Vistas desde allá arriba

La unidad del planeta y sus emociones, a propósito del aniversario del vuelo de Yuri Gagarin

Dice el astronauta Oleg Makarov que la gente de su profesión suele ser parca en palabras cuando está allá arriba. “Por lo general, cinco o siete segundos nos bastan para transmitir lo que tenemos que decir”. Sin embargo, “hace algún tiempo”, explica, “tuve que escuchar, por razones de servicio, muchas transmisiones de astronautas en órbita”. Makarov quedó asombrado. Leer más “Vistas desde allá arriba”

La patraña del “Candidato siberiano” y sus motivos

El informe del fiscal Mueller convierte en estropicio el Russiagate con el que nos han estado alimentando informativamente nuestros medios de comunicación. ¿Cómo se explica este carnaval?

Durante dos años los mayores consorcios mediáticos de Estados Unidos tuvieron un solo tema, el llamado Russiagate: la pretensión de que Donald Trump ganó las presidenciales de 2016 gracias a la injerencia de Rusia en ellas. A lo largo de un año, Washington Post, New York Times, CNN y MSNBC dedicaron a ese asunto 8507 artículos -casi 30 por día- e innumerables programas y emisiones. Ahora el informe del fiscal Mueller (19 abogados, 40 agentes del FBI, requisitorias a 2800 agentes secretos y expertos, 500 registros, 230 escuchas telefónicas, 500 testigos…) desnuda como vulgar patraña toda esa campaña que ha sido incapaz de presentar pruebas ni generar una sola acusación solvente. Leer más “La patraña del “Candidato siberiano” y sus motivos”

La mentira de Kosovo en Alemania

Hace veinte años la opinión pública europea fue intoxicada con una eficacia que antes solo funcionaba en Estados Unidos

La virtual sucesora de Merkel al frente de la CDU, y quizá más pronto que tarde futura canciller de Alemania, Annegret Kramp-Karrenbauer, se ha estrenado en la política europea con una carta aleccionadora de tono inequívocamente teutón dirigida al Presidente francés, Emmanuel Macron.  En ella derriba las ingenuas ilusiones de este acerca de una reforma de la UE de común acuerdo con Alemania. En la futura crónica de la desintegración de la UE esta carta ni siquiera será recordada como prueba de la inexistencia del “eje franco-alemán”, así que no vale la pena detenerse en ella. Sin embargo, contiene un detalle muy significativo del momento en el que vivimos: la nueva líder de la derecha alemana propone, “subrayar el papel de la Unión Europea en el mundo en tanto que potencia de paz y seguridad” construyendo… un portaviones europeo común. ¡Qué gran idea¡ La tenacidad de la derecha alemana y de sus socios socialdemócratas y verdes en la reanudación del militarismo nacional es encomiable. Leer más “La mentira de Kosovo en Alemania”

El año 89

Lo que parecía abrir perspectivas esperanzadoras dio paso al apogeo de la globalización y se cerró como ocasión perdida para afrontar los retos del siglo.

 Este año se cumplen treinta desde 1989. Aquel año vino marcado por el protagonismo del “Este”, el mundo que iba desde los ríos Elba hasta el Mekong y que afirmaba ser alternativa al capitalismo. Atento a las cronologías y a los titulares, el periodista tenderá a definir aquel año, y los dos que le siguieron, como el de la “caída del comunismo”. El historiador, sin embargo, irá algo más lejos, directamente a las consecuencias de aquello, y definirá lo que la historia retendrá de aquel periodo y que nos conecta directamente con nuestro presente: el apogeo de la globalización. Leer más “El año 89”

Aniversario ucraniano (II): El cuaderno de Odesa

(Del 28 de febrero al 7 de marzo)

 

 

Los colosos se disputan Ucrania y la empujan hacia el conflicto. Detalle de una casa de Odesa. (Foto: R. Poch-de-Feliu)

 

-Viernes, 28 de febrero. Rusia toma el control de Crimea con el apoyo de la población local.

Novata en estas lides, la ministra de defensa alemana, Ursula von der Layen, describe la situación en Crimea como, “muy confusa y difícil”. Efectivamente, hombres armados, sin duda efectivos de la infantería de marina rusa sin distintivos, quizá apoyados por unidades especiales de la policía ucraniana recién disuelta en Kíev, escalan lo que parece una plena toma de control de los centros neurálgicos, de poder y de comunicación de esta península de dos millones de habitantes, monumento de las glorias militares rusas desde el siglo XVIII y cuya población es mayoritariamente adversaria del cambio de régimen que ha tenido lugar en Kiev.

Mientras desde la capital se denuncia la “invasión armada” y “ocupación que viola todos los acuerdos y normas internacionales” (el nuevo ministro del interior), la “agresión militar” (el presidente en funciones reconocido como tal por la Unión Europea, Aleksandr Turchínov) y se pide al Consejo de Seguridad de la ONU que tome cartas en el asunto en nombre de la “integridad territorial” de Ucrania (resolución del parlamento), lo que se observa in situ es algo mucho más parecido a una partida de ajedrez.

Todo empezó ayer con la ocupación del parlamento y el consejo de ministros por hombres armados que permitieron una sesión del parlamento local que votó la celebración de un referéndum para acceder a más autonomía. Ayer el control de la situación por parte de esos hombres armados parecía total: aeropuertos, tele comunicaciones y espacio aéreo cerrado. Y mientras esa operación, por ahora perfecta, se ejecutaba sin el menor incidente y con el apoyo de la mayoría de la población, el ministro de exteriores ruso le tocaba el violín al Secretario de Estado John Kerry en una conversación telefónica: “Rusia no piensa violar la soberanía de Ucrania”, dijo.

Más ducho que la ministra alemana, un ex agente de la CIA citado por Bloomberg resumía así el asunto: “Están eludiendo la impresión de una intervención militar abierta, pero eso es de lo que se trata”. De eso y algo más.

Puede que la situación sea confusa, pero su lógica es meridiana: Moscú está tomando posiciones para una crisis de largo recorrido. Lo hace de la forma que Occidente le ha enseñado en los últimos años en medio mundo, desde Irak a Libia, pasando por Afganistán y Kosovo: arrollando el derecho internacional. La diferencia es que Rusia lo hace en la tierra que sus ancestros conquistaron hace siglos y defendieron en nombre de la madre Rusia, del zar, de Stalin y de la patria, contra enemigos muy duros. Violación sí –porque Crimea pertenece a Ucrania- pero con ciertos atenuantes: hay apoyo mayoritario de la población y es respuesta a una jugada bastante turbia en Kíev, donde se acaba de formar un gobierno que margina  por completo a la minoría rusa y a los representantes de la mayoría de ucranianos del sur y del este del país, que, independientemente de lo que opinen de Putin, no desean una Ucrania contra Rusia.

Compuesto a medias por favoritos de Washington, ultraderechistas y magnates atlantistas, el nuevo gobierno de Kíev tiene un futuro complicado. Además de no representar al conjunto del país, se propone aplicar algo parecido a la desastrosa “terapia de choque” aplicada en Rusia en 1992, bajo el dictado de las recetas de Bruselas/Berlín y el Fondo Monetario Internacional. De acuerdo con esa ortodoxia se van a retirar subvenciones energéticas y agropecuarias que son uno de los últimos sostenes de la economía popular local. Por eso, el nuevo primer ministro, Arseni Yatseniuk, ha saludado al nuevo gobierno diciendo, “bienvenidos al infierno”.

Refiriéndose a la división del país -que contiene un peligro de guerra civil- y a su situación económica, que no puede sino empeorar con la receta de Bruselas, el ministro de finanzas ruso, Antón Siluanov, le ha dicho a la Unión Europea, que teóricamente ha conseguido todos sus objetivos en Kíev, “les deseamos mucho éxito en esta operación de estabilización social y económica que se parece a lo de hacer pasar al camello por el ojo de la aguja”. Mientras los occidentales se van dando cuenta del lío en el que se han metido, Rusia toma posiciones preparándose para una larga partida de ajedrez en su tablero nacional. Perderá el primero que de pasos en falso.

-Sábado, 1 de marzo. Putin recibe de su parlamento el permiso para una intervención militar.El “anti-Maidán” popular cobra fuerza en el Sur y Este del país. Kíev pone en estado de alerta a sus tropas

Putin ha recibido el permiso de la cámara alta de su parlamento para enviar tropas a Ucrania, “para la normalización de la situación política y social en aquel país”. Atención al detalle, en teoría esas tropas aún no se han enviado a Crimea por más que la evidencia sugiera lo contrario. La votación ha sido unánime. De paso se pide al Presidente que retire al embajador en Washington. En Kiev se denuncia la “agresión”, se declara a las tropas en estado de alerta y algunos políticos hablan de “movilización”.

Mientras el hombre de la canciller Merkel en Kíev, el ex boxeador Vitali Klichkó, pide una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la ONU y llama a anular el acuerdo de 2010 sobre la presencia de la flota rusa del Mar Negro en Crimea, el sector más radical del nuevo régimen de Kiev, el grupo neonazi “Pravy Sektor” declara la “movilización” de sus activistas.

“Dependiendo de la situación concreta en las regiones”, la dirección de este grupo paramilitar aconseja, “coordinar al máximo las acciones con las fuerzas armadas los servicios secretos y el ministerio del interior de Ucrania”. Al mismo tiempo se apela, “al movimiento de resistencia del Cáucaso y a todos los movimientos de liberación de Rusia a actuar”. En contraste, el ministerio de defensa de Ucrania quiere conversar con su homólogo ruso, “para resolver la situación de Crimea”.

No parece que Rusia vaya a dar el peligroso y catastrófico paso de una invasión, que hoy se volvería contra ella en gran parte de Ucrania y provocaría violencias incluso en el Este y Sur del país. De lo que se trata más bien es de colocar fichas para un escenario que puede degradarse mucho más en los próximos meses, y, de paso, disuadir con un gesto de fuerza a los rivales occidentales.

Las fuerzas rusas ya han tomado el pleno control de una región de Ucrania, la península de  Crimea; a petición de las autoridades locales, con el apoyo de la población y sin necesidad de invadir porque tienen allí muchas tropas permanentemente estacionadas en virtud del acuerdo sobre la flota del Mar Negro –que ayer reforzaron con otros 6000 soldados enviados desde Rusia. Pero Rusia sabe perfectamente que el resto de Ucrania, incluida ciudades tan rusas como Járkov, Odesa y Donetsk, las mayores después de Kíev, no son lo mismo que Crimea.

En todo el Este y el Sur del país, las regiones más favorables a Rusia, se está articulando un “anti-Maidán”. Se trata de un movimiento popular que no reconoce al gobierno de Kíev, aclama con diversos matices a Rusia, y formula toda una serie de reivindicaciones; referéndum sobre el ingreso de Ucrania en la unión aduanera y comercial que alienta Moscú, cooficialidad del ruso como segunda lengua, mayor autonomía de las regiones, y, eventualmente, federalización del país. Es lo que en Kíev se llama “separatismo” y tiene muchos matices. Al igual que el Maidán por sus padrinos euroatlánticos, el “Antimaidán” es espoleado por agitadores rusos con conexión directa con Moscú.

En Odesa, tercera ciudad de Ucrania en población, con más de un millón de habitantes y donde las elecciones las ganan siempre las opciones rusófilas, el poder local, tanto a nivel municipal como regional, reconoce el cambio de gobierno que ha tenido lugar en Kíev. Sin embargo están en marcha jugadas para desplazar a los actuales gobernantes y colocar en su lugar a gente más enérgica. Miles de personas, con banderas rojas, rusas, y de la ciudad se manifestaron ayer aquí por tercera vez en una semana convocados por la “Naródnaya alternativa”, un frente popular anti Maidán. La situación está abierta a vuelcos. En Donetsk, en el Este más industrial, el soviet local se ha declarado “único poder legítimo en la ciudad”, “hasta que se aclare la legitimidad de las leyes adoptadas en Kíev”. Si en el mitin de  Odesa se escuchó decir, “ya sabemos lo que hay que empuñar (las armas) y si es necesario lo haremos”, en Donetsk se ha creado una “milicia popular”. ”Solo hay dos salidas, o rendirse o defenderse”, se dice. El enemigo aquí son “los fascistas” y los “banderovski” (partidarios de Stepan Bandera, un líder de Ucrania occidental colaboracionista con los nazis que mantuvo una guerrilla animada por la CIA contra la URSS hasta los años cincuenta). En lugar de la matanza de civiles, aquí se pone el acento en la denuncia de otras cosas; la intervención occidental, la muerte de policías, la ilegalización del Partido Comunista, la persecución de clérigos ortodoxos y de adversarios “comunistas” y “regionales” en Kíev, etc.

En una docena de ciudades hoy se ha izado la bandera rusa en las sedes de gobierno (en algunos casos junto a la ucraniana). En Nikolayev, antiguo astillero de la URSS, entre Odesa y Crimea, miles de ciudadanos han aclamado a Rusia. En Járkov la multitud ha desalojado por las orejas a los partidarios del movimiento de Kíev que ocupaban la sede del gobierno regional, los han hecho poner de rodillas y los han apalizado salvajemente. Hay un centenar de heridos. En todo el país se consagra con las horas el escenario del doble poder: unos no reconocen la legitimidad de Kíev, la capital no reconoce el cambio de autoridades en Crimea, y en otros lugares la situación es indecisa y puede cambiar en cualquier momento: todo recuerda demasiado a los prolegómenos del caos de 1918, en lo más crudo de la guerra civil, cuando Ucrania era disputada por diversos gobiernos y bandos y tenía diversas capitales.

Solo una minoría está dispuesta a una violencia armada, pero en Kiev ha bastado para decidir la suerte de un gobierno desprestigiado e inseguro. Una minoría basta y sobra para encender la hoguera. “Si los ucranianos no extraen las consecuencias correctas de la actual situación, a Ucrania le espera un destino como el que dejó 200.000 muertos en Yugoslavia”, se lee en un panfleto repartido ayer en Odesa. En esta ciudad, y sospecho que en el resto del Este y Sur del país, la inmensa mayoría, sea cual sea su opinión sobre lo sucedido, no quiere saber nada con la gente con cascos militares que empuña bates y barras de hierro, sea en nombre de la nación ucraniana, sea en nombre de la “lucha contra el fascismo”.

-Domingo 2 de marzo. El termómetro judío.

En el Imperio zarista los gobernadores solían ser aristócratas y militares. Muchas veces echaban mano del genio judío para asesorarse. El llamado “ judío listo adjunto al gobernador” (en ruso: “Umny evrei pri gubernatore”), es una institución que fue inmortalizada por la literatura rusa. Bien conectado a la realidad y con un prodigioso instinto de supervivencia, ese asesor resolvía muchos de los siempre enredados desaguisados de la política rusa, en los que el gobernador era el que se ponía la medalla si salía airoso.  Pero si la política rusa del XIX y XX, tanto en el zarismo como en el bolchevismo, no se entiende sin su componente judío, ¿qué decir de esta magnífica ciudad de Odesa, el territorio más libre y más judío del Imperio?

La ciudad, que es una joya arquitectónica –sus magníficos plátanos de sombra, su trazado cuadriculado y su puerto podrían recordar a Barcelona- fue y sigue siendo un territorio abierto y tolerante. Esta era una ciudad diferente, cuya última refundación, a finales del XVIII, fue obra de un español al servicio de Catalina II, el conde José de Ribas (la principal arteria de Odesa lleva por él, el estrambótico nombre de “Deribasóvskaya”). A diferencia de Varsovia, la otra gran metrópoli judía del Este de Europa, los judíos ni siquiera tenían aquí geto: vivían donde querían. Ese ambiente de libertad hizo que confluyeran hacia Odesa miles de judíos de todo el Imperio (Polonia pertenecía entonces a Rusia), donde eran ciudadanos de segunda y campesinos muy pobres con estrictas zonas de residencia asignadas, llegando a ser más del 30% de la población. Obviamente, en este medio ambiente la cultura judía –y la cultura en general- floreció con una tremenda fuerza.

Odesa es la ciudad de Sholem Aleijem, el mayor dramaturgo en lengua yidish, de Jaim Najman Bialik, uno de los padres de la poesía hebrea moderna, de  historiadores, literatos y filósofos como Simón Dubnov, Itziok Leibush y Ajad Haam. La ciudad de Isaac Babel, autor de “Caballería roja” liquidado por Stalin. Mucho de todo eso fue arrasado por el holocausto. De los 3 millones de judíos de la Ucrania de 1939, hoy quedan 500.000, casi un 1% de la población. De los 8 millones de ucranianos muertos en la Segunda Guerra Mundial, alrededor de 1,5 millones fueron judíos. Solo en la región de Odesa, ocupada por los rumanos durante la guerra, fueron masacrados más de 200.000. ¿Qué quedó de todo aquello? Sin duda jirones, pero la vida continuó.

En la URSS el judío de Odesa siguió siendo una institución dentro de aquel particular cosmopolitismo soviético en el que convivió casi todo el pluralismo civilizatorio del mundo- incluidos mal que bien los judíos, expulsados de España y antes de otras naciones europeas y exterminados en Alemania, pero en Rusia/URSS solo discriminados y maltratados. Pocas obras más populares que el clásico “Las doce sillas” de Ilf y Petrov, con su protagonista Ostav Bender, el pillo personaje de la picaresca soviética de los años veinte. ¿Y conoce alguien entre Minsk y Bakú, Tallin y Vladivostok, a un humorista hoy más popular que el judío de Odesa Mijail Zhvanetski?

Hoy Ucrania contiene la tercera comunidad judía de Europa y la quinta del mundo. En Odesa eso es algo más que un recuerdo. En 1991 ví en el puerto de Odesa un numeroso grupo de gente que iba a embarcar. Pregunté. “Son judíos”, me dijeron. Se iban a Israel o a Alemania o Estados Unidos. Hoy muchos de aquellos que se fueron en 1991 regresan por falta de adaptación, por decepción o miedo ante las inseguridades e incertidumbres de Israel; “varios miles cada año, pero con el doble pasaporte (israelí o alemán, además de ucraniano) en el bolsillo”, explican en medios de la comunidad.  Muchos jóvenes israelitas, que ni siquiera hablan ruso, están viniendo para estudiar aquí Medicina, “es mucho más barato”, explican….

¿Cómo se respiran desde la comunidad los datos de la crisis actual desde ese agudo sentido, casi genético, del peligro? Inquietud, sin duda, pero de signo diverso. Lo primero que salta a la vista es que no hay unidad; uno encuentra judíos tanto en los mítines favorables a Rusia, como entre los comunistas (el PC ucraniano no es “pro moscovita”, sino algo mucho más matizado) y los partidarios del Maidán. Muchos, simplemente se declaran “neutrales”, como hacen tantos ciudadanos de Odesa que, por un lado simpatizan con aspectos del Maidán (su componente justiciero y antioligárquico) pero por el otro desconfían de las actitudes violentas tanto del extremismo ucraniano fascistoide como del oso ruso.

En Ucrania hay judíos muy activos en la política y entre los magnates. En Odesa uno de los candidatos a hacerse con la alcaldía, si es que llegamos a unas elecciones normales, es Eduard Gurvitz, un judío del partido “Udar”, animado por  el ex boxeador Vitali Klichkó –por cierto también con raíces judías. En el nuevo gobierno de Kíev hay un ministro judío. Uno de los nuevos gobernadores nombrados, el de Dnipropetrovsk, es un magnate judío. Al mismo tiempo varios representantes de la comunidad religiosa se confiesan verdaderamente alarmados. “Hace solo dos generaciones que nos masacraron”, me dice una joven en el pequeño museo judío de la calle Nezhínskaya. Algunos se plantean si no habría que hacer la maleta… Pero en medio de esta diversidad destaca un dato: oficialmente la comunidad, sus portavoces, más bien apoyan al nuevo gobierno de Kíev. Si los representantes oficiales de la comunidad son un sensible termómetro de muchas cosas, éste es un dato a tener en cuenta en la actual crisis: hay prevención, pero en general en la élite judía de Ucrania se apoya al nuevo régimen de Kíev.

-Nuevas victorias en el frente de Crimea profundizan el riesgo de Putin. Kerry denuncia “métodos arcaicos” y amenaza con expulsar a Rusia del G-8.

En la famosa escalera de Odesa, la “Potiómkinskaya lésnitsa” inmortalizada por Sergei Eisenstein, entrevisto a unos muchachos pro Maidán, provistos de cascos, escudos y porras. Hoy ha sido su día: manifestación de casi 5000 personas. La víspera sus adversarios reunieron el doble en el Kulikovo Pole de esta ciudad, que lleva el nombre de la célebre victoria rusa contra los tártaros del siglo XIV. Ayer era “!Putin, Putin!” y “El fascismo no pasará”. Hoy, “!Ucrania, Ucrania¡” y “Fuera Putin”. En medio, el grueso de la ciudadanía que no parece dispuesta a dejarse arrastrar hacia el tumulto.

Vista desde arriba, la prodigiosa escalera que desciende hacia el puerto no parece que sea tan inmensamente larga (127 escalones) merced a los amplios descansillos que impiden la visión. Esta crisis contiene la misma ilusión óptica. Aparentemente parece que el poderoso oso ruso se sale con la suya asediando a la débil Ucrania y comiéndoselo todo en Crimea, donde continua tomando el control de más y más infraestructuras y unidades, y donde hasta el jefe de la marina ucraniana, Denis Berezovski, nombrado anteayer por el gobierno de Kíev, juraba “lealtad al pueblo de Crimea”, junto a Sergei Aksionov, el jefe de la nueva autonomía rebelde, que es un títere de Moscú. La realidad es muy diferente. Como la escalera cuando se mira desde abajo: la cuesta, que une el bulevard con el puerto de Odesa, es tremenda. Como el riesgo que está corriendo Rusia.

No se trata de todo lo que ayer dijo John Kerry; la amenaza de sanciones contra Rusia, de expulsarla del G-8, ni del reproche de que la invasión de territorio ajeno, “no es la manera en que las naciones modernas resuelven los problemas”. Todo eso, que no tiene la menor credibilidad viniendo de quienes –por mencionar solo los últimos años- se pasaron por la entrepierna la “integridad territorial” de Afganistán, Irak, Libia y Siria, es, sin duda, importante. Síntomas de guerra fría. Sin embargo no es nada, o es muy poco, al lado de lo que Rusia, que es un gigante con los pies de barro, se está jugando aquí.

El menor desliz, el menor patinazo con resultado de violencia (ahora mismo hay algunas unidades militares ucranianas rodeadas por tropas rusas en Crimea) cubriría a Rusia de lodo ante los ucranianos. Si este pulso en su zona de influencia más vital no le sale bien y se salda con un incremento de la particular conciencia nacional de los ucranianos más rusófilos del Este y Sur del país, la consecuencia no solo será tener a la OTAN más allá de la línea del Dnieper, es decir definitivamente aposentada en tierra ancestral rusa, sino que como perdedor de Ucrania, Vladimir Putin se arriesga a vivir un 1905 en Rusia.

Aquel año la flota zarista fue hundida por los japoneses en Tsushima, en el contexto del pulso que ambos imperios libraban por los despojos de China. Todo el mundo daba por supuesta la victoria del Zar, pero fue mucho peor que lo nuestro en Santiago de Cuba: el adversario era una potencia no europea, seres “inferiores” (Nicolas II los llamaba “macacos”). Aquella humillación sentó las bases de la primera revolución rusa (hubo tres). Después de las fichas que ha movido -fichas varoniles e imperiales frente a las sofisticadas fichas de sus adversarios del Imperio Euroatlántico- si Putin pierde Ucrania todo su sistema moscovita se hundirá como un castillo de naipes tal como le ocurrió al Zar Nicolás. Primero humillación, luego Revolución.

Pero vista desde arriba esta escalera es otra cosa; ayer los pro Putin, hoy los anti Putin, mientras se consolidan posiciones en Crimea, con el gobierno de Kiev y su mezcla de favoritos de Washington y neonazis, ofreciendo la imagen de una nave desarbolada: los militares no le obedecen (¡gracias a Dios¡) y el patético nuevo ministro de exteriores, Sergei Deshitsia, pidiendo ayuda a la OTAN. Por su parte el flamante nuevo secretario del Consejo de Seguridad Nacional, Andrey Parubi, llama a la, “movilización de reservistas, pero solo los necesarios”. Paruby es un facha, fue fundador de un partido “socialista nacional” y luego del movimiento “Svoboda” pero al lado de su vicesecretario, el nazi Dmitri Yarosh (“Pravy Sektor”) podría pasar hasta por liberal. Gente como ellos fueron la fuerza de choque del Maidán, que, hay que decirlo bien claro, contiene también impulsos populares y nacionales absolutamente impecables. En esta peligrosa ruleta rusa de Ucrania, perderá el que primero de un paso en falso, pero en este sorteo, pese a las apariencias, Rusia tiene muchos más números.

– Por primera vez en años, el primer canal de la televisión rusa no transmitió ayer la ceremonia de entrega de los Óscar de Hollywood: “no hay tiempo a causa del interés del público por los acontecimientos en Ucrania”, señalaba anoche un comunicado del canal. Poco antes, Putin le explicaba a la canciller Merkel, cuya errática política exterior coordinada con Polonia sobre un script de Washington, forma parte de la crisis, por qué la actuación de Rusia es “adecuada” a la gravedad de la situación.

Lunes, 3 de marzo. Intensa propaganda

Un periodista y un diputado rumanos publican en el diario Adevarul  de Bucarest – heredero de “Scinteia”, el “Pravda” de Ceaucescu- y en su blog, respectivamente, una reflexión sobre la necesidad de defender a la minoría rumana en Ucrania, ahora que éste país entra en riesgo de guerra civil. “Una Ucrania desmembrada ofrece la ocasión  para recuperar la Bucovina, Besarabia y la región de Odesa”, escribe Ninel Peia, secretario de la “Comisión para la Diáspora” en Bucarest. “¿Está nuestro ejército preparado?”, se preguntan.

El 20 de febrero, en plena batalla campal en el centro de Kiev, la noticia aparece en Rossiskaya Gazeta, portavoz oficial del Kremlin: “el ejército rumano se prepara para intervenir en Ucrania el día 26”. Es la operación “Romania Mare”, una invasión en toda regla con el objetivo de “anexionarse” aquellos territorios que Rumania ocupó a la URSS entre 1941 y 1944 de la mano de los nazis. El plan se ha adoptado, “sin consulta con la OTAN, ni permiso de Berlín”, afirma el diario.  Inmediatamente la noticia circula por determinadas webs de la región de Odesa.

“Es una fantasía y una provocación”, me dice Emil Rapcea, cónsul general de Rumania en Odesa y ex embajador en Kazajstán. “A Ninel Peia se le considera un cretino en Bucarest, nadie le ha hecho caso”, explica otra fuente rumana. El cónsul aventura que quizá “alguien pagó” para que se escribieran esas cosas. Y añade: “¿Acaso son rumanas las tropas que han entrado en Crimea?”.

Lo que se ve en la península, por lo menos de momento, es una operación perfecta; toma de infraestructuras, centros neurálgicos, movilización de líderes populares, cambio de gobierno local. Uno tras otro hasta cinco mandos militares ucranianos de Crimea reniegan de Kíev, con gran efecto sicológico. Nada parece haber sido dejado a la improvisación. Es obvio que la inteligencia militar rusa, y no solo la militar, preparó esta arriesgada respuesta con años de antelación. Casi tantos años como el empeño del otro imperio por arrastrar a Ucrania al regazo de la OTAN y realizar el sueño de los halcones de Washington y Bruselas: amarrar sus barcos en Sebastopol y Balaclava, las bases militares rusas de Crimea, escenarios de seculares glorias militares ruso-soviéticas y decir, “!aquí estoy yo¡”. El sueño de instalar el escudo antimisiles en la línea del Dnieper, es decir en las mismas barbas rusas, pudiendo anular, ahora sí, gran parte del potencial nuclear estratégico de Moscú. Equivaldría a meter el Yuri Dolgoruki, un submarino estratégico ruso de última generación en el puerto de San Diego y a reclutar a Canadá en una alianza militar contra Estados Unidos. Por mucho menos que eso, por Cuba, Washington puso al mundo al borde de la tercera guerra mundial (nuclear). ¿Absurdo? Solo un Occidente que, simplemente, ha venido ignorando los intereses de seguridad rusos desde el fin de la guerra fría puede asombrarse del movimiento de tropas en Crimea. En esta quimera geopolítica de machos, cuyo leitmotiv es impedir toda relajada sintonía entre la UE y Rusia y empujar a Moscú a una alianza con China, la OTAN se ha encontrado con la horma de su zapato: “!Hasta aquí hemos llegado¡”, ha dicho el Kremlin.

La opinión pública ucraniana y su revuelta en Kíev son lo de menos, un mero instrumento de este juego insensato. Desde la misma disolución de la URSS (1991) y la siguiente independencia de Ucrania, todas las encuestas de opinión han ofrecido una mayoría de ucranianos hostiles al ingreso de su país en la OTAN. La Alianza ha continuado a la suya. En la labor por atraer a Ucrania a su seno militar, la Unión Europea ha sido su cómplice. Su “Asociación Oriental” se planteó desde el principio como una alternativa incompatible con la integración comercial de Ucrania con Rusia. Y sus artículos en materia de política exterior y de seguridad comprometían a Ucrania con el esquema (antiruso) de la seguridad atlantista.

Después de 2008, cuando la provocación atlantista en Georgia se saldó con un fiasco (Moscú respondió militarmente), Ucrania metió en su constitución una cláusula de neutralidad y no alineamiento, mientras firmaba un acuerdo de largo alcance sobre la flota del Mar Negro. Parecía que se alcanzaba un equilibrio estabilizador, pero el expansionismo occidental, cada vez más agresivo en la misma UE, ha continuado como se ha visto en la política de Bruselas contra Gazpróm, el consorcio energético ruso. El grueso del ingreso de Rusia se debe a la exportación energética. La mayor parte de ese recurso transita por Ucrania. El objetivo es privar a Rusia de su relación energética con Europa. Para eso Estados Unidos ha potenciado el fracking, la extracción de gas de esquisto, y espera ser pronto suministrador alternativo de gas a la Unión Europea. Países que antes no contaban nada en la política exterior europea, como Polonia, han recibido una gran influencia, para deleite de Washington y con la torpe aquiescencia de la obtusa política exterior alemana. Polonia, una nación profundamente anti rusa con históricos intereses y ambiciones en Ucrania, es hoy el copiloto del drang nach Osten de Bruselas. A todo eso se ha sumado las astillas levantadas por el papel ruso en Siria (el camino hacia Teherán, suministrador energético de China, pasa por Damasco, el camino hacia un régimen ruso subordinado en Moscú pasa por Kíev), el irritante asilo de Moscú a Eduard Snowden (el principal desastre de imagen de Estados Unidos desde la guerra de Vietnam), el puntazo de imagen de Putin con los juegos de invierno de Sochi, objeto de una grotesca campaña de propaganda occidental…

Una mínima atención a los intereses de seguridad de Rusia (ese país existe, tiene fronteras e incluso intereses comerciales con sus vecinos, que no pueden reducirse a “imperialismo”), habrían aconsejado un respeto al estatuto de neutralidad de Ucrania, pero a base de dinero, influencias, inversiones en medios de comunicación y “centros de estudios estratégicos independientes”, compra de magnates y operando siempre sobre la identidad nacional (antirusa) de un sector minoritario del pueblo ucraniano, mayormente del Oeste del país, el asunto se ha forzado hasta llegar a una especie de golpe de Estado en el que se ha jugado con el genuino hartazgo del sector más activo (occidental) de la población ucraniana. Para hacer la tortilla, incendiamos la cocina.

En la última Conferencia de Seguridad de Munich, el gran cónclave euro-atlántico anual de halcones militaristas, el Secretario General de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, dijo que “Ucrania tiene que tener la libertad para elegir” si entra o no en la OTAN. “Habría sido mucho más sabio decir, “Ucrania eligió el no alineamiento y nosotros lo respetamos”, observa el comentarista de The Guardian Jonathan Steele, un veterano ex corresponsal en Moscú.

En lo que tiene de pulso imperial, la batalla de Ucrania, cuyo último capítulo ha sido esa mezcla de revuelta popular y cambio de régimen inducido desde Occidente, lo ha puesto todo hecho unos zorros. Se dice que el servicio secreto polaco ha financiado a los neonazis del “Pravy Sektor” en Kíev. La Fundación Konrad Adenauer de la canciller Merkel ha financiado al opositor  Vitali Klichkó, los americanos a otros. ¿Y qué decir del Canal 5 de la tele ucraniana, del magnate atlantista Petró Poroshenko (quinta fortuna del país), con conexión directa con “La Voz de América”, el principal medio de comunicación del nuevo gobierno de Kíev? Todavía no ha mentado que entre los caídos en las violencias de Kíev hay unos cuantos policías muertos por arma de fuego – ya tengo once nombres anotados y contrastados en mi libreta, pero dicen que hay más. Esto es muchas cosas, pero también es un festival de intoxicaciones. Y en la respuesta que estamos observando del otro lado, se trata de lo mismo.

En el anti-Maidán que está ahora en plena efervescencia aquí en Odesa y en todo el sur este de Ucrania, hay mucho de organizado, de agitadores radicales activados desde Moscú. Los estoy viendo cada día. La televisión rusa, que cubre Ucrania con histérica manipulación, forma parte del mismo esfuerzo. Lo del “¡Que vienen los rumanos¡” no es más que su expresión más burda, pero el rastro de todo esto se percibe por igual en Crimea, en Odesa, en Donetsk, en Járkov y en muchos otros lugares. Sí, también Moscú promociona y moviliza, a su manera, “la sociedad civil”.

-Ucrania no quiere violencia. Fuentes militares de Estados Unidos reconocen que Rusia tiene, “el pleno control operativo de la Península de Crimea”, territorio ancestral ruso mayoritariamente poblado por rusos pero que pertenece a Ucrania y que, alegando inestabilidad, Moscú ha ocupado ilegalmente. En Balaclava, base de la armada, una nueva unidad ucraniana se rinde: la mitad de los soldados firman por Crimea  (léase Rusia), la otra mitad optan por Ucrania y se van tras firmar un papel. Los ucranianos tienen órdenes de Kíev de no usar armas.

En la capital, donde desde hace una semana hay un gobierno prooccidental a todos los efectos (UE, OTAN y FMI), cierto desencanto. Creían tener todo el poder y se reconocen débiles. No solo por lo de Crimea. No solo porque sus adversarios – el “anti Maidán”-  andan crecidos y a la ofensiva en el Sur y el Este del país, con asaltos a sedes de gobierno regionales –el de Odesa lo presencié sobre la una de la tarde-, sino también porque perciben cierta división entre sus protectores.

Síntomas de división entre Estados Unidos y Alemania, cuyo sector empresarial tiene muchos intereses en Rusia y teme que mantener la línea radical (con ayudantes polacos y script de Washington) no conduzca a ninguna parte. De la tensión de esa división (“Fuck the EU”, decía el 25 de enero Victoria Nuland vicesecretaria de Estado de EE.UU en una conversación telefónica que fue grabada) resultaba una filtración con efecto cizaña: según la Casa Blanca, Merkel dice que en su conversación telefónica de ayer con Putin, el presidente ruso parecía, “haber perdido el sentido de la realidad”. Es evidente que Washington siembra el malentendido entre Berlín y Moscú.

En cualquier caso hay tufillo de paso atrás en el ambiente. “Practicar la diplomacia no es debilidad”, dice el ministro de exteriores alemán Frank-Walter Steinmeier en Bruselas.  En Ginebra su colega ruso, Sergei Lavrov, apela a los prooccidentales de Kíev a respetar el  acuerdo para formar un gobierno “inclusivo” que firmaron el 21 de febrero con el ausente presidente Victor Yanukovich bajo mediación de la U.E.

John Kerry, el secretario de Estado americano, llegaba a Kíev mientras las potencias se retiran del encuentro del G-8 que debía celebrarse en Sochi. “Será un perjuicio para el G-7, no para Rusia”, decía chulesco en Moscú el portavoz de Putin, Dmitri Pskov.  “Quienes interpretan nuestras acciones como una especie de agresión y nos amenazan con sanciones  y boicots son los mismos que han estado animando a sus aliados (en Kíev) a declarar ultimátums y renunciar al diálogo”, dice Lavrov.

El paso atrás es necesario por Ucrania, un país en alto riesgo que necesita un mediador para iniciar distensión. Si alguien con autoridad fundara el “Movimiento contra la violencia en Ucrania” se llevaría al país de calle. ¿Pero quién?  Quienes tienen autoridad en el oeste y en el centro del país, no son reconocidos en el este y el sur, y viceversa. Las Iglesias están divididas y contribuyen  a la radicalización. ¿Un mediador internacional?: la UE es parte del problema, Rusia también. Secuestrada por una “comunidad internacional” que no pasa de representar al 5% de la población mundial, la ONU apenas existe… Ucrania pide a gritos un acuerdo. Los radicales son minoría.

-¿Qué piensan los ucranianos? Si hubiera que resumir el estado de la opinión pública ucraniana sobre el destino de su país, el sentir mayoritario podría ser, al día de hoy,  el siguiente: sí a la unidad e independencia del Estado ucraniano y sí a unas buenas y fluidas relaciones amistosas con Rusia. Así lo sugiere la última encuesta disponible realizada por el Instituto KMIS de Kíev entre el 21 y el 25 de febrero y divulgada ayer por medios en sintonía con gobierno pro-occidental instalado en la capital.

Un 68% declara que Ucrania y Rusia deben seguir siendo países  independientes pero amigos, con fronteras abiertas, sin visados ni aduanas (Opción 1). Otro 12,5% lleva la amistad hasta el extremo de la disolución nacional del Estado ucraniano para fundirse en un único Estado con Rusia (Opción 2). Finalmente, un 14,7% favorece que la relación con Rusia sea tan estricta como la que correspondería a cualquier otro estado: con fronteras, visados y aduanas (Opción 3).

El problema es que ese sentir que sugiere un sentido común mayoritario hacia una solución de consenso y equilibrio, tiene una distribución regional muy contrastada, lo que lo convierte en algo mucho más complejo y dramático capaz de abonar un escenario de federalización o partición del país, especialmente teniendo en cuenta la negativa influencia de los dos grandes vecinos: Rusia y Euroatlántida.

Dividido en cuatro sectores geográficos (Este, Sur, Centro y Oeste) la Opción 1 vence en todas partes (72,2% en el Este, la región más rusófila, 63,8% en el Sur –que incluye la península de Crimea ocupada por Rusia-, 69,7% en el Centro, y 66,7% en el Oeste, que incluye la región de Galitzia que perteneció al Imperio Austro-húngaro y que en su mayoría solo se integró en la Rusia soviética en 1945.

La Opción 2, renunciar a la independencia de Ucrania y reunificarse con Rusia en un único Estado, solo la apoya el 0,7% de la opinión en el Oeste, el 5,4% en el Centro, el 19,4% en el Sur y el 25,8% en el Este más rusófilo.

El panorama que arroja la Opción 3, que contiene una sugerencia de firmeza y cerrazón hacia el vecino ruso, con fronteras estrictas, solo la apoya el 2% de la opinión del Este de Ucrania y el 10,5% del Sur. Sin embargo, en el Centro y en el Oeste está posición, muy bien representada en el actual gobierno prooccidental de Kíev,  encuentra muchos más partidarios: 20,9% (Centro) y 24% (Oeste), respectivamente.

Pero, por importante que sea, la relación con Rusia es sólo un aspecto de la actual crisis. Preguntados, en febrero, por el motivo de las protestas en la plaza central de Kíev (Maidán), la mayoría, 43%, respondía que, “el enfado hacia el régimen corrupto (del Presidente) Yanukovich”. Otro 30% explicaba la protesta en la “influencia occidental que quiere atraer a Ucrania hacia la órbita de sus intereses”.

Respecto a la responsabilidad por la escalada del conflicto en Kíev, un 49% culpaba al Presidente Yanukovich, entre el 21 y el 25 de febrero cuando la victoria de la oposición parecía total y aún no había aparecido una fuerte  protesta “anti-Maidán” en el Este y el Sur del país. Otro 34% culpaba a la oposición. Una vez más: todas estas opiniones reflejan un vivo contraste regional dentro del país.

Siendo el deseo de buenas relaciones con Rusia y el deseo de mantener la independencia e integridad del Estado ucraniano, los dos ejes de la situación, quien sea visto como una amenaza para cualquiera de ellos se desprestigiará. Esto afecta tanto a los jugadores locales, como a los imperios que rodean el país.

El gobierno de Kíev se ha desprestigiado y no representa al conjunto del país por su rusofobia y porque el grueso de sus miembros proceden del Oeste o son magnates en la órbita occidental. Por otro lado Putin se desprestigia también por ser visto como amenaza a la integridad e independencia de la nación y por apoyarse en magnates cuyos negocios están relacionados con Rusia.

Tanto el deseo occidental de una Ucrania contra Rusia, como el de Putin que para evitarlo pone en cuestión la integridad territorial del país con la ocupación militar de un trozo de ella, chocan con el consenso mayoritario.  Ninguna de las dos cosas gustan, pero ¿cual es más decisiva para configurar “el promedio” de la opinión pública ucraniana?  En lo que este conflicto depende del estado de la opinión pública –quizá no mucho- estos son factores a tener en cuenta.

-Una vez más: el enorme riesgo de Putin

Estas son las coordenadas: En el Este y el Sur del país el Estado ucraniano se hunde. Muchos no reconocen allí al gobierno central y piden referéndums y la federalización del país. En Kíev un gobierno prooccidental desarbolado que se propone privatizar inmediatamente el sector energético y retirar subvenciones agrarias, de acuerdo con las recetas estándar occidentales, lo que anuncia una catástrofe para el nivel de vida. El gobierno es débil, no representa ni de lejos al conjunto del país, y no sabe qué hacer, pero, ojo, independientemente de su legitimidad, representa a la matriz del nacionalismo ucraniano que históricamente siempre fue la Ucrania Occidental. Aunque este gobierno destruye en la práctica con su sectarismo y patrocinio occidental la unidad del país, es al mismo tiempo el principal vector que reclama la unidad de Ucrania. Y esa unidad es deseada por la mayoría de los ucranianos, incluídos la mayoría de los ucranianos profusos. Kíev es como Jano, el dios de las dos caras.

En el conjunto del país un mayoritario doble deseo de mantener la independencia de Ucrania y al mismo tiempo unas estrechas y amistosas relaciones con Rusia: casi un 70% de apoyo en la última encuesta. Tanto Occidente, que quiere una Ucrania contra Rusia, como Putin, que ocupa Crimea para evitarlo, contradicen ese doble consenso.

El tercer elemento es la situación en Crimea. Ocupada por fuerzas rusas con el mayoritario aplauso de la población, una “perfecta operación militar” de Vladímir Putin que contiene un riesgo extraordinario. Tampoco en Crimea el apoyo a la “operación perfecta” es unánime”.

En esta partida de ajedrez, Moscú se ha comido una torre en Crimea. La población local lo ha aplaudido (los adversarios, que los hay, son débiles y están asustados), pero en el resto de Ucrania se observa el asunto con preocupación (hablamos, naturalmente, de promedios pues la sensibilidad cambia de una región a otra). Incluso en Odesa, una ciudad ancha, liberal, y francamente prorusa, la temperatura que marca el termómetro es sutil. Como a alguien se le escape un tiro en Crimea y haya más violencias, el ocupante será inmediatamente visto como responsable y agresor. Jurídicamente está en casa ajena, por más que la historia le de la razón. Y luego está la propaganda. Poco a poco la gran máquina de la información global se pone en marcha. La máquina que hizo pasar por “humanitaria” la guerra de Yugoslavia, por “guerra contra el terrorismo” la segunda invasión extranjera de Afganistán, que vendió amenaza de armas de destrucción masiva en Irak y causas justas por doquier, comienza a emplearse a fondo ahora con Crimea.

“A Putin le importa un rábano la opinión de la Unión Europea”, explica desde Moscú Dmitri Trenin, un politólogo occidentalista del centro Carnegie. “Ya le han demonizado tanto que no viene de eso”, dice. Pero Rusia apenas tiene recursos de propaganda externos. El eficaz canal RT que da voz en inglés a muchos disidentes de Estados Unidos, es poca cosa. En el frente informativo las divisiones acorazadas están en manos del adversario.

Por dividido que estén algunos europeos (Alemania) de Estados Unidos, la unidad de acción esencial se mantendrá. La UE mantiene la pinza. El comisario “de ampliación europea” Stefan Füle, un checo, predicaba ayer mismo en Tbilisi (Georgia) “continuar con el fortalecimiento de la Asociación Oriental ante las presiones”. En Moldavia la UE ofrece su gran caramelo a toda prisa: el régimen sin visado para estancias de 90 días para los locales (se exige pasaporte biométrico). Así que la pinza que ha desencadenado este desastre de guerra fría en Ucrania, se mantiene a todo trapo. Por la suma de todo eso la “exitosa operación” podría desmoronarse.  Hasta se puede pronosticar por donde aparecerán las primeras grietas.

Putin se ha comido una torre en Crimea. Pero lo ha hecho exponiendo a su reina. Como esa reina acabe siendo vista como una fea y abusona madrastra en el resto del país, el balance final podría ser ganar Crimea y perder Ucrania. Y si Putin pierde Ucrania, podríamos acercarnos a un escenario ruso de 1905: la pérdida de Ucrania, como la de la flota del Báltico a manos de los japoneses en Tushima, Mar del Japón, tras una navegación transoceánica a través del Cabo de Buena Esperanza, sería una humillación que pasaría una seria factura. Por eso, si la situación de los occidentales, cuya geopolítica –para adelantar la frontera de la OTAN y hacerse con el control de los recursos de Ucrania- es un desastre irresponsable, el que se está jugando el tipo aquí es Putin. Por otro lado, sin la operación de Crimea, Putin habría perdido aún más; las bases para su flota, el control de Crimea y también Ucrania. Un jaque mate. Así que la alternativa para Moscú era elegir entre malo y peor.

Hoy hubo tiros al aire de soldados rusos contra soldados ucranianos en la base crimeana de Belbek, ocupada por los primeros. Una buena ilustración de la peligrosidad de la partida. De los treinta aviones de caza ucranianos que hay en la base, solo cinco funcionan. Además de algunos soldados ucranianos que no se someten (naturalmente se les presiona y se los intenta comprar), en Crimea hay otros factores de contestación. Los tártaros de Crimea, 12% de la población, no quieren ni oír hablar de la ocupación rusa que asocian a lo peor de su memoria, las deportaciones estalinistas de las que su pueblo fue víctima en 1944. Hay otras posibilidades de aguarle a Moscú la fiesta en la península.  Y desde la península, al resto.

Como dicen los chinos Rusia pisa en esta crisis sobre cáscaras de huevo. Todo cruje. Por otro lado, después de lo hecho no hay vuelta atrás. Desde Tallin (Estonia), su alcalde Edgar Savisaar, propone algo de sentido común: “solo un gobierno con representantes de todas las regiones de Ucrania podría tener legitimidad”, dice. Pero ¿A quién le importa Ucrania?

-Miércoles 5 de marzo. Limpieza regional.

El gobierno de Kíev intenta contrarrestar la disolución del Estado ucraniano en el Este del país, donde su legitimidad apenas es reconocida. Sintiendo a sus espaldas el fuerte apoyo occidental, Kíev nombra nuevos gobernadores en las 25 regiones de Ucrania. Para ello sigue la receta sectaria que presidió la formación del gobierno: pleno dominio de la Ucrania occidental y central más nacionalista y antirusa.

Como en el gobierno, el poder regional han sido copados por tres fuerzas;  el partido “Batkivshina” (Patria) de la ex primera ministra Yulia Timoshenko, fuertemente atravesado por intereses oligárquicos, los ultraderechistas del partido “Svoboda” (“Libertad”), y toda una serie de magnates con influencia regional.

El partido de Timoshenko, partidaria del ingreso del país en la OTAN y de denunciar inmediatamente el acuerdo de 2010 que cedió a Rusia las bases de Crimea para su flota hasta 2040, se ha hecho con por lo menos 10 de los 25 gobernadores nombrados.

“Svoboda”, que  hasta 2004 se llamaba “Partido Socialista Nacional de Ucrania” y ha usado símbolos de la Waffen SS, ha colocado a 6 gobernadores. El número dos del gobierno de Kíev, el fiscal general y varios  ministros pertenecen a “Svoboda”, cuyo líder, Oleg Tiagnibok, firmó en 2005 una petición para prohibir todas las organizaciones judías de Ucrania y ha arremetido contra “la mafia ruso-judía que controla Ucrania”, lo que no impide que los ministros euro-atlánticos se fotografíen estrechándole la mano. En una administración pro-rusa un personaje así habría desencadenado un escándalo mediático colosal.

Casi ninguno de los nuevos gobernadores tiene experiencia administrativa y muchos de ellos son jóvenes. En el contexto de nuevas privatizaciones que se anuncia, con enormes oportunidades para el enriquecimiento personal, ese relevo contiene tanto ventajas de regeneración como desventajas; la llegada de, “nuevos lobos hambrientos que relevan a los saciados”, en opinión de un vecino de Odesa no implicado en las movilizaciones de los últimos días.

El partido “Udar” del ex boxeador Vitali Klichkó ha quedado ausente, tanto del gobierno como del reparto de gobernadores. Klichkó y su partido, apadrinado por Merkel, son la reserva de Alemania para las siguientes elecciones y se les quiere evitar el desgaste de la actual e incierta fase.

La situación más complicada se sitúa en el Este y el Sur del país. El poder de Kíev no es considerado legítimo por una gran parte de la población y la elite local -vinculada al Partido de las Regiones del Presidente (legítimo, electo, corrupto, destituido y huido) Viktor Yanukovich- ha quedado fuera de juego con el cambio de régimen en Kíev. En ciudades como Járkov, Lugansk, Donetsk y Odesa, el vacío ha sido parcialmente llenado por un movimiento “anti-Maidan” que se articula alrededor de un difuso rosario de reivindicaciones federalistas, separatistas, autonomistas y pro-rusas. Al igual que el movimiento callejero de Kíev, este movimiento contiene tanto apadrinamiento exterior, en este caso ruso, como impulsos populares y anticorrupción y pro derechos civiles.

En ese contexto, Kíev ha nombrado en el Este a magnates locales con influencia en sus regiones, que le han declarado fidelidad. Es el caso de Igor Kolomoiski, nuevo gobernador de Dnepropetrovsk y uno de los principales hombres de negocios judíos del país, Sergei Taruta (Donetsk) o Mijail Bolotskij (Lugansk). Todos ellos tienen como misión, “impedir el separatismo”. A juzgar por lo que se percibe en Odesa, estos nombramientos son vistos por mucha gente como un mero cambio de figuras.

Como dijo el presidente ruso Vladimir Putin en su conferencia de prensa de ayer, en la que astutamente expresó su “comprensión” por el impulso anticorrupción y justiciero de la protesta de Kíev (dijo; “el problema que tienen en Ucrania con la corrupción aún es más grave que el que tenemos en Rusia”) mucha gente tiene la sensación de que, “unos granujas han sido sustituidos por otros”.

La conferencia de prensa de Putin no pudo verse en parte de Ucrania, porque el operador de televisión por cable “Lanet” desconectó la transmisión de los tres canales de televisión rusos (RTR-Planeta, Pervy kanal y NTV Mir) que consumen millones de telespectadores ucranianos en el Este y el Sur del país.

-Avanzar el asunto de la OTAN. Los francotiradores, un “enigma” clásico.

Mientras se discute para quién trabajaban los francotiradores que el 20 de febrero precipitaron el cambio de régimen en Ucrania matando indiscriminadamente a manifestantes y policías en las calles de Kíev, un grupo de diputados ucranianos ha presentado un proyecto de ley para declarar prioritario el ingreso del país en la OTAN.

Ucrania dejaría de ser un “país no alineado con ningún bloque”, como señala su actual legislación, para priorizar el ingreso en el bloque militar occidental, de acuerdo con la iniciativa que fue registrada ayer en la Rada (Parlamento) con el número 4354. Entre los diputados iniciadores, todos del partido “Batkivshina” (Patria) de la ex primera ministra Yulia Timoshenko, figura Boris Tarasiuk, que fue dos veces ministro de exteriores, la última vez tras la “Revolución naranja”.

Tarasiuk es fundador del “Instituto para la Cooperación Eutro-Atlántica”, un loby de la OTAN, y fue jefe de la representación de Ucrania en la Alianza. “Batkivshina” es apoyado por Washington y tiene mayoría en el actual gobierno, creado el 27 de febrero, una semana después de que la matanza de más de veinte manifestantes y policías por misteriosos francotiradores precipitara el hundimiento del régimen de Viktor Yanukovich, opuesto a la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea. La asociación con la UE incluye el compromiso de una aproximación de Ucrania a Occidente en materias de seguridad y política exterior. El actual gobierno y la Unión Europea se declararon ayer a favor de cerrar ese acuerdo de asociación antes de la celebración de elecciones en Ucrania.

En este contexto se filtra la conversación mantenida por el ministro de exteriores estoniano, Urmas Paet, con la responsable de la política exterior de la Unión Europea, Margaret Ashton. En ella queda claro que, tras una visita de Paet a Kíev el 25 de febrero, el ministro se tomaba muy en serio que, “detrás de los francotiradores no estaba Yanukovich, sino alguien de la nueva coalición” que hoy gobierna en Kíev. “Es interesante”, contesta Ashton. La fuente de Paet identificada como “Olga”, era la jefa del dispositivo médico del Maidán (la protesta popular apoyada por Occidente), Olga Bogomolets, que rechazó un cargo en el nuevo gobierno.

“Olga ha dicho que todos los indicios muestran que la gente fue muerta por los mismos francotiradores, tanto policías como manifestantes” (…) “dice que  todos los muertos llevan la misma firma, los mismos tipos de balas, y es verdaderamente  preocupante que la nueva coalición no quiera investigar qué pasó exactamente”. “Eso les desprestigia ya desde el principio”, dice Paet a una Ashton que solo comenta, “Si, es terrible”.

El ministerio de exteriores estoniano ha confirmado la autenticidad de la conversación pero ha subrayado que Paet transmitía a Ashton el punto de vista de una tercera persona y no el suyo.

Guerras, invasiones y golpes de Estado comienzan frecuentemente con oscuros atentados en los que la pregunta estándar es, ¿a quién benefician? Varios edificios volaron por los aires en Moscú  en vísperas de la segunda guerra de Chechenia. Moscú adjudicó el asunto al terrorismo checheno. Aquellos atentados decidieron el apoyo de la opinión pública a la guerra de Putin. La intervención de la OTAN en Bosnia ocurrió tras un sonado atentado en el mercado de Sarajevo. Aquella carnicería se atribuyó a un disparo de mortero desde el cerco serbio, pero los especialistas más bien vieron en aquello el efecto de una bomba. Fue el desencadenante de la “intervención humanitaria”. La intervención en Kósovo tuvo escenificaciones previas aún más espectaculares: varias matanzas de presuntos civiles (en realidad guerrilleros albaneses caídos en acción) reunidos en pueblos como Rachak por el jefe de la misión de la OSCE (el embajador William Walker, con un pasado de implicación en las matanzas de Centroamérica), el inexistente “genocidio” de centenares de miles de albaneses, etc., etc., y la actual guerra de Siria ha repetido el guión con diferentes incidentes dudosos de uso de armas químicas y ataques a Turquía. ¿Por qué iba a ser diferente Ucrania?

Jueves, 6 de marzo. Referéndum en Crimea.

La peor crisis Este/Oeste desde el fin de la guerra fría se enreda por momentos. Cabalgando sobre un genuino descontento popular, el Imperio del Oeste ha promocionado un golpe de Estado en Kíev. El Imperio del Este ha contestado ocupando militarmente Crimea. Ambos juegan con el sentir popular y lo usan en su propio provecho. En Kíev para colocar un gobierno que dé pasos rápidos hacia  la disciplina europea y la integración en la OTAN. En Simferópol, la capital de Crimea, para justificar una invasión, aunque se trate de tierra rusa. Hoy nuevos pasos acelerados en ambas direcciones: el parlamento de Crimea celebrará en diez días un referéndum para salir de Ucrania y unirse a Rusia. Occidente baraja todo tipo de sanciones y mueve tropas y armadas en el Báltico, Polonia, Egeo y Mar Negro. En broma, en broma, se avanza hacia una versión cutre de la crisis de los misiles de 1962. Ahora la isla se llama Crimea.

La decisión del parlamento local se ha tomado por 78 votos contra cero y 8 abstenciones. El referéndum, inicialmente previsto para el 30 de marzo y con una pregunta para incrementar la autonomía, se adelanta para el 16 con una pregunta sobre si se desea la unión con Rusia. Aunque Putin dijo de forma categórica el martes que “Rusia no considera” una anexión de Crimea, hacerlo será mucho más fácil de lo que fue desgajar Kosovo de Serbia. Las violaciones de la “integridad territorial” son últimamente algo bastante corriente. Lo único que cambia es la coreografía.

Sergei, un marinero de Odesa, me explica donde queda el sentir popular de los ucranianos en medio de este insensato tira y afloja que obliga a la Madre Rusia, a la que se quiere arrinconar en la línea del Dnieper, a empuñar el fusil. Sergei, unos 45 años, es marinero en tierra y vende souvenirs  junto al monumento al Duque de Richelieu, gobernador de esta ciudad a principios del XIX. Por un lado detesta al nuevo gobierno de Kíev que ha sustituido al del Presidente (legítimo y huido) Viktor Yanukovich, al que califica de “podrido”. Por el otro lado, no le gusta la machada militar rusa en Crimea. Después de más de veinte años Ucrania es un país independiente y no se puede atropellar su soberanía.

“Eso no va a gustar ni siquiera en amplios sectores de la Ucrania del Este y del Sur”, dice, refiriéndose a la parte del país más favorable a Rusia. No tiene muchas dudas acerca de que el movimiento Maidán fue una magnífica manipulación del general sentir popular contra la podredumbre. Cree que los francotiradores fueron la guinda que decidió el cambio de régimen. ¿Por cuenta de quién?; “evidentemente, de los que han salido ganando con ello”. Lo de Crimea es un esperpento: las tropas que hay allá son, evidentemente, rusas por más que Moscú niegue la evidencia y hable de espontáneos “grupos de autodefensa”.

Esta opinión, informada pese al enorme sectarismo de los canales de televisión – los rusos al servicio del Kremlin, los ucranianos en manos de magnates en sintonía con Euroatlantida- sutil y  matizada en sus acentos, es precisamente la mayoritaria en el país, de acuerdo con las encuestas disponibles: no al ingreso en la OTAN (por eso sus partidarios no quieren oír ni hablar de un referéndum ucraniano sobre ese tema), sí a la independencia y soberanía nacional de Ucrania y sí también a unas relaciones fluidas, estrechas y fraternales  con Rusia (no confundir con la persona o el régimen de Putin), sin que ello quiera decir que nos dejamos invadir por amor. Si esto es así, ¿cómo se ha llegado al actual desbarajuste? Se trata del esquema general de la seguridad europea vigente desde el fin de la guerra fría.

-¿Quien se acuerda hoy de la Carta de París? En noviembre de 1990 los países de la CSCE (hoy OSCE), es decir la URSS y Euroatlántida, firmaron en el Palacio del Elíseo, la “Carta de París para una nueva Europa”. Aquel documento contenía el diseño de una seguridad continental integrada, es decir el fin de la guerra fría. Su preámbulo proclamaba que, “la era de la confrontación y división de Europa ha concluido”. En el apartado, “relaciones amistosas entre estados participantes” se afirmaba: “La seguridad es indivisible. La seguridad de cada uno de los estados participantes está inseparablemente vinculada con la seguridad de los demás”. En el apartado “Seguridad”, se anunciaba, “un nuevo concepto de la seguridad europea” que dará una “nueva calidad” a las relaciones entre los estados europeos. “La situación en Europa”, se prometía, “abre nuevas posibilidades para la acción común en el terreno de la seguridad militar. Desarrollaremos los importantes logros alcanzados con el acuerdo CFE (desarme convencional en Europa) y en las conversaciones sobre medidas para fortalecer la confianza y la seguridad”. Se ponía incluso fecha a los compromisos; “iniciar, no más tarde de 1992, nuevas conversaciones de desarme y fortalecimiento de la confianza y la seguridad”.  En lugar de eso se abrió paso una seguridad a costa del otro.  Hubo ampliación, globalización y avance de la OTAN, allí donde Moscú se había retirado. El ingreso en el bloque militar contra Rusia se ofreció como antesala del ingreso en la Unión Europea. Muchos ex satélites y ex víctimas de Moscú corrieron entusiasmados hacia ese alivio. Adoptando el capitalismo, Rusia no ofrecía el rostro más benigno. Pero ese país y sus intereses existen. Su diplomacia reclama desde 1992 el esquema de la Conferencia de París y en lugar de ello le ofrecen escudos antimisiles “contra Irán” en Rumania y Polonia, y cuando se queja le acusan de “imperial”. Ahora le enfrentan a algo equiparable a si Estados Unidos tuviera que convivir con un Canadá miembro de un bloque militar hostil.

Para realizar esta genialidad se ha colocado en Kíev el primer gobierno con ministros ultraderechistas y antisemitas (el partido Svoboda con seis carteras y cargos tiene mucho de eso) desde 1945. Occidente tiene suerte de que el régimen político de Rusia carezca de todo atractivo social y popular, y se asiente exclusivamente sobre el nacionalismo.  De lo contrario, el barrido eslavo oriental sería imparable. Pero el nacionalismo ruso no atrae lógicamente a Ucrania. Esa ideología provoca alergias que, hoy por hoy, van a favor del nuevo gobierno. Cuanto más justifique Rusia su intervención en nacionalismo ruso, más impopular será. Mientras tanto, maniobras en el Báltico y en Polonia, un portaviones con acompañamiento de  armada en el Egeo, sanciones a la vista y pronto tensión en el Mar Negro, donde se anuncian maniobras militares conjuntas búlgaro-rumano-estadounidenses.

-Kíev califica de “farsa” el referéndum de Crimea.  

Crimea no puede decidir por sí sola su salida de Ucrania, dice el presidente de la Rada de Kiev, Aleksandr Turchinov, formal “jefe de Estado interino” del nuevo régimen. “Según el artículo 73 de la Constitución, solo un referéndum de toda Ucrania puede examinar la cuestión de las fronteras y los cambios territoriales”, dice Turchinov en un breve mensaje televisado.”Esta decisión es ilegítima, es una farsa”, concluye.

Crimea ha desconectado canales de televisión ucranianos. Ucrania desconectó anteayer canales rusos. Ambas partes practican una intensa guerra propagandística, omitiendo los informes que no les convienen. El ambiente en las ciudades ucranianas es tranquilo. Las manifestaciones de los últimos días van claramente a menos: apenas congregan a centenares de personas. El rechazo y la indisposición hacia la violencia es absolutamente mayoritario. La llamada a la movilización de reservistas lanzada por Kíev ha sido completamente ignorada.

-Viernes, 7 de marzo. Nuestros inquietantes amigos de Kíev

Es lo que se llama un armario; más ancho que alto, rostro de adoquín y sobre los cien kilos de peso. Poca broma con Aleksandr Muzichkovo, uno de los líderes del “Pravy Sektor” (Sector de derechas). Su mera presencia intimida. Con su uniforme de camuflaje, a Muzichkovo se le ha visto poner orden en la fiscalía de la región de Rovno. Agarró por la corbata a la primera autoridad judicial de la región, un hombre joven y más bien frágil que no osa replicar la oleada de insultos obscenos que le dedica el ultraderechista, lo zarandea, lo hace sentar, se excita mientras continua insultando, le da una colleja. A su alrededor nadie osa abrir la boca, pero alguien lo graba con su teléfono y lo coloca en you tube. Estremecedor.

La escena se repite ante la cámara parlamentaria de la región. Preside Muzichkovo. Sobre la mesa un fusil kalashnikov. El ultra pregunta en tono amenazante, “¿Alguien quiere quitarme el fusil?, ¿alguien quiere quitarme el cuchillo?, atrévanse”. Nadie se mueve. En Odesa el líder de este grupo neonazi me dice que su modelo en el extranjero es la “Aurora Dorada” de Grecia.

“Pravy Sektor” se fundó hace muy poco, justo un mes antes de que comenzaran las protestas en Kíev. Agrupó en una especie de frente popular “antisistema” a varios de los grupos neonazis, ultraderechistas y nacionalistas radicales que se reclaman de la tradición de Stepán Bandera (1909-1959) y su organización armada insurgente (UPA) que luchó contra el NKVD de Stalin, colaboró con los nazis engrosando la división “Galitzia” de las SS cuando estos invadieron la URSS en 1941 y acabó luchando un poco contra todos; los comunistas, los alemanes y la Armia Krajowa polaca, antes de ser recuperado por la CIA que lo sostuvo con armas y dinero hasta 1959, cuando Bandera fue asesinado en Munich por agentes de Stalin con una bala de cianuro.

Bandera tiene hoy monumentos en Ucrania Occidental, donde su memoria goza de cierta base popular, pero se le considera una figura negativa en la mayor parte del resto del país, donde a los fachas se les designa con el nombre genérico de “banderovski”.

Junto con el partido “Svoboda”, “Pravy Sektor” y los “banderovski” en general, fueron la fuerza de choque paramilitar decisiva para mantener a lo largo de tres meses el pulso con la policía en Kíev. Son pocos, una minoría poco representativa, se dice. La simple realidad es que sin ellos no habría sido posible acabar derrocando el tambaleante gobierno de Viktor Yanukovich. Mientras oficialmente Washington y Berlín apoyaban a líderes con corbata como el actual primer ministro Yatseniuk o el ex boxeador Klichkó, otras fuerzas occidentales potenciaron como mano de obra por debajo al sector ultra. Dinero y canales de servicios secretos actuaron en Kíev de la misma forma en que lo hicieron en otras “revoluciones” contra adversarios. El resultado ha sido la aparición en la capital de Ucrania de un gobierno, que, sin poder ser reducido a una galería de radicales de derecha, contiene una muestra notable de ellos.

Al líder de “Pravy Sektor”, Dmitri Yarosh, nacido hace 42 años en una ciudad que lleva el nombre del primer policía bolchevique (Dneproderzhinsk), el 26 de febrero el nuevo régimen  le ofreció el cargo de vicesecretario del Consejo de Seguridad Nacional (CSN), el órgano que supervisa servicios secretos, ministerio del interior y ejército. En los últimos días hubo informes contradictorios al respecto, pero al final Yarosh lo rechazó.

El responsable del CSN es Andri Parubi, oriundo de Galitzia. Parubi fue el “Comandante de la Autodefensa del Maidán”, es decir la persona que, más o menos, coordinaba el dispositivo paramilitar de la revuelta. Parubi fue el fundador del Partido Socialista-Nacionalista de Ucrania (SNPU), formación de estricta sonoridad neonazi con contactos internacionales neonazis en toda Europa y cierta base entre la juventud de Lvov, capital de Galitzia. En 2004 el partido se transformó en el movimiento “Svoboda” (Libertad). Un año después Parubi fundó un nuevo partido y en 2012 ingresó en “Batkivshina”, el partido de la ex primera ministra encarcelada por corrupción, Yulia Timoshenko.

En medios progubernamentales de Kíev se suele decir que “Svoboda” “cambió  mucho en los últimos años”. Es verdad que en 2006 los radicales  del SNPU se escindieron (hoy muchos de ellos están en “Pravy Sektor”), pero reducir ese partido a “nacionalistas radicales”, como ha venido haciendo la prensa anglosajona más influyente en esta crisis, es ingenuo. Bandas ultras han estado persiguiendo estos días en Kíev a activistas comunistas. La casa del líder comunista, Petró Siminenko, y la de su hijo, han sido incendiadas. Ha habido casos de secuestros y palizas. Poco a poco aparecen nombres. Mucho de todo esto se ha visto exactamente igual en el otro bando, a cargo de los titushkis lumpen incontrolados al servicio del gobierno anterior. En Odesa he observado esta escena de fachas y de prorrusos armados con escudos, cascos y porras y la conclusión es que se parecen mucho en actitudes, intransigencia y predisposición a la violencia. La gente no se identifica con ellos…Tal como está la guerra propagandística el problema es que, en Occidente los desmanes de los fachas no serán muy noticiables (allí nadie habla de la casa de Simonenko), mientras que cualquier abuso o violencia de lo prorrusos encontrará terreno fértil para hacerse eco. Dada la general intoxicación, hablar aquí de estos fachas es una cuestión de mero equilibrio.

Cuatro años después de que los radicales del SNPU se fueran, el líder de “Svoboda”, Oleg Tiagnibok, calificó de héroe a Iván (John) Demianiuk, uno de los matarifes ucranianos del campo de exterminio nazi de Sobibor, extraditado y juzgado en Alemania poco antes de morir. Tiagnibok calificó al gobierno de Ucrania como una “mafia ruso-judía” y hace cuatro años un documento programático de su partido llamaba a “abolir el parlamentarismo, prohibir todos los partidos políticos, nacionalizar la industria y los medios de comunicación, limpiar por completo la administración, el ejército y la educación, especialmente en el Este y liquidar físicamente a todos los intelectuales ruso-parlantes y ucrainófobos”. Los ministro europeos, como el alemán Frank Walter Stinmeier, se han fotografiado estrechando la mano de Tiagnibok, que en los últimos años fue recibido en varias ocasiones por el embajador alemán en Kiev. En 2013 el Congreso Mundial Judío pidió la ilegalización de “Svoboda”. Hoy la tesis del “mainstream” es que nada de todo eso es significativo.

En el actual gobierno de Kíev “Svoboda” tiene hoy tres ministros (ecología, agricultura y educación), además del viceprimer ministro, el número dos del gobierno, Aleksandr Sich, el fiscal general, Oleg Majnitski, y por lo menos seis gobernadores de provincias.

La simple realidad es que el conglomerado radical que fue decisivo para poner en Kíev un gobierno prooccidental, mediando episodios como la masacre de manifestantes y policías a cargo de oscuros francotiradores la víspera del derrumbe de la anterior administración, tiene hoy un poder real en este país. Por primera vez desde 1945 un sector claramente ultraderechista y con impulsos antisemitas controla importantes parcelas de poder en un gobierno europeo bendecido por la Unión Europea. Es un escenario a tener en cuenta en Grecia, si los que contestan la política de Bruselas/Berlín logran llegar al poder en Atenas.

Comentarios

 

  • Como todos los artículos de Rafael Poch, este resulta clarificador de lo altamente confuso. Creo que estamos asistiendo al “calentamiento” de unas circunstancias mundiales, que empezaron con la revolución tecnológica y la caída del bloque soviético. Para poner un posible símil, hemos ido pasando del fin de la Gran Guerra, a los felices 20, para caer en la depresión del 29 y el desarrollo de los fascismos, el capitalismo sin control y el comunismo radical. Todo este periodo incluye las luchas de las mafias en medio mundo y la recuperación de la falta de trabajo, con la producción militar desencadenada y nos va llevando a los finales de los 30, con reuniones “pacifistas” de opereta (Munich) que llevaron al 1 de septiembre de 1939. El problema es que ahora la población es inmensamente mayor, los medios de comunicación inmediatos y mucho más manipulables y la capacidad de destrucción, enormemente incomprensible y tecnificada. La pregunta es ¿Se está dirigiendo esto? y de ser la respuesta positiva, como creo, ¿A quien beneficia y qué se pretende?. Temo opinar, por la total falta de libertad, directa o indirecta en todos los sistemas. Prueba de ello es que nadie más ha hecho comentarios sobre este artículo. ¿Tanto miedo hay?.

  • Excelente artículo. En la prensa actual es altamente difícil encontrar algo parecido, tan documentado como bien expuesto. Esta claro que “LA GRAN MADRE RUSIA” – por citar una opera de Chaikovski – no puede quedarse de manos cruzadas frente a tanto conspirador “occipital de recursos energéticos”.

    Muchas gracias Rafael Poch.

  • En relación a eso último que comentas de que no hay comentarios, no es por miedo, es más bien que este “cuaderno de Odesa” acaba de colgarlo el Poch hace una o dos horas como máximo.

    Del resto de tú comentario, (aunque aún no me he leído el artículo del Poch, ahora voy a ello), pues sí, estoy de acuerdo, más o menos. Lo de “comunismo radical” es redundante, pues cualquier comunismo que no vaya a la raíz de los problemas (de ahí “radical”), no es comunismo.

    En lo de si está dirigido, pues en parte sí en parte no, claro. El capitalismo actual tiene una dinámica propia, digamos. De ahí la necesidad de ir a la raíz del problema (el capitalismo) y no contentarse con cambiar a los conductores, sin despreciar esto último, claro. Y no digo más porque aún no he leído el artículo y a ver si me salgo del tema.

  • Gracias, Rafael, te felicito por tu excelente trabajo, ya que no quedan periodistas como tu, muy bien informados y hablando con rigor. Hay un mundo entre tu, y el resto de panfletarios que solo sueltan tópicos.

  • Sr. Poch: es Vd. un admirador, o un nostálgico, de la gran madre Rusia en anhelante espera de que alguien le dé un soplamocos a USA, y de paso a Occidente, inclusives Rajoy, Merkel, Cameron… Pierda toda esperanza. Por de pronto puede que Ucrania sea sólo el primer problema de una larga serie de problemas similares dentro de las propias fronteras rusas. Pero si Rusia quiere echarle un pulso a Occidente en el plano comercial y financiero apañados van. Claro que también pueden movilizar un ejército sin distintivos (delito gravísimo previsto en los convenios de Ginebra que conlleva el fusilamiento sumario sin necesidad de juicio) para aterrorizar a la población civil; al fin y al cabo llevan siglos haciéndolo con su propia gente.

    Perplejo aunque no tanto, ¿verdad?.
    Lo interesante de Rafael es precisament que nos da una versión que otros, la mayoria desconocen, por ello, es muy enriquecedor, si va amurado a babor da igual. A lo mejor es lo que gusta a sus lectores …no?.

    Respecto a que no nos alcanzará Rusia, tengo mis dudas, pues otro que parecia que nunca llegaria a asomar la cabeza ya ha despertago de su letargo, el Gran Dragón ya está en ello, muy rápido avanza, en parte ha sido nuestra perdición. Veremos que derrota encuentra Rusia y si será capaç de pasarnos por la proa.

  • Lo triste es ver como la Unión Europea y los medios de comunicación mayoritarios justifican un golpe de estado y dan alas a los fascistas, presentándolos como “luchadores de la libertad. Espero que Rafael Poch continúe unos días más en Ucrania, pero tengo mis dudas de que sea así.

  • El artículo del señor Poch me parece excelente y muy bien documentado y con un apreciable intento de informar imparcialmente, y no tomando partido, algo inusual en la prensa de este país. Pone al descubierto hechos que están siendo convenientemente ocultados, como la considerable presencia de neonazis en el nuevo gobierno ucraniano que ha relegado la posición del idioma ruso, o que los llamados francotiradores procedían de las filas de la oposición. Por otro lado, países como EEUU o Alemania consideran innegociable la integridad territorial ucraniana cuando no tuvieron ningún reparo en destrozar la unidad de Serbia. ¿A quién quieren engañar? Recomiendo a los que puedan, ver la cadena RT, puesto que ofrece una versión muy diferente a la que nos están contando. La solución para Ucrania podría ser una confederación, pero los políticos en el gobierno se niegan porque de esa manera no podrán seguir esquilmando las arcas públicas. Y Putin, tres cuartos de lo mismo. Interviene en Crimea, respetando el sentir mayoritario de la población. ¿Ya no nos acordamos de lo que hizo en Chechenia? También manifestar que Europa va a prestar dinero a Ucrania para esclavizarla, no para salvarla. Aquí sabemos mucho de eso.

  • Curiosament, o no, els cridats a files per Kíev no han respost a la crida ……. no volen aixecar-se en armes, temen per les seves famílies si ho fan, perquè ja no hi hauria marxa enrere, s’estan a la espera d’una solució política i no militar. Saben que si accepten tot s’enredarà encara més.

    Al final del desenllaç, el que sigui, hauries fer-nos un “llibret” per a la llibreria de paper, per als que ens agrada aquest suport.
    Cuida’t, seguim atents al que ens expliquis, mercès.

  • Moltes gracies, Rafael Poch. Ahir he descobrit el seu blog. Soc galleg i estic a Madrid, péro tot lo que tu escriures, jo ho pensó també. Que diferents els vents de Catalunya dels vents de Madrid. Demano disculpas per el meu catalá, fa molts anys que no ho parlo. Una gran abraçada a tot el poble catalá i tota la meba admiració i anim a Catalunya. Catalunya será lo que els catalans volan esser. I moltes gracias a tots els que participam en aquest blog, aquí jo em sent molt bé i pensó vendra tots els días…pero en Castellá, perque axis me expressaré més rapid i mellor. Avui solamente volia donar un reconeixementn als catalans i a tu mateix per els teus fantastics articles.

 

Leer más “Aniversario ucraniano (II): El cuaderno de Odesa”

Aniversario Ucraniano: I) El cuaderno de Kíev

(Del 19 al 24 de febrero de 2014)

 

Hace cinco años culminaba, aupada por una revuelta popular apoyada por la OTAN,  la operación occidental de cambio de régimen en Ucrania. Publicamos el relato periodistico de aquellas jornadas desde Kíev (I) y Odesa (II).

Tras casi tres meses de protesta en la plaza de Kíev (Maidán)
y después de doce años de no haber pisado esta entrañable tierra,
aterrizo en la capital de Ucrania el segundo día
con tiros y muertos. Desde Berlín el asunto se
veía así;
ahora se trata de contemplarlo de cerca y en caliente.
Este es el resultado

Miércoles 19 – Ucrania ha cruzado el límite de la sangre, algo que de por sí es una tragedia, porque desde la disolución de la URSS este país había demostrado una rara capacidad de resolver con pactos y consensos los pulsos y tensiones más agudos. 25 muertos, nueve de ellos policías, según los informes preliminares contienen una clara advertencia del potencial de violencia de esta enorme nación europea a la deriva entre dos imperios. Pero estos muertos no son desenlace de nada y más bien anuncian más muertos. Entre el aeropuerto y el centro la policía detiene a los camiones por si traen armas, pero el tráfico de coches es relativamente fluido. El taxista me pone a caldo a Viktor Yanukovich, el presidente del país.

Todo sigue abierto, la plaza sigue ahí en pie de guerra. En sus momentos más masivos ha congregado a unas 70.000 personas en esta ciudad de cuatro millones de habitantes. Entre ellos hay una minoría de varios miles, quizá cuatro o cinco mil, equipados con cascos, barras, escudos y bates para enfrentarse a la policía. Y dentro de ese colectivo hay un núcleo duro de quizás 1.000 o 1.500 personas puramente paramilitar, dispuestos a morir y matar lo que representa otra categoría.  Este núcleo duro ha hecho uso de armas de fuego.

Las barricadas formadas con sacos llenos de nieve de diciembre se han deshinchado tras el brusco descenso de las temperaturas registrado en las últimas horas.  Con la batalla de ayer, cuya responsabilidad  imputa cada bando al otro, el gobierno ha avanzado algunas posiciones en las calles que conducen a las sedes del poder (Parlamento, Consejo de ministros, ministerios, sede de la presidencia…) algunos edificios están desastradas por la ocupación, o calcinados.

Fuera de la zona de los enfrentamientos la situación es de normalidad, aunque el metro está cerrado y los accesos a la ciudad sometidos a control para evitar la llegada de los autobuses con ciudadanos, sobre todo del oeste del país, que quieren unirse a la revuelta. En algunas carreteras se ha visto a centenares de esos voluntarios caminando hacia Kíev después de que la policía los hiciera bajar de los autobuses.

En ese contexto, los ministros europeos no vienen a mediar –son parte en este conflicto- sino a presionar; Frank-Walter Steinmeier, Laurent Fabius y Radoslav Sikorski (Alemania, Francia y Polonia), junto con la errática jefa de la política exterior europea, Lady Ashton, le apretarán los tornillos a Yanukovich,  horas antes de que la UE examine su insensata propuesta de sancionar a los dirigentes ucranianos que no sirve más que para colocarlos contra las cuerdas y radicalizar sus decisiones. Esta mezcla de revuelta popular y de intento euro-atlántico de cambio de régimen a lo Milosevic,  es una insensatez que juega con fuego.

La jornada del martes en Kíev fue una especie de 4 de octubre de 1993 moscovita. Aquel día Boris Yeltsin aplastó a su oposición tras un golpe de estado presidencialista que dejó más de un centenar de muertos, con el apoyo y aplauso de Occidente. Aquello fue una tragedia y al mismo tiempo un desenlace: tras la masacre la situación se estabilizó con el nacimiento del nuevo régimen autocrático ruso, que hoy administra el denostado Vladimir Putin. El 18 de febrero de Kíev con sus 25 muertos no promete estabilidad, sino todo lo contrario: nuevas turbulencias y violencias. El motivo es la general debilidad, tanto del poder como de la oposición.

El presidente Yanukovich está muy desprestigiado, sobre todo por el deterioro socio-económico y la corrupción  que vive el país. Desde ese punto de vista no hay gran diferencia de fondo (sí de escala) entre el EuroMaidan y el 15-M o las huelgas generales griegas, de las que Bruselas abomina. Pero la oposición también es débil. Sus líderes, con el protegido de Merkel y boxeador Vitali Klichkó en primer lugar, son unos perfectos inútiles sin apenas control del movimiento popular, cuyo sector “radical” es una mezcla de ultraderechistas, gente valerosa y, probablemente, provocadores al servicio de poder y también del enigma. No tienen más programa que el “que se vaya Yanukovich”, cuyo programa, a su vez,  es mantenerse en el poder. Más allá del más que comprensible cabreo hacia el gobierno, ¿cuál es el programa social y económico? Arseni Yatseniuk, otro de los líderes de la oposición es un hombre que cree en las recetas del FMI, universalmente fallidas desde América Latina hasta Europa y Rinat Ajmedov, el hombre más rico de Ucrania (propietario del apartamento más caro de Londres: 155 millones de euros), y otros magnates apoyan de una u otra forma, por acción u omisión,  “la justa lucha ciudadana”. Hay que recordar que esta oposición ya estuvo en el poder, tras la “revolución naranja” del 2004 y que las cosas cambiaron muy poco. La deriva de Ucrania es un panorama de oligarcas y magnates al servicio de uno u otro imperio.

El país, como Rusia (y a otro nivel, la propia UE, por cierto), debe encontrar una vía no oligárquica de desarrollo sostenible. Si no lo hace hay un gran potencial de disgregación e incluso de guerra civil: este es un país bicéfalo que contiene dos civilizaciones, con diferentes religiones, identidades y lenguas. Ucrania necesita urgentemente una mediación bienintencionada, pero sus vecinos imperiales, el Imperio del Oeste, la UE, y el del Este, Rusia, son más problema que solución.

Al Oeste hay una torpe Alemania con ínfulas de liderazgo que está estrenando apenas su soberanía exterior. Horas antes de que en Kíev se escenificara la tragedia, Merkel recibía en Berlín el lunes a dos de los tres líderes de la oposición (el tercero es un antisemita ultraderechista que no es presentable). En lugar de desplegar un “soft power” benévolo y mediador, la UE baraja sanciones que solo servirán para arrinconar más al gobierno ucraniano (el siguiente paso nefasto sería amenazar con la siempre selectiva “justicia internacional).

Al Este, una Rusia que también presiona fuertemente porque ve en Ucrania una condición importante para su consolidación geopolítica, algo que Washington quiere impedir como sea. Pero así como Moscú está de acuerdo en solucionar el vínculo “comercial y económico” (lo que se llama la “integración”) en un foro tripartito, con los europeos y Ucrania (el gobierno de Kíev está por ello), Bruselas/Berlín no quieren hablar del tema. Es decir, todas las fuerzas exteriores actúan aquí negativamente, convirtiendo una situación difícil pero solucionable en un barril de pólvora.  En Kíev se necesita urgentemente un mediador.

Jueves 20 – ¿Representa el Maidán a toda la nación?. La respuesta es no.  ¿A toda la capital?, tampoco pero sí a una mayoría de su población. Hay mucha gente harta de la violencia.  La jornada de tregua de hoy ha comenzado con disparos de ambos bandos que han dado lugar a una carnicería con varias decenas de muertos. Francotiradores han matado desde los tejados tanto a activistas de la oposición como a policías. Se ha visto una veintena de cadáveres de civiles. Los informes que se recogen al pie de las barricadas son confusos. A primera hora gana la sensación de que el poder está al caer, porque los manifestantes han avanzado las posiciones perdidas el miércoles, pero la jornada concluye con  la sospecha de que una acción de fuerza de ese mismo poder tambaleante podría ser inminente. Entre una y otra percepción, varias docenas de muertos entre primera hora de la mañana y el mediodía. No hay mejor ilustración de la volatilidad de la situación y del polvorín en el que se ha convertido esta revuelta bendecida desde Occidente.

Converso con cuatro personajes de este drama en la esquina de la calle Institutska con Shokóvichna. Conforme me he ido acercando al epicentro de la batalla, disminuye el número de gente por la calle. A apenas diez minutos de aquí, el pulso de la ciudad fluye con completa normalidad, tráfico, comercios, peatones… Un detalle, los guardias de tráfico llevan fusil, por primera vez. Algo más abajo, varios miles de personas mantienen el frente en la plaza (Maidán). Maidán no es palabra eslava, sino turca. Recuerda que tres imperios se disputaron esta tierra históricamente; austro-húngaros, rusos y otomanos. Hoy el juego es entre dos, rusos y euro-atlánticos.

Desde que se cruzó la frontera de la sangre, hay mucha gente harta del desorden y  harta del presidente, unos por considerarlo un calzonazos que no ha puesto orden, otros por considerarlo encarnación de todo lo que se ha deteriorado en el país en los últimos años, la corrupción, el nepotismo, sus negocios familiares, toda una manera de funcionar. Pero por antipático que sea, este presidente no es Mobutu: fue elegido en 2010 en unas elecciones limpias (según la OSCE) cuyo mandato concluye antes de un año. ¿Vale la pena toda esta sangre y la tragedia que contiene, por echar a Yanukovich un año antes? Los líderes de la oposición, sostenidos por Estados Unidos y la UE, creen que sí. Moscú, que sostiene y al mismo tiempo maltrata a sus socios ucranianos y no confía en Yanukovich porque le chantajeó con una venta a Occidente, apuesta por el no. Respecto al Maidán, parece un objeto incontrolado en el que los más brutos mandan cada vez más sin que los líderes de la oposición puedan imponerse.

Marina, funcionaria de uno de los museos del barrio gubernamental es muy crítica con Yanukovich, pero aún más con la violencia. “Es una cuestión de principio, cuando se empieza a matar, se acaban las razones”, dice. Tatiana, que tiembla tanto por el frío como por la tensión quiere que la autoridad corte de una vez con esta anarquía. Su marido es policía, dice que han disparado contra ellos y que ya no se puede aguantar, aunque hay muchos más civiles que uniformados muertos. Slava, joven historiador votante de “Svoboda” un partido nacionalista con conexiones ultraderechistas, dice que todo se solucionaría si Yanukovich se fuera y se convocaran  elecciones anticipadas. Dice que no existe el peligro de que las regiones del Este y del Sur del país no aceptaran un nuevo poder y se abriera un proceso degenerativo para la integridad de este país bicéfalo, con identidades, religiones y lenguas diversas. Es el más optimista de los que encuentro y, desde luego, el más representativo, de la opinión de la buena gente que hay en la plaza.

En el país hay adversarios y partidarios del Maidán, la diferencia es que los segundos demuestran una “pasionarnost” (una pasión y una febril voluntad para realizarla) de la que los primeros carecen por completo. La gran mayoría de Ucrania que no quiere esto no se moviliza y contempla la situación desde la barrera. Las manifestaciones de apoyo al presidente que se han visto son asuntos de empresa organizados y subvencionados, una figura familiar y bien conocida en la ex URSS: Protestas sin alma.

Una conversación agradable y plural, la que mantengo con Tatiana, Marina, Slava y Viktor, éste último un veterano, si no fuera por su contexto. Bajo ruido de ráfagas de fuego real y junto a una barricada con camiones “Kamaz” completamente calcinados que han quedado fuera de la zona de combate. Detrás nuestro un Mercedes nuevo de trinca incendiado y más allá un grupo de ambulancias esperando intervenir en las muchas emergencias del día. Un agente de los cuerpos especiales explica que les han ametrallado desde la protesta. “Han matado a cincuenta de los nuestros”, dice, algo completamente exagerado pero que ilustra las ganas de la policía por cargar de una vez. El enfermero de la ambulancia confirma haber retirado a un herido de bala en la zona, pero no era policía, sino civil.

En Maidán y sus alrededores el adoquinado ha sido arrancado para aprovisionarse de proyectiles. Debajo aparece la tierra y el barro.  En el  vecino monasterio Mijailovski hay una especie de cuartel general que incluye una iglesia, la de San Juan Bautista, que ejerce de hospital de campaña. Un médico que sale a fumar explica que practican operaciones. Son las cuatro de la tarde y dice que le han traído diez heridos de bala, pero ningún muerto. Algunos heridos, cuya condición no es crítica, prefieren no ir a hospitales por miedo a que los fichen o cosas peores.  Después de casi tres meses de protesta, que desde el 19 de enero es muy violenta en respuesta a la también violenta carga policial de aquel día, el verdadero milagro es que no haya habido mucha más sangre.

A las cinco de la tarde me repongo en una cafetería, ya fuera de la “zona cero”. La camarera me dice que van a cerrar excepcionalmente. Esperan medidas de fuerza para esta noche. Le pregunto qué le parece la situación y me dice que “no se puede disparar contra la policía”. “La gente está harta de todo esto”, dice. El gran peligro es la general debilidad. También las soluciones de fuerza se pueden volver contra el gobierno. Este país es sustancia inflamable. La jornada que comienza con la idea de que cae el gobierno, se cierra con la sospecha de una inminente acción de fuerza.

–  Recapitulo: En el día de la tregua y del duelo por los muertos del martes, con las banderas a media asta en luto por las víctimas de las violencias de la víspera, es cuando más muertos se han registrado. Y cada vez hay más armas. La jornada empezó sobre las nueve de la mañana con una agresiva ofensiva de los grupos paramilitares de la plaza que rompió todo propósito de paz. “Los hemos echado hacia allá”, explicaba a medio día un activista de esa escena armado de casco y barra de hierro. Es verdad, los echaron, los arrollaron recuperando algunas de las posiciones y edificios perdidos en la jornada anterior. Por el camino tomaron más de sesenta policías “prisioneros”. La situación se hizo tan tensa que la sede del parlamento fue evacuada. Parecía que Maidán iba a tomar el poder. Entonces aparecieron los francotiradores.

El ministerio del Interior fue el primero en denunciar el hecho, diciendo que tiraban contra los policías. La oposición dijo que los baleados fueron ellos y un diario local ofreció un informe detallado cuya tesis era que los tiradores eran una docena de miembros de una unidad de élite con domicilio en la sede del consejo de ministros. El informe es una noticia en sí mismo, tanto si es cierta como si es una intoxicación, una “utka” como dicen aquí, que proviene de la cocina de los servicios secretos. Hay motivos para dudar de todo lo que se publica, y hay que observar los resultados: estamos sobre los 67 muertos, según cifras oficiales, entre ellos 13 policías desde el martes.

La policía, ahora sí, está recibiendo armas de combate. Hay muchos heridos de bala y los hospitales están llenos, dice la defensora del pueblo, Valeria Lutkovskaya. En trenes y vehículos se han confiscado alijos con destino a Kíev. Todos se acusan de todo. En círculos próximos al gobierno se constata que la plaza no quiere acuerdos, solo que se vaya el Presidente. En la plaza se acusa al Presidente, e incluso a Rusia, de estar detrás de los francotiradores. La plaza es un sujeto autónomo y sin aparentes problemas de dinero, se dice sugiriendo una fluida financiación, pero en el campo del gobierno hay brechas, diputados que se van del partido del presidente, y deserciones tan significativas como la del alcalde de Kíev. El poder está en el suelo y parece tan fácil tomarlo que nadie parece preguntarse por el siguiente paso: qué pasará después. Después de un hipotético cambio de gobierno, o después de un “restablecimiento del orden”.

Los tres ministros de la UE, Fabius, Steinmeier y Sikorski han mantenido consultas con el Presidente Yanukovich. Lo que debía durar hora y media, duró cinco horas e incluyó contactos con la oposición. Los ministros llegaron con una amenaza de sanciones en su cartera y se encontraron con decenas de muertos y con que el Presidente iba a declarar el estado de excepción. La reunión evolucionó en una dirección más constructiva. Una “hoja de ruta para salir de la crisis”, señalan fuentes diplomáticas occidentales. En el aire una propuesta de elecciones anticipadas este año que Yanukovich acepta, se dice. No todos están contentos con tal “concesión”. “Soy pesimista” (en el sentido de que Yanukovich no sea destronado para siempre jamás), nos dice el influyente eurodiputado alemán Elmar Broch, un halcón de la CDU de Merkel.

La UE no tiene plan ni programa. Lo único que ha hecho hasta el día de hoy ha sido pasear a más de veinte de sus políticos por  el Maidán en solidaridad con una protesta que en cualquiera de sus países habría dado lugar a un estado de excepción “antiterrorista” de tomo y lomo hace muchas semanas. Desde que en 2008 se ideó el esquema para arrebatarle a Moscú nuevas influencias en la región, la UE actúa en el Este como un imperio. El acuerdo de integración ofrecido es, manifiestamente, una antesala para el ingreso del país en la OTAN. La UE actúa como un imperio ineficaz y torpe. Su credibilidad mediadora vale poco. Carl Bild, el ministro sueco neocón que está en el origen del plan de “integración” y que dice que el presidente ucraniano es el único responsable de todo lo que ha pasado aquí, fue acusado ayer por un conocido intelectual progubernamental de “tener las manos manchadas de sangre ucraniana”.  Moscú, que ha enviado a uno de sus diplomáticos más capaces, el defensor del pueblo Vladimir Lukín, tampoco tiene credibilidad. No se trata tanto de Rusia (aunque en el Oeste de Ucrania también se trata de eso por claras razones históricas), sino de su régimen, del carácter siempre “sumergido” y elitario de las relaciones que el Kremlin mantiene con los políticos ucranianos. Hace falta una figura independiente y con autoridad que reúna a todas las partes y detenga esta peligrosa espiral de violencia.

Una diplomacia desmarcada del “o todo, o nada” (la practicada hasta ahora con enorme torpeza e irresponsabilidad  por el eje Bruselas/Berlín/Varsovia,  sobre un agresivo  guión más americano que europeo) y que integrara a Rusia, contribuiría a disminuir muchas tensiones.  Ucrania es un país clave para Rusia, en gran parte forma parte de la Rusia histórica, que nació en Kíev en el siglo IX, y el intento de hacerla elegir entre uno y otro imperio contiene serios riesgos de violencia y desintegración territorial, por la sencilla razón de que la mayoría de los ucranianos se sienten vinculados a Rusia, algo que está mucho más allá de la política. Ignorar ese dato es criminal.  Mientras en Moscú hay plena conciencia de ese factor, en Bruselas y Berlín se prefiere jugar a la ruleta rusa con el espectro de una nueva Yugoslavia.

Viernes 21 – El poder se descompone en Ucrania, donde se está incubando desde hace semanas el conflicto Este/Oeste más grave y peligroso desde el fin de la guerra fría.  La Unión Europea ha forzado un frágil acuerdo nacional que supone la capitulación del Presidente Yanukovich, que en noviembre se negó a firmar un acuerdo de integración en la órbita de Berlín y Bruselas.  Esta capitulación tiene como única virtud la de que, por lo menos, dibuja un respiro en la trágica espiral de violencia de los últimos días: Por primera vez desde el martes, hoy no ha habido muertos en Kiev.

Arbitrado por los tres ministros de exteriores de Alemania, Francia y Polonia, el acuerdo contempla el regreso a la constitución de 2004, medida que el Parlamento aprobó inmediatamente casi por unanimidad y que significa una importante reducción de los poderes del presidente, así como el compromiso de formar en un plazo de diez días un “gobierno de unidad nacional” en el que dominarán las fuerzas pro-occidentales. Para antes de septiembre se completará una reforma constitucional y no más tarde de diciembre deberán celebrarse elecciones presidenciales.

El Presidente, que contaba con el apoyo de Moscú, y sus adversarios, los tres líderes de la oposición apadrinados por la Unión Europea y Estados Unidos, apelan a acabar con la violencia, exigen una “entrega de armas” en 24 horas y se comprometen a investigar las violencias de los últimos días en los que han muerto unas setenta personas, incluidos trece policías. Una amnistía entrará en vigor, pero solo hasta hechos anteriores a esas muertes. No habrá estado de excepción.

Paralelamente, en una serie de votaciones meteóricas, el Parlamento destituyó al ministro del interior, Vitali Zajarchenko, “por violación de la Constitución con el resultado de muerte de personas”.

El acuerdo no ha sido rubricado por el diplomático enviado por Moscú, Vladimir Lukín, un especialista en firmar derrotas. En 1996 Lukín participó en la firma de la paz de Jasavyurt, que puso fin a la primera guerra chechena con un acuerdo que humilló a Rusia y abrió la puerta a la segunda guerra en el Cáucaso del Norte. Lukín hizo ayer una declaración errática, calificando el acuerdo ucraniano de “incompleto pero útil”. En realidad es una derrota de la pésima política de Moscú en esta jugada que afecta a su entorno geopolítico más delicado y vital.

La capitulación de Yanukovich, que ayer parecía preparar  un más que incierto estado de excepción, ha sido resultado de la doble pinza entre la calle y las potencias occidentales. Amenazado con sanciones por los ministros europeos, el presidente pudo recibir ciertas garantías de que no se le aplicará la habitual segunda vuelta de tuerca contra los adversarios de Occidente más reticentes: la persecución penal a cargo de los selectivos “tribunales internacionales”.

La intervención, el jueves, de misteriosos francotiradores que tirotearon a la gente en el centro de la ciudad, uno de los habituales capítulos de la serie negra que suele acompañar este tipo de crisis extremas, es una espada de Damocles para Yanukovich. En Rumanía aún se discute quienes eran y por encargo de quien actuaban los francotiradores que hace más de veinte años mataron a la gente en Bucarest durante el derrocamiento de Nicolae Ceaucescu. Algo parecido pasa en Moscú a propósito de los tiroteos de manifestantes durante el golpe de Estado de Boris Yeltsin de octubre de 1993. En Kíev ese mismo misterio se pretende haber resuelto en pocas horas y hasta se presentan fotos y grabaciones. Habrá que ver…

Ucrania, un país que, a diferencia de vecinos como Bielorrusia y Rusia, se caracterizaba por su capacidad de consenso y equilibrio, y por haber evitado siempre la violencia, ha entrado en una nueva etapa. El acuerdo de ayer no es punto final. Su fragilidad estriba en que por un lado las autoridades, “han perdido el control del país”, en palabras del ex vice jefe de la seguridad del Estado, Aleksandr Skipalki, y que por el otro los líderes de la oposición han perdido el control de la revuelta popular. Cuando esos líderes anunciaron ayer tarde el acuerdo en la plaza central de Kiev, fueron silbados y abucheados y con suerte tienen detrás suyo a la tercera parte de la población de Ucrania. Miembros del grupo fascistoide “Pravy Sektor” irrumpieron en el escenario cuando esos líderes explicaron el acuerdo alcanzado. La plaza pide la destitución inmediata del Presidente y su castigo. “No es por venganza, sino por justicia”, nos dijo un activista en la plaza. Muchos creen que el acuerdo es una traición a los muertos de los últimos días. En cualquier caso, el cambio de figuras ya ha comenzado.

Es la hora de gente como la ex primera ministra, Yulia Timoshenko, encarcelada por corrupción, millonaria y líder del partido que más apoyos encuentra en Washington y en Europa. El parlamento abrió ayer la puerta de su celda por el procedimiento de anular los artículos que contemplan su delito. Ahora solo falta una decisión judicial para sacarla de la cárcel, explicó su abogado, Sergei Vlasenko.

Otra figura en alza es la del magnate Piotr Paroshenko, el quinto hombre más rico de Ucrania. Paroshenko patrocinó la “revolución naranja” que llevó al poder a Timoshenko, fue ministro de exteriores en 2009 y abogó por un ingreso de Ucrania en la OTAN “en uno o dos años”. “Con voluntad política, es posible”, dice. Propietario del quinto canal de televisión, uno de los muchos medios de descarada propaganda en sintonía con el Imperio del Oeste (ofrece informativos preparados por La Voz de América, mientras la televisión rusa –muy vista en el Este y el Sur hace lo mismo pero con signo contrario), Paroshenko mantuvo conversaciones el pasado enero con el estado mayor euroatlántico en la Conferencia de Seguridad de Munich, máximo cónclave anual del complejo político-militar occidental.

En varias regiones las guarniciones militares han llegado a acuerdos con la población local para que ésta impida cualquier movimiento de tropas bloqueando trenes, como pasó en  ayer en Dniepropetrovsk. El aparato de Estado está descompuesto. Hay sedes del gobierno ocupadas y asaltadas en Jmelnitski, Uzhgorod, Ternopol, Ivano-frankovsk y Lvov. Se han asaltado depósitos de armas y unidades policiales se han pasado al bando de enfrente. Policías de Lvov llegaron ayer tarde de por libre a la plaza de Kíev. El pacto de ayer ha sido un bendito respiro para detener la masacre, pero el futuro inmediato es una incógnita. Respecto a su contexto más amplio, es inequívoco: aquí se está incubando el conflicto europeo más grave y peligroso desde el fin de la guerra fría. Confundirlo con una película de Hollywood de buenos y malos es perder de vista lo esencial.

– La victoria del  Narod.Maidán huele el principio de la capitulación de su adversario. Hoy ha hecho sol en Kíev. En la plaza la jornada olía al principio de la capitulación del adversario: el gobierno y su presidente.  El sujeto de Maidán es el pueblo, narod en ucraniano. En ruso pueblo también se dice narod, pero el término contiene caracteres y rasgos de una cultura política indudablemente emparentada pero muy diferente de la rusa. No hay contradicción. Ocurre en las familias, donde hermanos físicamente parecidos pueden presentar caracteres muy diferentes. “Parece mentira que sean hermanos”, se dice.

Mientras los héroes de la historia secular rusa son zares, generales y políticos, gente de Estado e Imperio, como Pedro el Grande, Catalina II o el general Kutúzov, en Ucrania aparecen personajes de una épica completamente diferente; atamanes cosacos, hombres libres “republicanos” cargados de ideales y actitudes libertarias, vinculados a la lucha por una vida libre en proto-estados y territorios de los límites de una estepa infinita (Ucrania significa, precisamente, algo así como “en el límite”, “junto a la frontera”) y en quijotesca lucha contra adversarios mucho más poderosos. Figuras  como el Cosaco Mamai, que luchó contra la Orda de Oro en el siglo XIV, Bogdan Jmelnitski, caudillo enfrentado sucesivamente a turcos, polacos y rusos.

En la Galería Tetriakov de Moscú hay un cuadro del gran pintor ruso Iliá Repin, “Los cosacos de Zaporozhia escriben al Sultán”, se titula, que expresa ese desafío libertario al poder instituido, lleno de desparpajo y fraternidad. No es historia, es presente. En Maidán, en medio de esa enorme expresión de autoorganización y autonomía social,  se ven carteles con la figura del Cosaco Mamai, retratos de Jmelnitski y hasta un grupo de tipos rapados al cero y con coletas ataviados al uso cosaco del siglo XVII que son el vivo retrato de los personajes del cuadro de Repin.

Hoy es el día del merecido homenaje a este narod, a todo él con sus diversos rostros, actitudes y posiciones políticas; la estudiante ingenua, el ama de casa madura, el paramilitar de extrema derecha, el señor normal y corriente del montón harto de un sistema degradado e injusto. Ha hablado con decenas de ellos. ¿Cómo resumir sus opiniones, sus historias personales, sus esperanzas? Si hubiera que establecer algún denominador común, sin duda sería el de cierto sentido de la dignidad.

Durante tres meses, decenas de miles de ciudadanos han dicho “basta” y han aguantado el tipo aquí, demostrando una voluntad y un tesón ejemplar.  Los brutos de diversa ideología, con predominio del nacionalismo ultra, que aportan el músculo a la revuelta popular no son particularmente simpáticos, pero sin ellos el Maidán, simplemente, no habría sido posible,  porque habría sido barrida por la policía en diez minutos. Estos grupos han ejercido una tremenda e ilegal violencia (entre los 70 muertos de los últimos días hay 13 policías, dato central que no puede perderse de vista), que en cualquier país europeo habría sido inmediatamente declarada “terrorista” y aplastada. Europa y América han bendecido, financiado y teledirigido todo esto, que no comenzó el pasado noviembre, sino hace más de veinte años con la disolución de la URSS. Desde entonces Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5.000 millones de dólares  en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compras de lealtades, explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EE.UU. Victoria Nuland.

Todo eso, que es fundamental para comprender lo que pasa aquí, apenas cambia la esencia del impulso ético de este narod contra la corrupción, la injusticia y la oligarquía, perfectamente equiparable a la de los movimientos sociales del resto de la Europa en crisis. Este narod, sus brigadas de choque, han disparado, matado e incendiado. Tal es la legitimidad de las revueltas y revoluciones populares. Nadie está vacunado contra esto en el resto de Europa. La violencia no es una figura del pasado, es la fiebre de las luchas de la historia.

Ucrania no está saliendo de una crisis, está entrando en ella. El resultado de esta mezcla de revuelta popular y golpe de Estado es incierto y dibuja enormes peligros. Al final, como ya sucedió en la última “revolución naranja” de 2004, todo puede acabar en un mero cambio de figuras oligárquicas; las que se orientan a Moscú son relevadas por las que lo hacen hacia la OTAN.

“En cualquier caso, los oligarcas que tomen el relevo, tendrán que temer al narod, replica Olga una jurista con casco de sanitario, la única oriunda de Kíev de todo un corro de defensores de la plaza dominado por “Galichany” de Ucrania Occidental. Suena bien, pero si la próxima vez el narod se levanta y en lugar de padrinos exteriores tiene adversarios en Europa y en la OTAN,  será aplastado  en nombre de la  “defensa de la democracia”. Ocurrió en Moscú en octubre de 1993, con más de un centenar de muertos.

Sábado 22- Asoma el cisma de Ucrania. Kíev destituye al Presidente con el que se acababa de pactar bajo presión europea, cambia la Constitución  y convoca elecciones. El Presidente habla de “golpe de estado nazi” desde el Este del país, donde se reúne un congreso alternativo de adversarios del cambio. “Me han presionado, pero no pienso dimitir”, dice Yanukovich. En el país asoma el fantasma de un doble poder con diversos centros y legitimidades enfrentadas que todos dicen querer evitar.

En Járkov, la segunda ciudad de Ucrania, en el Este, 3.477 diputados de todos los niveles de la Ucrania más rusófila han declarado ilegítimas las decisiones de Kíev, adoptadas, dicen, “en condiciones de terror, amenazas, violencia y muerte”. El espíritu conciliador del acuerdo de capitulación de Yanukovich,  firmado el viernes por gobierno y oposición, y garantizado por la Unión Europea -pero no por Rusia que eludió firmarlo- se ha convertido en papel mojado en menos de 24 horas.

La asamblea de diputados de Jarkov  ha llamado a los ciudadanos a que se organicen para resistir al cambio de régimen de Kíev y “cooperen con las fuerzas del orden locales”. A la reunión de Jarkov asistieron observadores de la Duma de Rusia así como varios gobernadores de regiones rusas limítrofes, que se mostraron discretos y contenidos. Varios observadores consultados en Kíev y Moscú no excluyen en absoluto que esta situación se pudra y degenere en violencias.

Tanto la sesión de Kíev como la de Jarkov, comenzaron con declaraciones de ambos bandos alertando contra la división del país, una figura familiar y dramática  en la historia de Ucrania, cuyas guerras civiles siempre tuvieron diversas capitales enfrentadas. Todos parecen ser conscientes de la peligrosidad de la situación y de lo que está en juego: la integridad territorial del país. Tanto en Moscú como en Washington los “expertos” hacen quiméricas quinielas con propuestas de “federalización” de Ucrania, que separen a quienes quieren vivir mirando hacia el Este de los que prefieren mirar al Oeste, sin que se sepa muy bien por donde debería discurrir la línea geográfica divisoria. Tanto en el Este de Ucrania como en el Oeste, hay importantes minorías de partidarios y adversarios del cambio efectuado. Esas minorías se activarían inmediatamente en caso de “federalización”. Estoy pensando en los tártaros de Crimea (furibundos adversarios de Rusia) en el Este, o en los rutenos que forman parte de la Galitzia, en el Este, pero hay muchos más.

En Kíev las brigadas paramilitares de la revuelta, con un gran componente de partidos de extrema derecha, han tomado el control del barrio gubernamental donde se encuentran las sedes del parlamento, del gobierno y de la presidencia. Los policías han desaparecido por completo del centro de la ciudad, donde por segundo día consecutivo no se ha derramado sangre, aunque sí hubo intentos de linchamiento de diputados adversarios. El presidente Yanukovich ha huido de Kíev.

En manos de la oposición y en ausencia de muchos diputados del antiguo partido gubernamental, el parlamento cambió sus fichas después de cambiar de constitución; nombró como presidente de la cámara a Aleksandr Túrchikov, mano derecha de la ex primera ministra Yulia Timoshenko, y como nuevo ministro del Interior a Arsen Avakov, también miembro del partido de Timoshenko, Batkivshina.  A continuación se aprobaron en batería la destitución de Yanukovich (“autodestituido por sus formas anticonstitucionales”, se dice), la convocatoria de elecciones para el 25 de mayo y la puesta en libertad de Timoshenko, que salió del hospital penitenciario de Jarkov en silla de ruedas por la tarde y llegó a Kíeven avión privado a las 19,30.

Apoyada por Estados Unidos y la Unión Europea, Timoshenko fue encarcelada por corrupción en agosto de 2011 y condenada a siete años de cárcel, después de perder unas elecciones limpias contra Yanukovich en el conjunto del país, pero ganarlas en Kíev y muchas regiones del centro y Oeste del país.

Insisto: El movimiento que acaba de tomar el poder representa solo a una parte del país. Faltaba solo un año para que Yanukovich concluyera su mandato, pero la degradación económica del país, el escandaloso exceso de corrupción y nepotismo, el inesperado y mal explicado rechazo de un económicamente catastrófico acuerdo de integración con la Unión Europea y el decidido apoyo político internacional de Berlín, Washington y Bruselas, que vieron en la coyuntura una posibilidad de cambio de régimen para instalar en Kíev un gobierno a su medida, azuzaron el movimiento popular de noviembre, que se fue radicalizando y haciendo cada vez más violento conforme el poder titubeaba entre la represión y las concesiones, ofreciendo una desastrosa  imagen de debilidad. El episodio de los francotiradores ha sido decisivo.

La violencia de esta semana, iniciada pocas horas después de que la canciller Angela Merkel recibiera en Berlín a los líderes de la oposición, reiteradamente bendecidos por el establishment  político-militar euroatlántico al completo en la reciente Conferencia de Seguridad de Munich, supone una trágica frontera para Ucrania, donde el consenso siempre había hasta ahora superado sin sangre todas las desavenencias políticas de este país de civilización bicéfala y obligado por su propia identidad a mantener complicados equilibrios entre Rusia y Occidente. Que este cuadro, con la inquietante perspectiva que contiene,  fuera definido hoy como “momento histórico” y “situación fluida” por el alemán Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo, dice mucho sobre la actual política europea.

Yulia Timoshenko, que ya anuncia su candidatura a las presidenciales convocadas para mayo, pronunció su primer discurso en libertad al filo de las nueve y media de la noche ante varias decenas de miles de personas en la gran plaza de Kiev. “Nuestros héroes no han muerto”, dijo sentada en una silla de ruedas y anunciando que se levantará un monumento a su memoria. “Lloré y recé por vosotros”, dijo en un tono apasionado, pero no suscitó el menor entusiasmo en la masa. Consciente de que el movimiento se niega a abandonar la plaza, dijo, “no abandonéis éste lugar, vosotros sois la garantía de que se cumpla lo acordado”. “Con vuestro valor, sangre y heroísmo, os habéis ganado el derecho a gobernar Ucrania”, añadió.

La ex primera ministro prometió que se castigará a los responsables de las violencias “con todo el rigor de la ley y en un juicio severo”. “Por otro lado”, añadió, “no podemos vivir con odio y agresividad en el corazón. Necesitamos curar las heridas y encontrar el coraje, el amor y la responsabilidad para restablecer el país y devolver a la gente la paz y la tranquilidad”.

-Judíos asustados. El festival de grupos de extrema derecha violentos de la plaza asusta a la comunidad judía de Kíev. Moshe Reuven Azman, uno de los rabinos de Ucrania, ha aconsejado a la comunidad judía local a abandonar la capital e incluso el país. “No quiero tentar al destino”. Citado por la prensa de Israel. Desde Berlín me dicen que los medios germanos han pasado sobre este informe con gran discreción. Sin relacionarlo con nada. Ucrania fue uno de los principales escenarios del escenario del holocausto hitleriano.

– ¿Por qué Rusia pierde siempre?. La batalla por Ucrania viene de lejos. En su último capítulo histórico comenzó en el mismo momento en el que se disolvió la URSS, en 1991. Más de dos décadas después, aquellas fracturas tectónicas aún se están asentando. En ese periodo, en el espacio potsoviético ha habido guerras, convulsiones y revoluciones coloreadas en las que, en mayor o menor medida, se han vivido pulsos entre Occidente y Rusia. En el Báltico, en Asia Central y en Transcaucasia, Moscú ha ido perdiendo posiciones, una tras otra. Sus “victorias”, en Abjazia y Osetia del Sur, por ejemplo, han sido defensivas. Preservar algunos jirones ¿Por qué pierde siempre Rusia?

La pregunta es pertinente ahora, cuando lo que se dibuja en el firmamento es una derrota que marca una línea roja decisiva e inadmisible para Moscú: correr la frontera de la OTAN hasta territorio ruso.

Más allá del propósito general de echar al adversario de sus patios y ampliar su propio corral, la política occidental no tiene calidad ni  visión. Hay en ella mucha chapuza y aún más irresponsabilidad, pero entonces, ¿por qué gana?  No es la agresividad occidental, sino la debilidad rusa la que explica la situación. Y la clave de esa debilidad reside en el propio sistema ruso de poder.

Mantener unas buenas relaciones con las ex repúblicas de la URSS era, y es, la gran prioridad de Moscú pero no funciona. Con algunas no es fácil por “razones históricas”, podría decirse -el caso de las repúblicas bálticas. Con otras  se podrían mencionar “diferencias culturales”, el caso de los países de Asia Central, pero ¿cómo explicar los continuos malentendidos y recelos del Kremlin con bielorrusos y ucranianos? El poder autocrático ruso, el samovlastie, aunque sea mucho más suave que el de los zares o el de la URSS, es incapaz de desarrollar relaciones de confianza incluso con aquellos de sus vecinos más directamente emparentados con quienes comparte historia, cultura y destino común. El caso de Ucrania es ejemplar.

La gran mayoría de los ucranianos se sienten próximos a Rusia por ese parentesco, pero el poder ruso no interactúa con las sociedades sino con grupos locales elitarios. Moscú no ofrece un modelo amable y atractivo a sus hermanos. El Kremlin no reconoce la autonomía social y ni siquiera la entiende. Sin eso no hay acción social ni intervención política posible en una sociedad moderna. Los interlocutores de Rusia en Ucrania son un puñado de magnates. Sus partidos, el “Partido de las Regiones” de Yanukovich, por ejemplo, son infraestructuras artificiales sin alma construidas desde arriba. Los anhelos e intereses de la  clara mayoría de la sociedad ucraniana vinculada hacia Rusia y que tiende hacia ella, apenas aparecen en el radar del Kremlin. Eso explica que esa mayoría pueda ser ninguneada y arrollada tan fácilmente por una minoría cargada de “pasionarnost” y mucho más organizada que tiene sus bastiones en el Oeste del país.

También en el bando ucraniano más nacionalista y pro Otan  hay magnates corruptos, pero a diferencia del Kremlin, esos magnates y los padrinos euroatlánticos que los sostienen interactúan con la sociedad. Su propaganda y su acción política es mucho más dinámica y eficaz. Y venden un “sueño europeo”. ¿Cuál es el sueño del Kremlin? Sin reconocer y entender la autonomía social, Moscú está condenado a perder siempre.

Esa es la gran debilidad del poder ruso y actúa también de puertas adentro. Cuidado con Rusia porque comienza a lanzar señales de Maidán. Algún día habrá una revuelta social en Rusia en la que la ciudadanía exigirá otro tipo de relaciones, otro tipo de sistema socio-económico y otro tipo de poder, y el Kremlin no sabrá qué hacer porque  no entenderá nada:  un poder ciego y anticuado, casi patrimonial en sus relaciones internas, no sabrá cómo reaccionar. Solo la sociedad rusa puede cambiar eso. Esperemos que pacíficamente.

Domingo 23-  En la Laura de Kíev. El movimiento de la Plaza de la Independencia de Kíev, el Maidán, tiene un gran apoyo popular en la capital ucraniana de cuatro millones de habitantes. La gente de la plaza y diversos expertos dicen que el movimiento cuenta con un apoyo de hasta el 70% en la ciudad. Lejos de la plaza la temperatura de ese apoyo baja manifiestamente en el termómetro popular. Frente a las opiniones del Maidán, las de la gente que circula este domingo por la  Laura de Kíev, uno de los lugares santos de la religión ortodoxa, son mucho más matizadas. Tampoco representan al conjunto de la ciudad, de la misma forma en que Kíev no representa al conjunto de Ucrania, pero dan una idea de una realidad mucho más compleja, matizada y diversa de lo que se sugiere.  Declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el monasterio se adscribe al Patriarcado de Moscú. Es muy significativo que incluso aquí se recojan opiniones favorables al movimiento, aunque no sean mayoritarias.

Todo empezó en este lugar, sobre este meandro del Dniepr, en el siglo IX. La Rus de Kíev fue el primer estado ruso, patrimonio común de rusos, bielorrusos y ucranianos. Históricamente Rusia comenzó en Ucrania. Abordamos a la gente; opinión sobre el Maidán, responsabilidades por la sangre derramada y expectativas:

(Igor, unos 45 años. No declara profesión)
“Estoy en contra del Maidán pero (el presidente) Yanukovich ha sido el responsable de permitir que la situación llegara a estos extremos. Detrás de todo esto están los magnates. Hay que unir a todos los eslavos porque de lo contrario se derramará aún más sangre y los resultados serán nefastos. Rusos, bielorrusos y ucranianos  somos pueblos hermanos y eso está muy por encima de la política. No se trata de Putin y Lukashenko, se trata del pueblo, de todo lo que nos une por los siglos.
“Me asombra la actitud de los políticos occidentales. Apoyaron a gente criminal como (el presidente georgiano) Shakashvili que bombardeó con sistemas de artillería en salvas a la población civil de Tsjinvali (Osetia del Sur) sin decir ni pío. Con Timoshenko no cambiará nada, es la peor posibilidad, los magnates de siempre vuelven a repartirse el poder. El pueblo no tendrá nada qué ver. Se cambia unos magnates por otros. Estoy por el renacimiento nacional de Ucrania y por su unidad, pero las tendencias de las regiones del Oeste son muy peligrosas, un nacionalismo de tipo fascista”.

(Larisa, pedagoga unos 35 años)
“Apoyo el Maidán, pero lo que ha pasado ha sido muy malo. Ha muerto gente. El pueblo necesita paz y tranquilidad. ¿Quién es responsable de las muertes? Todos son culpables. Vemos el futuro con pesimismo, porque no hay unidad, todos se acusan entre sí. Ayer hubo jornada de duelo, rezamos porque Dios nos dé buenos dirigentes que se ocupen de la población. Nadie quiere una guerra”.

(Gregori y Tatiana, madre e hijo, ella contable, él masajista)
“Estamos en contra del Maidán, por eso hemos venido hoy a rezar”, dice la madre. ¿Quién tiene la culpa?, “Occidente, especialmente América”, dice el hijo. “Y la Unión Europea”, añade la madre.  El futuro: “hay un mandamiento bíblico que dice que no matarás a tu hermano”. “El país se va a dividir”.

(Valentina y Sergei, jubilados)
“Naturalmente que estamos a favor del Maidán.  Hace tiempo que había que hacer algo. El responsable por el derramamiento de sangre es aquel que tenía posibilidades e instrumentos para evitarlo: el gobierno corrupto. ¿Hacia donde va el país?, esperemos que a Europa, dice ella. “Hacia un mayor estado de derecho,  por lo menos hay una gran esperanza en que se vaya hacia algo mejor”, dice él.

(Pareja joven, Vladimir y Vika. Él profesor de educación física, ella esteticien)
“La valoración es ambigua. En Maidán hay cosas positivas y negativas. La violencia ha sido muy negativa y los responsables por el derramamiento de sangre no están claros. ¿Quién está detrás de los francotiradores? Es algo sobre lo que no hay manera de aclararse. La división del país sería un desastre, esperemos que se evite”.

(Aleksandr, paleta, unos 25 años)
“Estoy a favor del Maidán, pero no necesitamos ninguna Europa, ni tampoco a Rusia; nosotros solos. Los culpables de la violencia son quienes estaban detrás de ella. Nadie lo sabe con exactitud, pero  el pueblo lo aclarará.”

– Peregrinaje dominical a Mezhigorie, residencia del presidente huido de Ucrania en los alrededores de Kíev. La víspera, la televisión del magnate atlantista Piotr Paroshenko (su nombre suena como primer ministro) ha mostrado imágenes de la casa. Se busca una narrativa a la Ceaucescu, pero no se ha encontrado ni el retrete de oro de este dictador que ganó en 2010 unas elecciones limpias cuando era el político más popular del país, ni el armario de los zapatos de Imelda Marcos.

La casa no tiene nada de particular más allá del habitual mal gusto de los nuevos ricos de Eurasia; mucho dorado de Valencia, unas jaulas con animales en el recinto, estanques, una botella de champagne (ni siquiera francés) en el mueble bar de la sala de sesiones y otras banalidades. El lugar ni siquiera era propiedad de Yanukovich. Forma parte del patrimonio del Estado y el Presidente, que es un millonario, se lo acondicionó. Pero las imágenes de la tele son demoledoras: esta riqueza habla de un desenfreno choricero para el que no hay pan ni en el granero de Europa que es Ucrania. Lo poco que le podía quedar de prestigio a Yanukovich tras las violencias de esta semana se ha ido definitivamente al garete con estas imágenes. La noticia de que el recinto estaba abierto ha excitado el morbo popular: la gente ha venido de excursión en masa a fisgar desde la capital y provincias. En los accesos al lugar se forman enormes atascos de tráfico.

La obligada escenificación mediática de estas ambiguas revoluciones tampoco fue redonda anteanoche en la plaza. En lugar de a un Nelson Mandela la “revolución” ucraniana tiene a…Yulia Timoshenko en silla de ruedas (¿la necesita, o es comedia?) y con trenzas. Timoshenko llegó en avión privado desde  el hospital penitenciario de Jarkov en el que estaba encerrada por corrupción. Justo para el telediario. Su presencia y su discurso atraen a unas 50.000 personas, pero en la plaza no hay ni rastro de pasión. No es aclamada. En su entorno y en su partido, ya hay claros codazos de rivalidad. Viene de dos años de cárcel pero ya gobernó este país. Y la gente se acuerda. Timoshenko quiere entrar en la OTAN y se lleva bien con Putin, interesante combinación. Al día siguiente, junto al edificio del Parlamento, se organiza un piquete de protesta con carteles, con las fotos de Timoshenko y su adversario, el presidente huido, unidas por el signo de igual y unas flechas que ilustran el intercambio de figuras. “La gente no ha muerto por esto”. “Transparencia”, se pide. La escenificación habitual de una revolución diáfana ha pinchado manifiestamente en Ucrania.

–  En Crimea algunos incidentes menores junto al ayuntamiento de Kerch, con colocación de la bandera rusa en el ayuntamiento. Más de 20.000 manifestantes anti Maidán en un mitin en Sebastopol, ciudad de todas las glorias militares rusas que forma parte de Crimea y por extensión de Ucrania. Luto en el entierro de dos de los muchos policías que han muerto a tiros en Kíev. Gran manifestación en Odesa (varias decenas de miles) al grito de “Odesa, ciudad heroica” (por su resistencia contra los nazis) y “El fascismo no pasará”.

La península “forma parte de las regiones del país que no están de acuerdo con lo ocurrido en la capital y que contienen un conflicto que puede llegar a ser muy peligroso”, me dice Ievgen Kurmashov, uno de los expertos del Instituto Gorshenin de Kiev. En la península conquistada por Catalina II al turco que Nikita Jrushov regaló caprichosamente a Ucrania en los años sesenta, el “escenario de Abjazia” (Georgia) es posible, dice Kurmashov: las autoridades locales piden a Rusia que anexione el territorio. “No hace falta ni una intervención militar: la flota rusa del Mar Negro ya está allá (en régimen de alquiler)”, señala el experto. En el peor escenario, una escisión del ejército ucraniano sería catastrófica, “la decisión sobre a qué bando apoyar recaería sobre los mandos locales, lo que podría crear una situación peligrosísima”, dice Kurmashov que está francamente alarmado.

– Revancha contra la lengua rusa. El parlamento ucraniano anula la ley que regula la cooficialidad de la lengua rusa, vigente desde hace dos años en la mitad oriental del país y que fue clave en la victoria electoral del huido y depuesto presidente saliente, Viktor Yanukovich, en las elecciones de 2010. La decisión, sumamente desestabilizadora, afecta a los derechos básicos de millones de ucranianos de habla rusa, y contribuirá a los preocupantes procesos de cisma y división que los cambios políticos han abierto en el país.

El 26,6% de los más de 45 millones de ucranianos declaran el ruso como lengua materna en el último censo disponible. En zonas históricamente rusas y de gran población rusa ese porcentaje es mayoritario, por encima del 60% en Crimea. Ucrania contiene además minorías que hablan otras 17 lenguas, entre ellas las más importantes el rumano y el húngaro.

La ley que se ha  derogado permitió a los gobiernos locales y regionales dar estatuto de cooficialidad a todas esas lenguas allí donde fueran usadas por más del 10% de la población. Había entrado en vigor en agosto de 2012 y desde entonces ha sido aplicada con gran éxito a favor de la lengua rusa en cinco regiones y nueve grandes ciudades del país, y en otras ciudades y localidades en beneficio del rumano (moldavo) y el magiar. Ha sido anulada por 232 votos sobre los 334 diputados registrados en la sesión, es decir por un margen mucho menos mayoritario que las otras decisiones votadas en la cámara al amparo del cambio político que ha desarbolado al Partido de las Regiones, que era el más numeroso de la cámara y representaba mayoritariamente a la mayoría ucraniana más vinculada a Rusia. La Casa Blanca aplaudió ayer  el “trabajo constructivo” del nuevo parlamento de Kíev.

La cámara, que ha cambiado de constitución y anteayer destituyó al Presidente Yanukovich, ha elegido como “presidente en funciones” al nuevo jefe del parlamento, Aleksandr Túrchikov,  brazo derecho de la rival de Yanukovich, Yulia Timoshenko.

En su primera declaración Túrchikov describió como “catastrófica” la situación económica de Ucrania, cuyo PIB (113 millardos de dólares) está por debajo del nivel de 1992 y su reparto per cápita muy por debajo del de 1989 y con un extremo nivel de desigualdad.

En ese contexto, desde Bruselas, el FMI, Estados Unidos y diversos gobiernos europeos, se habló ayer de “ayudas económicas” para Ucrania. Tanto el comisario europeo Olli Rehn, como el secretario del tesoro estadounidense, Jack Lew mencionaron “condiciones” y “reformas necesarias” que el país debería emprender a cambio de tales ayudas, que no tienen cifra. La última vez que se barajó una cifra para Ucrania fue en boca de la canciller Angela Merkel, el martes pasado en Berlín. Merkel mencionó “600 millones de euros”. Ucrania destinará este año 7.900 millones de dólares al pago de su deuda.

Una masiva ayuda económica europea estabilizaría muchos problemas de Ucrania, pero la Unión Europea, que no ha sido capaz de movilizar un Plan Marshall para los miembros de su zona euro en el sur de Europa, aún lo hará menos con Ucrania. Moscú, que aprobó un paquete de 15.000 millones de dólares, además de una rebaja en el precio del gas equivalente a 2.000 millones anuales, ha puesto la medida en suspenso hasta que se aclare la situación. El país se enfrenta un delicado e imprevisible periodo de turbulencias.

Mientras en diversas regiones y ciudades del Este de Ucrania se registraron incidentes y enfrentamientos de poca envergadura, en Kíev la jornada dominical ha sido tranquila. Decenas de miles de ciudadanos circularon por la Plaza de la Independencia, el Maidán, poniendo flores en memoria de las más de 80 personas muertas en la semana. La policía sigue ausente del centro de la ciudad. Las sedes del gobierno, el parlamento y la presidencia están vigiladas por las fuerzas paramilitares de la oposición triunfante. En lo que en esta parte del mundo se conoce como “narodnoye gulianie” (paseo popular), centenares de familias, parejas y grupos informales se fotografiaban en los escenarios de las batallas campales  de los últimos días. El singular centro de esta bella y amable ciudad, está lleno de edificios calcinados, barricadas, adoquines extraídos de la calzada y de montañas de basura y neumáticos para alimentar los incendios que han hecho posible esta mezcla de revuelta popular y golpe de estado apadrinado por Occidente.

Lunes 24 – El poder cambia de manos, como en la novela de ese título del premio Nóbel polaco Czesław Miłosz: El ganador se queda con todo y hay que ver cómo queda en eso la independencia e integridad de Ucrania, aprisionada entre dos imperios igual que aquella Armia Krajowa aplastada en Varsovia entre alemanes y soviéticos. Cambia de manos con carácter rotundo y radical. El viernes se firma un acuerdo, el sábado es papel mojado. El sábado hay un presidente legítimo con quien hay que negociar un “gobierno de unidad” (Unión Europea dixit), el lunes es un prófugo de la justicia con orden de busca y captura por “crímenes”, cuya detención se espera de un momento a otro. No hay duda: el poder ha cambiado de manos.

Un movimiento que nunca habría ganado sin contar con el apoyo de Occidente y que representa quizá a un tercio del sentir de este país, se ha impuesto rotundamente sobre otro tercio que no se identifica con él, ante la neutral angustia del resto de la población de una nación de más de 45 millones de habitantes. Quien quiera ver aquí una “fiesta europeísta”, es un irresponsable.

Viktor Yanukovich, hasta hace pocas semanas el político más popular del país, es un paria en busca y captura. El viernes se fue de Kíeva Járkov, segunda ciudad del país, en el Este. Allí debía participar el sábado en un congreso de más de 3.700 diputados disconformes con el cambio de poder. Bien por sentido de la responsabilidad (consagrar con su presencia el establecimiento de una duplicidad de poder antesala de una posible guerra civil), bien por sentir que Rusia no le apoyaba en eso, bien por ambas cosas, el caso es que Yanukovich no participó en aquello. Intentó tomar un avión para salir del país pero la guardia de fronteras se lo impidió. Entonces se fue en coche a Donetsk, su patria chica. Desde allí, ya sin acompañamiento de guardias de tráfico, solo con su escolta, se fue de noche a Crimea, donde llegó el domingo. Allí se despidió de algunos de sus guardaespaldas, a los que eludió de su compromiso. Se le ha visto en las inmediaciones del aeropuerto de Belbek, precisamente el mismo escenario en el que se decidió el cautiverio de Mijail Gorbachov, aquel increíble agosto de 1991.

A Yanukovich se le acusa de estar tras la orden de matar manifestantes usando francotiradores. La acusación es “matanza masiva de civiles”. La orden, si existió, podía referirse solo a abatir a los manifestantes que empuñaban armas de fuego y que a su vez habían matado a una buena docena de policías. Pudo también convertirse en un tiroteo indiscriminado a cargo de provocadores o de profesionales del ramo subidos de anfetaminas, porque, efectivamente, los manifestantes cayeron como conejos (“fue un safari”, me dice un observador) y eran personas equipadas para el combate, pero sin armas. La pregunta sobre si hubo un exceso criminal a cargo de los ejecutores de la presunta orden en tal oscuro episodio, ya no es relevante cuando el poder ha cambiado de manos. En estas condiciones se aplica una expeditiva justicia de vencedor.

Estos días se homenajea, en Kíev al centenar de caídos en este tumulto, sin que nadie mencione que entre esos nuevos “héroes de Ucrania” hay un montón de policías, quizá el 10% de los muertos lo son. “Esos no cuentan”, me dice una taxista manifiestamente adversaria del cambio de poder. Lo dice en voz baja, como si tuviera vergüenza de no estar de acuerdo con lo que ha pasado. El estado de ánimo de esta mujer es crucial para comprender la desmoralización y pasividad de los adversarios del Maidán, no ya en Kíevsino en el conjunto del país.

Yanukovich, presidente desde 2010, que encarceló por corrupción a su adversaria Timoshenko, que ahora pide su piel y un “castigo ejemplar”, será la próxima víctima de la lucha política en su genuina y bestia modalidad local. “Una lucha por el derecho a gobernar una pirámide corrupta”, apunta con fatalismo un observador nativo en un despacho bien decorado que no se sabe quien paga. Si Timoshenko, la Mandela con trenzas de pacotilla que fue primera ministra, dirigió esa pirámide, Yanukovich la monopolizó. La fortuna de su familia (en el sentido facineroso que este término tiene aquí) se multiplicó. Eso ocurrió en una época de crisis general –hasta en Alemania se nota esa crisis- que el pueblo sentía. Pero lo que tuvo mayores consecuencias no fue solo ese deterioro popular, sino su combinación con la ruptura de cierto equilibrio elitario.

Nada ilustra mejor la situación que la casa del Fiscal General de Ucrania (ahora ex), Viktor Pshonka. El hogar de quien velaba por la justicia en el país es una mansión de mafioso, con una profusión de lujo que haría sonrojar a los peores chorizos de Marbella. Pshonka y su colega Alksandr Klimenko, el ministro de los impuestos (ahora ex), ha sido detenido en la frontera con Rusia. Moscú no quiere saber nada de estos “refugiados políticos”.

Quien quiera atribuir todo esto al “salvajismo eslavo”, o a la “herencia soviética”, es libre de hacerlo. En realidad es versión local de algo mucho más general y profundo: el capitalismo depredador ha enloquecido en todas partes. En lugares como Ucrania y Rusia de una forma particularmente bestia, pero observen a su alrededor, en Madrid, Atenas o Berlín, y analicen la evolución de las sociedades estos últimos veinte años. La ex URSS simplemente asumió el capitalismo en sus particulares condiciones locales… Por lo demás, ese salvajismo preside las relaciones internacionales. Las grandes potencias también actúan criminalmente. Hacen a sus adversarios más débiles, “propuestas que no se pueden rechazar” como la de Marlon Brando en El Padrino. Ahí dentro cabe un enorme festival de hipocresía: Quienes en Rusia usan métodos expeditivos contra trabajadores emigrantes de Tadjikistán y torturan a caucásicos sospechosos, dan lecciones advirtiendo contra las tendencias  fascistoides de cierto nacionalismo ucraniano en alza. Quienes han desencadenado guerras espantosas en Irak y otros lugares, con varios centenares de miles de muertos a su cargo, las dan de derechos humanos, urbi et orbe. La guerra fría fue un pulso entre facinerosos y ahora vuelve a llamar a la puerta en el frente del Dniepr.

– Rusia responderá, pero no ahora. El perdedor se lame las heridas. El pulso por Ucrania continúa. Se va a radicalizar y tiene un gran campo por delante. Los riesgos son obvios; guerra fría junto a la línea del Dnieper, en juego la integridad territorial de un país enorme y quién sabe si hasta un violento conflicto civil que nadie desea. Aquí no hay que hacerse ninguna ilusión, pero la derrota en el último capítulo de ese pulso –el cambio de régimen en Kíev-  es de tal magnitud para Moscú,  que el perdedor debe contentarse con intentar limitar los daños. Cualquier respuesta mal calculada puede volverse en su contra. Rusia responderá, pero no ahora. Más adelante.

Gorbachov perdió, voluntariamente, la Europa del Este. Yeltsin el Báltico, Transcaucasia y el Asia Central. ¿Perderá Putin Ucrania? No sin pelear. Esta no es la Rusia de los noventa, sino algo más gallito y mucho más endurecido por las lecciones de los últimos veinte años. ¿La principal de ellas?: Occidente no respeta a los débiles. Habrá respuesta, pero no ahora.

Aguada y vilipendiada su olimpiada de invierno, Ucrania reduce a calderilla las relativas victorias diplomáticas de Putin en los últimos años. En el Kremlin hay motivo para el vértigo porque la línea del Dnieper es antesala de la propia Rusia. Un barril de pólvora en la puerta de casa es algo que hay que manejar con cuidado. De ahí la prudencia de Moscú.

Nada de fomentar un doble poder en el Este del país, nada de fomentar el separatismo ni de bendecir los planes de federalización que se manejan entre los expertos rusos y estadounidenses. Nada de agitar Crimea, tierra de viejas glorias militares rusas. Cuidado con mover ficha. De repente uno de los grandes éxitos de los últimos años, el “acuerdo de Jarkov” de 2010 para mantener la flota rusa del Mar Negro en sus bases de Crimea hasta 2040, puede saltar por los aires.

En todo el Este de Ucrania los adversarios del cambio de Kíevestán paralizados, su líder en busca y captura, su partido atravesado por deserciones y desmoralizaciones. Líderes de ese espectro como el alcalde de Jarkov, Gennadi Kernes, rechazan “todo separatismo o federalismo”. Ni siquiera se contesta la revanchista anulación de la ley de lenguas, una irresponsable provocación para millones de ucranianos rusoparlantes, aunque menos grave de lo que parecía ayer pues un artículo de la constitución equilibra algo el asunto. Moscú no quiere agitar eso: responsabilidad y realismo. La mayoría social opuesta a lo que ha ganado en Kíevy que venció en las elecciones de 2010, sigue ahí. Simplemente hay que reconstruirla políticamente. Paciencia y cuidado.

Eso no impide engañosas “declaraciones fuertes”, como la del primer ministro Dmitri Medvedev desde Sochi poniendo en duda la legitimidad del estropicio jurídico sobre el que se asienta el cambio de régimen en Kiev, mientras Europa mira hacia el otro lado olvidándose de lo que firmó el viernes.

”La legitimidad de toda una serie de órganos de poder allá suscita muchas dudas”, ha dicho Medvedev que le puso un poco de cuento al asunto al hablar de, “un gobierno de gente con mascaras negras y fusiles Kaláshnikov que se pasea por las calles de Kíev”, una descripción en sintonía con la imagen que la tele rusa enfatiza y difunde.

Más allá de esa retórica, para Rusia es la hora de la contención y la prudencia. Lo más destacable de la declaración del primer ministro ruso ha sido la frase de que, “todos los acuerdos que se han firmado con Ucrania se van a respetar” y “para nosotros Ucrania sigue siendo un socio serio e importante”.

Nada de todo aquello sobre lo que este diario ha venido advirtiendo como gran peligro estos días (el Este de Ucrania, Crimea, la lengua) va a estallar ahora. A medio y largo plazo es otro asunto. Mucho depende de cómo se maneje. Tanto para Moscú como para Kíev, la relación es demasiado importante e intensa como para jugar con ella. En Kíev todos los gobiernos de la oposición llegan al poder con gran energía antirusa, pero luego las realidades moderan esa fiebre. Una vez más Rusia va a trabajar a fondo con el nuevo poder, intentando que actúe esa tendencia.

En eso el papel de Occidente es fundamental. Una vez más: En materia del pleito alrededor de la  integración económica de Ucrania con la Unión Europea, Putin propuso desde el principio –y Ucrania lo apoyaba- discutir el asunto a tres bandas; Moscú, Bruselas, y Kíev. El papel de Mister Niet aquí lo ha ejercido la Unión Europea, con su Señora Merkel en el centro, flanqueada por los polacos y bajo la estratégica batuta de Estados Unidos, lo que es sumamente desestabilizador.

Canadá, con una fuerte población de origen ucraniano, ha amenazado a Rusia con sanciones, “si Putin se inmiscuye”, ha dicho su ministro de emigración. La Casa Blanca ya ha advertido a Rusia contra una “injerencia militar” en Ucrania. La guerra fría llama a la puerta y en una de estas, alguien va y le cede el paso.

Comentarios:

 

  • Enhorabuena. Esto sí es información.

  • Calamari Union 26/02/2014 en 2:39

    Quitarse el sombrero es poco. No creo que pueda hacerse mejor periodismo. Gracias.

  • La mano maestra del autor de “El Cuarto Reich” nos ilustra sobre Kiev con detalle y visión avanzada.3233838

  • Ucrania está al borde del abismo económico – la deuda pública en moneda extranjera se ha disparado. El préstamo multimillonario del gobierno ruso a Ucrania fue con el propósito de hacer dependiente a Ucrania de Rusia. Realmente, Ucrania tiene un gran potencial económico – el país es rico en diversas materias primas – es uno de los mayores exportadores de cereales del mundo – cierto también es que, su industria pesada y minería, carece de infraestructuras modernas. Pero, tal y conforme sucede en países latinoamericanos, caso Venezuela, como ejemplo – que teniendo petróleo, no tienen ni para papel higiénico – la corrupción política y las operaciones de dudosa legalidad, han campeado a sus anchas bajo el gobierno de Viktor Yanukóvich en paradero desconocido. Por supuesto, que el FMI, el Banco Mundial, los EEUU, la UE y Rusia deberán mostrar su compromiso con Ucrania.

  • Sempre interessants les teves perspectives, raoaments, a mes de l’encert en les cronologies dels fets, veure com va anar evolucionant fins el desenllaç, ha sigut alliçonador.
    Tot i que res ha acabat, ara la mar de fons que segueix al gran temporal farà els seus estralls. Pel que molts, ben segur ens agradaria que ens seguissis posant al dia, segons el teu saber i entendre.
    mercés .

  • lucido, como siempre.

  • Uf, tres intervenciones de Berlín en 100 años.

    Esto se está volviendo una mala costumbre.

  • Nunca podremos agradecerle todo lo que nos da, Sr. Poch.

  • Nunca podremos agradecerle todo lo que nos da, Sr. Poch.

  • Para amantes del ajedrez político: la estrategia en el momento (movimiento) 27/f; ponen en jaque al golpe de estado pro-occidental 23/f. Resulta ahora pertinente la famosa frase de Nietzsche “lo que no me mata me hace más fuerte”.

  • Genial, gracias. Saludos desde Crime

  • Un gran artículo. Esto es PERIODISMO de verdad

  • Muchas gracias por toda la información, espero que siga mostrándonos la realidad en Kiev.

  • Buen artículo, donde se comentan ciertas claves a tener en cuenta aún así yo creo que, para determinadas cuestiones, se debe cumplir con lo de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

  • Luis Bermolén 07/03/2014 en 21:56

    Muchísimas gracias, es sin duda lo mejor que he leído sobre la crisis ucraniana y, sinceramente, arroja muchísima luz sobre el asunto porque ayuda a ver lo complejo de un cuadro marcado por las injerencias recíprocas y la realpolitik más abyecta.

    ¡Gracias y suerte desde Madrid

  • Y el resto de periodistas y analistas políticos de este país, ¿es que no se enteran de nada? Porque escuchando, la hora25 por ejemplo, o leyendo incluso La Vanguardia, Beatriz Navarro, se muestra una estereotipada visión de los hechos, con los buenos Occidente, y el gran Satán Putin.

  • Gracias, Rafael Poch, esto si que nos sitúa en posición de entender lo que pasa. Gracias a ti uno se olvida de La Vanguardia como hoja de propaganda del cacique Mas y su jefe Junqueras.

    Información como esta dan prestigio a un medio. la otra se lo quita.

  • Muchas gracias Rafael por tus análisis tan necesarios y, lamentablemente, poco frecuentes.

 

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La cuestión UE: dilemas y fantasmas

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La cuestión de la UE divide y lastra a las fuerzas progresistas europeas hasta la impotencia. ¿Por qué? Por un lado cada vez se acepta más el hecho de que, por lo menos desde los años noventa, la UE se construyó y se concibió como la franquicia de la mundialización neoliberal en esta parte del mundo. Es una construcción blindada porque toda la política neoliberal, de austeridad, privatización, de supremacía de las finanzas y las empresas sobre los Estados, de destrucción del estado social, de deslocalización e incremento de la desigualdad en beneficio de los ricos, todo eso, está metido en los tratados fundamentales de la UE. Leer más “La cuestión UE: dilemas y fantasmas”