Un decálogo para el Norte

Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir vergüenza.

En el mundo de hoy hay 230 millones de emigrantes internacionales, alrededor de un 3% de la población global, frente a los 174 millones estimados en el año 2000. Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones.

Una encuesta realizada en 2014 por la OIT en 150 países, sugiere que más de una cuarta parte de los jóvenes de la mayoría de las regiones del mundo quiere residir permanentemente en otro país. Nada más comprensible en un planeta en el que 1200 millones de personas viven en la extrema pobreza y donde a una quinta parte de la población le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos.

Este es el gran contexto del fenómeno migratorio que está yendo a más y que las consecuencias del calentamiento global multiplicarán, según todas las previsiones. ¿Cómo se está respondiendo a esto en el Norte global?

La actual crisis migratoria en Europa es insignificante, comparada con la situación de países como Líbano, Turquía o tantos países africanos y del Sur global, donde se recibe más del 50% de los flujos migratorios del planeta. Pese a ser pequeña, la corriente recibida en la UE crea grandes convulsiones políticas. La respuesta es el actual endurecimiento de la política migratoria europea enfocado hacia más expulsiones, movilización militar en el Mediterráneo y detención del flujo migratorio en los países africanos, con los métodos brutales y en las circunstancias allí imperantes, vía acuerdos y subvenciones a mafias y bandas militares locales para detener a los emigrantes antes del intento de cruzar el mar. Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar apenas el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás, una hipocresía que quedó bien patente en la última cumbre euro-africana celebrada en París a finales de agosto.

El vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato superior que podría implicar al 20% de la población del planeta podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80% restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima. Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era muy diferente”.

Al mismo tiempo, es evidente que el Norte no puede abrir de par en par las puertas al Sur sin exponerse a grandes trastornos. Esas tensiones ya están hoy a la vista en Estados Unidos y en la UE, donde alimentan xenofobias y nacionalismos excluyentes que se mezclan con la merma de soberanía que resulta de la mundialización neoliberal y son uno de los factores de desintegración interna. Propugnar una política de puertas abiertas, algo que como actitud moral es correcto, resulta completamente inviable e irrealista desde el punto de vista político. A la luz de los incrementos que están por venir como consecuencia del belicismo, del cambio climático y de los incrementos demográficos, ni el estado social ni la estabilidad política resistirían la prueba de tal apertura en el Norte. Entonces, ¿Cuál es la política adecuada, la actitud conforme con los retos del siglo y el más elemental humanismo que podrían defender los responsables políticos ante sus electores, desmarcados de esa hitleriana Herrenvolk-Demokratie del 20% de los humanos sobre la subyugación y la pobreza del resto?

La respuesta es obvia: una política decente en materia de emigración es imposible sin afrontar las cuestiones generales que están en el origen del fenómeno; la cuestiones de la guerra y de la paz, del desarrollo desigual y del calentamiento global. Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas a una emigración masiva del Sur sin sentir vergüenza. Cumplir con el mundo, quiere decir llevar a cabo en su acción de gobierno -y promover en su acción exterior- una línea en sintonía con los retos de los tiempos. El decálogo de tal política es cada vez más evidente.

La actual crisis migratoria en Europa está en relación directa con el estado de guerra declarado en Oriente Medio, desde Afganistán hasta el norte de África, con su epicentro en Siria e Iraq. Recordemos que en Afganistán quince años de guerra han creado 220.000 muertos, que en Iraq trece años produjeron más de un millón de víctimas y la división del país en tres trozos, que en Libia se contabilizan más de 40.000 muertos tras seis años de caos y la división del país en trozos, y que en Siria seis años de guerra han generado más de 300.000 muertos y fragmentado el país. En todos esos países la intervención occidental ha empeorado claramente la situación existente antes. Acabar con eso, dejar de participar en eso y romper con las alianzas que promocionan eso, sería el primer artículo del decálogo para cumplir con el mundo.

El antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres, con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.

Solo desde un programa político reformista y humanista que apuntara en esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar su estabilidad interna.

Solo los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de derechos y valores mientras se organizan centros de detención de emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo.

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