Esta guerra podría haberse evitado”

(Una entrevista de Anna Balcells para Avui-Punt Diari)

Caudillo de Rusia

La invasión de Ucrania es el último capítulo en el pulso que libran la Rusia postsoviética y Occidente. ¿Cuál es el origen de esta guerra? ¿Hasta dónde tenemos que remontarnos para entender como hemos llegado hasta aquí?

-Hemos llegado por tres motivos. Uno es el cierre en falso de la guerra fría. El incumplimiento de los acuerdos, verbales y escritos que la concluyeron dio lugar a una seguridad europea, primero sin Rusia y luego contra Rusia. Impedir un poder europeo autónomo en el mundo, era y es una prioridad básica de Washington. La tensión con Rusia es la solución.

En segundo lugar, los propios fracasos de la frustrada democratización soviética. Los espectáculos de la élite rusa por ser propietaria de lo que antes solo administraba, sus tres golpes de estado, y su gran desfalco del patrimonio nacional, contribuyeron a incrementar el deseo de antiguos súbditos de Moscú por convertirse en vasallos de Estados Unidos vía ampliación de la OTAN. A la promesa de la “democratización del socialismo” de Gorbachov, siguió la realidad de una restauración autocrática de Yeltsin y Putin. Desde ese cuadro la integración subordinada de las ex repúblicas soviéticas con Moscú no es muy atractiva para ellas y muchas prefieren ser vasallos de la Unión Europea y de Estados Unidos.

En tercer lugar, la implosión regional del nacionalismo ucraniano. La narrativa antirusa de las regiones del oeste y el centro, no funcionaba en el este y chirriaban en el sur. El pluralismo en Ucrania pasaba por mantener un equilibrio entre regiones. En 2014 un sector apoyado por Occidente lo rompió y convirtió tensiones en conflicto armado en el Donbas, secesión en Crimea y descontento en muchos otros lugares de Ucrania. El régimen ruso lo aprovechó para poner distancia con la OTAN y consolidarse ahora con una corta guerra victoriosa que neutralice los diversos descontentos internos en Rusia. Por su parte, Estados Unidos y la OTAN se gastaron miles de millones de dólares en modernizar y armar al ejército ucraniano y formar a 80.000 de sus soldados, entre 2015 y 2020. Así que los preparativos venían de lejos y en palabras del secretario general de la OTAN, “han tenido un impacto significativo” en la actual campaña.

En el libro “La invasión de Ucrania”, usted sostiene que con la invasión Putin ha abierto la puerta a la caída de su régimen. Dice, “aún no es un cadáver político pero la cuenta atrás para él ha comenzado”. Con la movilización decretada, cree que eso podría acelerar su caída?

-Eso lo escribí el día de la invasión y sigo considerándolo probable. El apoyo de la sociedad rusa a Putin no es fanático ni ideológico, sino pragmático y despolitizado: en general con Putin la vida no ha ido a peor en Rusia. A ojos de la población, eso compensa abusos, fraudes y fechorías: cualquier cosa menos un regreso a los desastres, materiales y sicológicos, de los años noventa. Ahora, con las sanciones la vida va a ir ciertamente a peor para la mayoría. El contrato social se rompe. A menos que, desde su inmenso poder de autócrata, Putin cambie radicalmente sus términos e introduzca un modelo socioeconómico con mayor distribución hacia los sectores sociales más modestos y mayoritarios, será muy difícil mantener su régimen. Con mera represión e ideología movilizadora el apoyo a una guerra larga y dura en la que Occidente quiere sangrar a Rusia, incluso con ataques contra territorio ruso y atentados en Moscú, como estamos viendo, será complicado.

¿Qué cambia militarmente la anexión de más distritos ucranianos a Rusia y la movilización parcial?

Para Rusia la “Operación militar especial” pasará a ser guerra en territorio ruso. Eso quiere decir que aumentará su intensidad. Hasta ahora no ha habido destrucción de infraestructura ni misiles contra los centros de poder de kíev, como ocurrió en Belgrado o Bagdad. Pero sobre todo se concreta la amenaza nuclear, pues una guerra en Rusia, según la doctrina vigente, permite utilizar armas de último recurso para defender la integridad del país. Esto es muy serio

¿Por qué cuesta tanto la consolidación de una oposición fuerte y democrática en Rusia que no esté sometida a los intereses occidentales?

-Edgar Morin dice que, “no todo está perdido allí donde subsisten fuerzas pluralistas, en el Estado, fuera del Estado, contra el Estado, donde los poderes todavía son compartidos, donde todavía hay desórdenes y libertades”. Como el sistema autocrático-bonapartista ruso deja muy poco terreno a todo eso, es imposible cambiarlo institucionalmente y casi todo depende de la voluntad del caudillo, su oposición solo puede ser desesperada, radical y tendente al derribo. De alguna forma está condenada a ello por el propio régimen que contesta. Y en eso puede coincidir con el interés de la oligarquía occidental, adversaria de todo lo que tenga que ver con potencias autónomas e independientes en el mundo. Occidente sueña con un cambio de régimen, volver a un régimen ruso subalterno como el de Yeltsin, pero Rusia es demasiado grande para ser colonizada y dominada.

¿Cual es la auténtica relación de Rusia con China? ¿Es una alianza sólida? ¿Cómo interpreta la posición de Pekín en el conflicto ucraniano?

-No creo que sea una relación sólida, porque el poder personal y autoritario no es ni muy compatible con relaciones de confianza, ni delegable. Ambas cosas son necesarias para crear instituciones y alianzas supranacionales robustas y eficaces. Además, no hay que olvidar la secular voluntad de potencia autónoma de Rusia, y su delicada posición geográfica entre dos imperios más poderosos que ella. Al oeste tiene a la Unión Europea, gobernada por instituciones oligárquicas y no democráticas como la Comisión, el Banco Central Europeo y la OTAN, y en oriente a China, un régimen de partido único cuyo norte tampoco es la democracia sino la estabilidad, y cuya economía es diez veces mayor que la rusa. Hay, eso si, una coincidencia de intereses entre los dos países, ambos sometidos al marcaje militar y económico de Occidente. Por eso la reacción China a la guerra ha sido prudente, por un lado subrayando el respeto a la soberanía e integridad territorial de Ucrania y al mismo tiempo identificando la ampliación de la OTAN hasta las puertas de Rusia como la raíz de las mismas provocaciones que ella misma sufre en Taiwán y el Mar de China Meridional. La presentadora de la televisión china Liu Xin resumió en abril la exigencia occidental de que se sumara a las sanciones contra Rusia así: “Nos dicen: ayúdennos a luchar contra su socio ruso para que luego podamos concentrarnos mejor contra usted”.

Estamos en un momento de reconfiguración de alianzas geopolíticas en todos los continentes, ¿hacia dónde vamos? ¿a un mundo bipolar, multipolar…?

-De lo que no hay duda es de que vamos derechos hacia un planeta más caliente, con las catástrofes que eso conlleva, y de que estamos perdiendo un tiempo que no tenemos, como especie, para evitar un desastre. En el antropoceno, el viejo mundo de los “imperios combatientes” es una insensatez que aplaza la necesaria integración mundial que el siglo necesita y que Gorbachov reclamó en su día. El liberalismo fue un avance histórico contra el antiguo régimen y los privilegios de la nobleza, pero lo que ahora tenemos es algo bien diferente: un neoliberalismo contra el poder público de los estados, que defiende los intereses de las finanzas, de los grandes monopolios, de la especulación y de una pequeña oligarquía rentista en la que diez potentados concentran más riqueza que el 40% de la población mundial. Rusia y China son países de desigualdad y oligarquías pero su pecado es que mantienen un control sobre las finanzas y los monopolios, con lo que son capaces de proteger el interés público contra las multinacionales y la clase rentista. Eso es mucho más claro en China que en Rusia, pero si el régimen ruso tiene futuro, será profundizando en esa dirección china: más productiva, menos parasitaria, más social y más autoritaria. El resultado puede ser un cierto polo “no occidental” contra el neoliberalismo que implique al conjunto de los países emergentes. Parece que estamos entrando en algo así, con el G-7 cada vez menos capaz de dictar sus reglas al resto del mundo.

¿Qué papel está adoptando la Unión Europea en este nuevo escenario?

-La Unión Europea germanocéntrica ha sido desarbolada como imperio soberano a consecuencia de sus propias sanciones. Se ha convertido en subalterna de Estados Unidos. Washington ha conseguido romper la relación energética de Alemania con Rusia, algo que perseguía desde los años setenta y está incorporando a la Unión Europea a su lucha contra China, que es el primer socio comercial europeo. La aberración es extraordinaria. Alemania y Francia juntas tendrían capacidad para afirmar una política exterior y de seguridad diferente, pero no hay rastro de ello. Los políticos alemanes han renunciado a la distensión y se rearman -con armas de Estados Unidos. Una nueva generación de manifiestos incompetentes, con Ursula von der Leyen al frente de la Comisión y la ministra verde de exteriores, Annalena Baerbock, en cabeza, lidera un nuevo atlantismo y una rusofobia con ribetes revanchistas que harían las delicias de sus abuelos. Veremos qué pasa cuando las sociedades y las economías nacionales de Europa paguen el precio de esa subordinación en forma de recesión. En mayo el Presidente chino, Xi Jinping, le dijo al canciller alemán, Olaf Scholz, algo muy simple pero que lo resume todo: “la seguridad europea debe estar en manos de los europeos”.

¿Cree que hay espacio de entendimiento con Rusia?

-Si hubieran accedido a conceder aunque fuera la mitad de los puntos que Rusia presentó a Estados Unidos y la OTAN en diciembre, es decir la neutralidad de Ucrania y la retirada de infraestructuras militares de la OTAN del entorno de Rusia, la guerra podría haberse evitado. Pero no quisieron. Y todo el mundo entiende, por lo menos en el Sur global donde la contaminación informativa es menor, que desplegar misiles e infraestructuras militares de una potencia rival junto a la frontera de una superpotencia nuclear, lo que llevan haciendo desde hace 25 años, es una provocación insensata. Hasta el Papa Francisco lo ha mencionado.

Durante sus catorce años de corresponsal en Moscú, usted entrevistó varias veces a Mijaíl Gorbachov, el último presidente de la URSS. Pese al fracaso de su reforma política, la perestroika, le reconoce méritos. ¿Cuales cree que fueron sus principales aciertos y sus principales errores?

-Fue un éxito y una esperanza para toda la humanidad que el dirigente de una superpotencia promoviera como metas el desarme nuclear universal y la cooperación internacional con vías a afirmar una “nueva civilización” en un mundo integrado, como decía Gorbachov. Aquello fue una gran ocasión perdida porque los interlocutores de Gorbachov no estaban por la labor.

Fue un éxito para Rusia que un dirigente que concentraba todo el poder en su persona, lo transfiriera a cámaras representativas. Eso no tiene precedentes en la historia secular del poder moscovita, tanto con el zarismo como con el llamado “comunismo”. Ese precedente queda para el futuro de Rusia.

Fue un éxito para Europa central/oriental que la potencia imperial se retirara incondicionalmente de todo aquel espacio sin haber sido derrotada militarmente. Respecto a Alemania, le tocó la lotería, porque sin Gorbachov aún estarían divididos.

Respecto a los errores, creo que Gorbachov sobrestimó, en general, la capacidad de reforma del Occidente capitalista. Un error concreto fue no condicionar la reunificación alemana a la salida de Alemania de la OTAN, algo con lo que la población alemana estaba de acuerdo.

En su larga experiencia como corresponsal internacional, ¿cómo ha combatido la imposición de las narrativas oficiales?

-Hay que ser consciente de que en un universo mediático como el que tenemos, tener tu propio criterio, salirse del rebaño, no es bueno para hacer carrera y ascender hacia el “éxito”. A partir de ahí cada cual tiene su estrategia particular.

(Publicada en Avui-Punt Diari)

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