
Es general la sensación de que, probablemente, el mundo está avanzando a marchas forzadas hacia un gran conflicto. Si estalla, ese conflicto dejará muy atrás, en intensidad y amplitud, la actual confrontación porque podría unir sus diversos frentes. Frentes “calientes” en Ucrania y Oriente Medio”, y latentes en Asia Oriental. Pero ¿de qué guerra hablamos? Muchos dan por hecho que hemos entrado en una “Tercera Guerra Mundial”, pero la realidad más bien apunta hacia otra cosa.
El analista ruso Dmitri Trenin, recién promovido Presidente del principal think tank del Kremlin, el Consejo Ruso de Asuntos Exteriores, utiliza y desarrolla el concepto de “Nueva Guerra Mundial” , apuntando tanto las diferencias militares y políticas con la anterior gran guerra, la Segunda Guerra Mundial, como la obsolescencia de las reglas escritas y no escritas que las superpotencias observaban durante lo que se denominó “Guerra Fría”. Estamos en otro universo, un universo nuevo. De ahí el nombre del concepto. (Ver el artículo de Trenin en; Aspecto y carácter de las guerras de la nueva era – Rafael Poch de Feliu )
La guerra mecanizada de tanques, aviones y escuadras está de capa caída. Lo vemos en Ucrania y en el Mar alrededor de Irán. Se consolida una guerra digital de drones, artefactos no tripulados, misiles y defensas antiaéreas. Los conflictos locales se regionalizan. Las alianzas estables se tambalean en beneficio de vínculos ambiguos carentes de firmes compromisos de luchar al lado del socio. El artículo quinto de la Carta de la OTAN en materia de ayuda de todos contra el ataque a uno de los miembros del club, es objeto de interpretación. Los socios de Rusia en el Tratado de Seguridad Colectiva organizado por Moscú, se declaran neutrales a excepción de Bielorrusia, y ésta más por necesidad que por convicción. “Moscú, Pekín y Teherán están dispuestos a luchar solo por sus propios intereses y no piensan intervenir en guerras ajenas”, dice Trenin.
No hay diplomacia y su caricatura es utilizada como señuelo de ataque militar. La agresión no respeta normas y busca la eliminación física de los dirigentes adversarios en atentados y golpes quirúrgicos. Al mismo tiempo, a la vista del propio perjuicio, la espiral se modera. Trump quiere acabar con una civilización y devolver a los iranís a la edad de piedra y al mismo tiempo levanta sanciones exportadoras a Irán para amortiguar consecuencias para el mercado energético global. La guerra de Ucrania no impidió que el gas ruso continuara fluyendo durante bastante tiempo hacia Europa a través de ese país. Moscú podría destruir de un plumazo los centros de decisión en Kíev, ministerios, sede de la presidencia, y no lo hace. Se lucha y se negocia al mismo tiempo. “La guerra y la paz coexisten”.
De ello se podría deducir cierto tranquilizador alivio de que las cosas no van a superar determinado nivel, sin embargo la dinámica apunta claramente hacia todo lo contrario, hacia un peligro creciente: “el ámbito de la paz se reduce, mientras que el campo de batalla se amplía”.
El temor al recurso nuclear que fue la póliza de seguros de las potencias para que la cosa no fuera a mayores durante la guerra fría, se ha desvanecido. “Una guerra nuclear limitada comienza a presentarse como opción perfectamente viable que no conlleva a una catástrofe generalizada”, apunta Trenin. De las nueve potencias nucleares, solo una, China, no participa en acciones militares, directas o indirectas. Pakistán está en conflicto con Afganistán y lo ha estado con India, Estados Unidos guerrea en Ucrania e Irán, país “cuasinuclear”. Rusia combate en Ucrania. Corea del Norte ha ayudado allí a Moscú. Francia e Inglaterra siguen la estela americana tanto con su intervención ayudando a Ucrania como colaborando con Washington e Israel en Oriente Medio. Respecto al régimen genocida israelí es una especie de Estado Islámico con armas nucleares del que se desprenden los máximos peligros, porque su lógica de disuasión nuclear parece estar más cerca del fanatismo bíblico del pueblo elegido que de las consideraciones militares clásicas. Como observa el joven jurista italiano Vincenzo Pellegrino, La bomba de Abraham | El Topo Express | Vincenzo Pellegrino “El momento de mayor peligro -cuando la teología y la estrategia nuclear convergen de forma explosiva – se produce cuando un liderazgo empieza a interpretar su situación desde una perspectiva escatológica. No se trata simplemente de creer que el Estado tiene un mandato divino: es la convicción de que las propias acciones son pasos necesarios en un plan que conduce al fin de la historia”.
Si lo de la guerra fría era un asunto de dos potencias nucleares, lo de ahora lo es de las ocho sobre las nueve existentes. Sin contar con que el club es una empresa en expansión que podría llegar a una veintena: Japón y Corea del Sur en Asia, Turquía y Arabia Saudí en Oriente medio y Alemania en Europa, coquetean con la idea, mientras que otros, Polonia, los bálticos, Grecia, Suecia, Holanda y Bélgica, se declaran abiertos a albergar armas nucleares en sus territorios. El mundo multipolar ya se ha convertido en un mundo nuclear multipolar y la proliferación, por no hablar del control de armamentos, ha pasado a mejor vida. Cuesta no alarmarse ante un panorama de veinte potencias nucleares, algunas sumidas en el integrismo religioso, y otras históricamente enfrentadas en conflictos históricos no resueltos y todo ello en ausencia de mecanismos establecidos de contención.
Como dice Trenin, las guerras de nuestro tiempo son un reflejo de la crisis del orden mundial. La humanidad nunca había vivido un momento más peligroso que el actual. Y eso sin contar con el tiempo perdido al no afrontar los dilemas planetarios existenciales del cambio global.
(Publicado en Ctxt)