carnicería que Europa desencadenó en el mundo

Se sabe que en la Segunda Guerra Mundial murieron alrededor de 70 millones de personas, entre ellas más de 20 millones de soviéticos y más de 5 millones de alemanes. Hasta tenemos la minúscula lista, y completa, de los 1.400 daneses caídos en aquella carnicería. Sin embargo, las cifras exactas de muertos del Tercer Mundo en esa guerra engendrada en Europa se desconocen. Y no sólo las cifras. La situación la resume magistralmente el Profesor Kuma Ndumbe, de la Universidad de Yaoundé, en Camerún:

“La historia de la Segunda Guerra Mundial se revela, como toda historia, como la de los vencedores, pero también como la de los ricos y los propietarios. Pese a su derrota, Alemania y Japón pertenecen, desde el punto de vista de la escritura de la historia, a los vencedores. Aunque la historiografía de ambos países haya tenido que llevar a cabo cuestionamientos críticos, japoneses y alemanes son tratados por ella como personas del mismo rango que los vencedores. Quienes fueron olvidados después de la guerra, como si no hubieran existido durante el conflicto, quienes deben aprender de nuevo la historia junto a sus hijos, sin encontrar en ella sus propias acciones, son los que pertenecen a la verdadera categoría de perdedores. Perdedores sin voz propia. Así viven hasta hoy centenares de millones de personas y sus descendientes en África, en Asia, América Latina, Australia y en la región del Pacífico”. Leer más “Segunda Guerra, Tercer Mundo”

El atropello de Génova

*Publicado el 3 de abril de 2012

(Sobre provocadores e infiltrados)

El 20 y 21 de julio de 2001 hubo una cumbre del G-8 en Génova. El lector quizá recuerde vagamente que en ella se registraron “incidentes”. Lo que seguramente no sabe es que en aquellos días se produjo, “la mayor violación de derechos humanos de la historia de Italia desde la segunda guerra mundial” – según la contundente fórmula de Amnistía Internacional- resultado de una brutalidad policial planificada. En una Europa en la que crecen las protestas civiles, el tema es de una enorme actualidad. Leer más “El atropello de Génova”

Fritz Bauer

(Publicado el

Leer más “Fritz Bauer”

Bommeleeër, la novela negra de Luxemburgo

(Publicado el 2 de abril de 2017)

Hace dos años y medio que el caso de los 20 atentados con bomba de Luxemburgo está aparcado. Treinta años después de los hechos, el defensor de dos policías sigue apuntando a la OTAN y denunciando el obstruccionismo de la ley del silencio.

Podría ser un guión del entrañable Henning Mankell, sino fuera porque la novela negra del Bommeleeër luxemburgués supera toda ficción. Son las 4 de la madrugada del 9 de noviembre de 1985. A Eugène Beffort, empleado de la empresa Dupont de Nemours, le llama la atención un coche estacionado con los faros encendidos entre la niebla junto al límite del aeropuerto Findel de Luxemburgo. Beffort se acerca al coche, distingue en su interior cables y componentes eléctricos, pero lo que más le sorprende es la identidad del ocupante del coche: es el Príncipe Jean de Nassau, hermano del Gran Duque. Poco después de aquel encuentro, el radar del aeropuerto saltaba por los aires.

Entre el 23 de enero de 1984 y el 25 de marzo de 1986, en Luxemburgo se cometieron 20 atentados con bomba sin víctimas y siete robos de explosivos y material electrónico para detonarlos. Algo nunca visto en este pequeño país, paraíso fiscal y oasis europeo en paz social y violencia política. Bombas sin motivo aparente ni reivindicación; contra postes de telecomunicaciones, el radar del aeropuerto, la piscina olímpica de Kirchberg el barrio de las instituciones europeas, con motivo de una cumbre europea, en los despachos de jueces y sedes policiales, en una planta de gas, contra el palacio de justicia… Atentados profesionalmente realizados, desvergonzados por su audacia. Aquella inusitada ola duró dos años y tres meses. Y dio lugar a un proceso sin precedentes, el proceso del siglo, el proceso Bommeleeër, literalmente “colocador de bombas”.

La plana mayor de la seguridad luxemburguesa y las primeras autoridades, primeros ministros, presidentes y hasta el mencionado hermanísimo Príncipe Jean de Nassau, han desfilado durante años ante los tribunales en el mayor proceso de la historia judicial del país. Hay ocho imputados, todos ellos miembros de la Brigada Móvil de la Gendarmería (BMG), un grupo compuesto por militares de élite, o mandos de ese y otros cuerpos de seguridad. Por encima de ellos se adivinan unas órdenes vinculadas al “stay behind” de la OTAN férreamente blindadas, pese a que los jueces han hecho su trabajo. Pues bien, este “juicio del siglo”, del que apenas se ha hablado en los medios de comunicación -lo que forma parte del blindaje- lleva suspendido desde julio de 2014.

El enfado del letrado Vogel

El letrado luxemburgués Gaston Vogel, de 79 años de edad, no es lo que se dice, “un abogado socialmente comprometido”. Es el abogado más conocido del Gran Ducado. Vogel es el defensor de dos gendarmes acusados de participar en la colocación de las bombas de este extraordinario caso. Me recibe en su casa, en medio de una decoración que revela su interés por las culturas orientales. En junio de 2014, tras 177 audiencias, el juicio fue suspendido a la espera de que el juez de instrucción preparara las denuncias contra otros seis oficiales de la gendarmería. Desde entonces se está a la espera. Todos los plazos razonables se han superado y Vogel no oculta su enfado.

“Estamos ante un dossier absolutamente lamentable que viola sistemáticamente el artículo 6 de la convención europea de derechos del hombre, que prevé que los procesos deben hacerse en plazos razonables: en este caso lo razonable se ha superado en mil veces”, dice. Mi siguiente pregunta (¿Cómo se explica esto?) desata un torrente:

“Nadie está interesado en conocer la verdad. Para mi la verdad es que fueron atentados cometidos en la lógica de la guerra fría de la época por fuerzas oscuras de la OTAN, que es la cosa que más detesto del mundo, porque es gente deshonesta y sin ley, que en 1983/1984 actuaba por todas partes, en Italia, en Bélgica y otros lugares”.

Para Vogel defender que aquellos atentados fueron una iniciativa de la propia policía para que se aumentara su presupuesto, como pretende el fiscal, es “una espantosa estupidez”, “una tesis idiota”: “para aumentar el presupuesto bastan dos o tres atentados, no veinte. La policía ya lo tenía todo cuando se produjo el último y más grave atentado, contra el aeropuerto”. “Supongamos que fueron iniciativa de los policías, en ese caso haría falta una organización, una decisión, pero nunca se ha investigado más arriba. ¿Quién les dijo a los policías que hicieran eso? ¿Por qué no se avanza? ¿Por qué nunca se investigó al ejército? Son los militares los que entienden de bombas y explosivos, no los policías. Estoy indignado: ¡este proceso dura desde 1989, han pasado treinta años y no hay nada! Los belgas están en la misma situación con las matanzas de Bravante. No avanzan para encontrar a los asesinos: ¿cómo van a avanzar?, ¡es la omertá! (en italiano “ley del silencio”).

El veterano abogado confirma el “excelente” trabajo realizado por el tribunal a lo largo de las 177 audiencias. “Mi queja es contra quienes enviaron el proceso al tribunal criminal, contra la cámara del consejo (judicial): éste no es un caso criminal de derecho común, es un proceso político en el que hay otros intereses cubiertos por la omertá. Lo que a mi me interesa es el gobierno de la época. No hicieron nada, no han dicho nada. ¿Por qué? Porque estaban bajo la férula de la OTAN, tenían que callarse, ¡eh aquí por qué! El propio juez de instrucción lo dijo en la audiencia: “es un asunto de estado que no debe ser desvelado”. Se llama Klein, escríbalo, ya está retirado, es un caso que me agobia y agota mucho”, dice Vogel tomando aire.

 En el juicio, el Príncipe Jean de Nassau declaró que aquel día estaba cazando en Francia con Henri Giscard D´Estaing, hijo del ex presidente de Francia y turbio hombre de negocios. Los autores concretos de las bombas eran miembros de la Brigada Móvil de la Gendarmería (BMG). Ese cuerpo de élite formado por militares, respondía de la vigilancia de la residencia de verano de la familia ducal, la Tour Sarrazine sita en Cabasson (Costa Azul). “El Príncipe Jean conocía bien a los miembros de la BMG y tenía cierta familiaridad con ellos”, explica una fuente conocedora del sumario. El papel del Príncipe en los atentados pudo haberse limitado al de actuar como “póliza de seguros”: si algún guardia se acercaba al lugar donde se preparaba un atentado mientras se colocaban los explosivos, su reacción ante tal personaje despejaba toda sospecha y solo podía cuadrarse respetuosamente, explica.

Cuatro meses antes del atentado del aeropuerto, el 5 de julio de 1985, un turista belga estaba acampado con su rulote en las cercanías de otro escenario de atentado con bomba. Vio a dos hombres de más de 1,80 de altura y un extraño trajín de tipos hablando con talkies-walkies. Una huida precipitada y luego una explosión. El turista identificó a uno de los policías de la BMG, el otro no cuadraba. Había visto a un hombre de cabello rizado y el único que quedaba de 1,80 de altura en el grupo era calvo. La investigación encontró la peluca rizada entre los accesorios de la BMG.

Pruebas desaparecidas

“Luxemburgo es un país pequeño, pero su posición entre Francia y Alemania y su aeropuerto le daban importancia en los planes de la guerra fría”, explica otra fuente conocedora de los detalles del dossier Bommeleeër. “La Otan se había quejado de que el radar no era suficientemente moderno, sobre eso hay documentos”, dice.

De esta increíble historia se conoce a los pequeños presuntos autores, los ocho inculpados, pero lo más interesante es saber quién movía los hilos en el nivel superior, por encima de los ejecutores.

“El contacto entre unos y otros, era Charles Bourg, segundo jefe de la policía luxemburguesa. Bourg y su hermano, un radical de extrema derecha vinculado al jefe del ejército, eran el contacto con el “stay behind”. El suboficial de la BMG, Jos Steil, era  a su vez el enlace  entre Bourg y los que ponían las bombas”, explica la primera fuente. Antes de morir Steil le dijo a su mujer: “se quienes eran los que pusieron las bombas”. “Solo un insider podía saber, por ejemplo, donde se encontraba el domicilio del juez de instrucción donde pusieron una bomba el 16 de febrero de 1986…”

El caso Bommeleeër dejó una enorme cantidad de piezas y pruebas de convicción. Muchas han desaparecido. Fue el propio jefe de seguridad de Luxemburgo durante los atentados, Armand Schockweiler, quien robó del archivo judicial 80 pruebas en 1996; baterías, huellas, muestras, documentos… Schockweiler, como Bourg, es uno de los imputados en este proceso extrañamente interrumpido. “El gobierno no podía no saber”, señala la segunda fuente.

Le explico al letrado Vogel lo que me dijo, hace cuatro años, el ex secretario de Estado alemán de Defensa Andreas von Bülow (véase La Vanguardia del 5 de mayo de 2013) sobre el “juicio del siglo” de Luxemburgo, que este experto en servicios secretos (25 años en la comisión de servicios secretos del Bundestag) seguía con gran atención: “me temo que en el juicio de Luxemburgo todo se conduzca hacia un banco de arena para que el asunto quede encallado”. Es lo que suele suceder, decía von Bülow, “cuando los servicios secretos están implicados en operaciones ilegales: se intenta convencer a los tribunales, sobre todo a los fiscales, de que no se metan”. Vogel escucha la cita con mal humor. “Este es el proceso más largo y más importante de la historia de Luxemburgo, verdaderamente excepcional”, dice. Quizá se reabra el año que viene. O quizá no.

Lo que se sabe del “Stay behind”

El plan militar soviético en Europa en caso de tercera guerra mundial era claro y conocido: plantar en 36 horas sus divisiones blindadas en el Pas de Calais. En 1990, en una rara visita periodística a la división acorazada Taman estacionada en la aldea de Kalininets, en los alrededores de Moscú, hasta su comandante, General Valeri Marchenkov, no ocultaba aquel guión de Blitzkrieg escrito en la posguerra: arrollador avance hacia el oeste de las divisiones blindadas estacionadas en Alemania del Este, Polonia y Europa central y ocupación del grueso de la Europa occidental.

La OTAN, cuyos efectivos convencionales eran en Europa numéricamente inferiores a los del Pacto de Varsovia, también asumía aquel escenario inicial del adversario. Desde los años setenta preveía una respuesta nuclear táctica fundamentalmente en Alemania, el Air-Land battle, pero desde mucho antes se desarrolló otro recurso, el llamado “stay behind”: una red secreta de guerrilla organizada para el sabotaje, con sus células, cuadros y depósitos de armas, presta a ser activada en una Europa occidental ocupada por los soviéticos en cuanto se declarase la guerra.

La historia del “stay behind”, una estructura clandestina dentro de la OTAN, ha sido reconocida hasta por el gobierno alemán, que dice haber disuelto la suya, compuesta por un centenar de hombres, al concluir la guerra fría en 1991. En los años sesenta, setenta y ochenta aquella red fue utilizada políticamente, surtiéndose de elementos de la extrema derecha europea pilotados por los servicios secretos americanos con la colaboración de sus homólogos europeos En el marco de la llamada “estrategia de la tensión”, sus propósitos eran diversos: crear o infiltrar grupos armados de extrema izquierda diseñados para desacreditar movimientos sociales, realización de atentados para desestabilizar gobiernos y propiciar reacciones, presiones preventivas ante cambios considerados amenazantes…

Fue en Italia donde se llegó más lejos en el conocimiento de la red local  del “stay behind”, conocida como Gladio. Reconocida por el primer ministro Giulio Andreotti en agosto de 1990, la investigación del Senado italiano sobre la red concluyó, en junio de 2000, que, “aquellas masacres, bombas y acciones militares (491 muertos y 1181 heridos en 18 años), fueron organizadas, o promovidas o apoyadas, por hombres dentro de las instituciones del Estado italiano y, como se ha descubierto más recientemente, por hombres vinculados a las estructuras de la inteligencia de Estados Unidos”.

En Bélgica se relaciona al “stay behind” con la insólita e inexplicada ola de atentados registrada en el país entre 1983 y 1985 conocida como las masacres de Brabante (28 muertos y 40 heridos). Los atentados fueron parcialmente atribuidos a un grupo fantasma, las Células Comunistas Combatientes (CCC), compuesto por activistas de extrema derecha. Sus armas y explosivos procedían del robo efectuado en una acción  clandestina de entrenamiento  de las fuerzas especiales norteamericanas en la localidad belga de Vielsalm, el 13 de mayo de 1984, en la que un gendarme belga resultó gravemente herido. El proceso por estos hechos lleva años empantanado en Bélgica.

Un activista de extrema derecha y ex mercenario belga en Katanga (ex Congo belga) llamado Dislaire, confesó haber sido contratado por los americanos para transportar al comando en la acción de Vielsalm. Dislaire dijo que también colaboró en la comisión de atentados en Luxemburgo. Ese es un cabo, entre otros, que vincula la trama del “stay behind” con la serie de Luxemburgo.

Leer más “Bommeleeër, la novela negra de Luxemburgo”

El Gladio sueco

(Publicado el 11 de mayo de 2015)

Ahora que regresamos a una segunda edición de guerra fría -en realidad nunca terminó- y aparecen signos de desafío en ciertos países europeos, resulta muy interesante ver documentales como los que el canal Arte ofreció el pasado 5 de mayo, y que se volverá a divulgar el martes 12 y el lunes 18, naturalmente a las 8,55… de la mañana. Leer más “El Gladio sueco”

Aniversario en la vieja Europa

(Publicado el 4 de junio de 2004)

Muchos creen que John Wayne y el soldado Ryan salvaron a Europa del fascismo, que Angloamérica salvó al viejo continente, poco menos que en solitario, y que el desembarco en Normandía fue la gran acción decisiva. No fue así

Ni el curso de la guerra, ni la derrota del fascismo, se decidieron allá. Los principales héroes no fueron John Wayne ni el soldado Ryan, sino gente de apellido eslavo que murió por un país que ya no existe. Los escenarios realmente decisivos fueron; Moscú, Leningrado (Peterburgo), Stalingrado (Volgogrado), y Kursk. Leer más “Aniversario en la vieja Europa”