Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir vergüenza.
En el mundo de hoy hay 230 millones de emigrantes internacionales, alrededor de un 3% de la población global, frente a los 174 millones estimados en el año 2000. Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones.
Antes incluso de que pase sus pruebas, el mito Macron ya es implacablemente analizado como factor de chaqueterismo. Sobre una sorprendente implosión de las divisorias políticas y entre los grandes discursos laudatorios sobre la “renovación”, la irrupción de la “sociedad civil” en la política e incluso la “revolución”, aparece algo tan banal, vulgar y humano como la adaptación oportunista de los políticos a la nueva situación y el carrerismo de los recién llegados a la Asamblea Nacional más elitista de la historia francesa.