«La pregunta es si el liderazgo ruso aceptaría una derrota convencional sin recurrir antes al uso de armas nucleares»

(Una entrevista de Diario Red)

Autora: Carmela Negrete

En la élite rusa hay cada vez más voces influyentes que consideran necesaria una disuasión más agresiva frente a Europa, explica Rafael Poch-de-Feliu en esta entrevista con Diario Red. Critica la estrategia occidental hacia Rusia y argumenta que ha contribuido a una confrontación geopolítica cada vez más peligrosa y difícil de revertir. Poch advierte también que los efectos globales de la guerra en Irán pueden ser muy graves y que dicha escalada no es un conflicto regional limitado, sino un riesgo sistémico mundial.

Usted fue corresponsal en Rusia y sigue teniendo acceso a fuentes de las que aquí carecemos en gran medida, ya que los medios rusos en Europa hoy están prohibidos. ¿Cómo se percibe la situación actual, en particular los ataques masivos de Ucrania contra Moscú?

El humor en Rusia ha cambiado. El tono de las advertencias a Europa es cada vez más agudo. El sector más duro exige al gobierno que reaccione con más determinación a los ataques sufridos. Se tiene la impresión de que Europa no se toma en serio a Rusia. A veces, incluso lo dicen junto con críticas al presidente, al que se le reprocha flojera. La voz más clara es la de Serguéi Karaganov, un importante politólogo ruso. No es en absoluto la «voz del Kremlin», pero tiene influencia. Desde hace tiempo exige que se restablezca la credibilidad de la disuasión nuclear y propone atacar, en un primer momento, instalaciones europeas, en particular alemanas, que participen en el apoyo a la guerra contra Rusia, inicialmente con armas convencionales. Si eso no surtiera efecto, Rusia debería considerar el uso de armas nucleares tácticas. En una de sus últimas declaraciones llegó incluso a decir textualmente que, de lo contrario, «un país europeo tendría que desaparecer».

Esto es aterrador y repugnante. Aunque Karaganov insiste una y otra vez en que el uso de armas nucleares es un «pecado», su argumentación recuerda a la de generales estadounidenses de la Guerra Fría como Curtis LeMay, responsable de los bombardeos estratégicos de Tokio, en los que hubo 100.000 muertos en un solo día, y que exigió a Kennedy abiertamente el uso de armas nucleares contra la Unión Soviética. Detrás de todo esto hay una reacción extrema ante la idea europea de que Rusia debe ser derrotada estratégicamente. Es decir, infligir una derrota decisiva a una superpotencia nuclear, lo que en su mismo enunciado es un propósito demencial y de alto riesgo.

Porque la pregunta decisiva es: ¿aceptaría realmente el liderazgo ruso una derrota convencional sin emplear antes armas nucleares para evitar precisamente esa derrota? Esa era precisamente la lógica de la Guerra Fría en la década de 1970. En aquel entonces, la OTAN partía de la base de que en caso de guerra la Unión Soviética podía invadir Europa occidental en muy poco tiempo gracias a su superioridad convencional. Contra eso la OTAN planeaba el uso precoz de armas nucleares tácticas para frenar el avance blindado soviético hasta que llegaran los refuerzos estadounidenses al continente.

Muchos europeos, especialmente los políticos, viven en la ilusión de que tal escalada nunca se producirá, aunque, de hecho, estén jugando un juego extremadamente peligroso.

Los Estados europeos debaten sobre una disuasión nuclear propia, en particular con la inclusión de armas nucleares francesas. Llama la atención que incluso políticos como Pablo Iglesias aborden abiertamente tales ideas de la Realpolitik.

El problema fundamental es más profundo. Hace unos veinte años, Europa tomó una decisión estratégica errónea. En lugar de construir junto con Rusia un orden de seguridad paneuropeo, como se había previsto inicialmente tras el fin de la Guerra Fría, se siguió una estrategia geopolítica de EE. UU.: primero seguridad sin Rusia y luego contra Rusia. Eso impedía la integración euroasiática del futuro con motor chino de la que Washington quedaba geográficamente fuera y condujo inevitablemente a la actual confrontación. La alternativa era una Unión Europea como península occidental de Eurasia en normal convivencia con Rusia. Dada la dinámica económica de China y el enorme potencial de Rusia en materias primas, energía y ciencia, junto con las capacidades tecnológicas y financieras europeas, se habría podido desarrollar un poderoso espacio euroasiático, mucho mas viable y pacífico para el planeta que el actual desorden euroatlántico. Occidente sigue intentando mantener una hegemonía global que ha pasado a mejor vida. El orden de dominación occidental ya no existe en su antigua forma y Europa debería adaptarse a esta nueva realidad. Históricamente esto me recuerda al fin de los imperios coloniales europeos tras la Segunda Guerra Mundial: ya no eran viables, pero muchos Estados no lo entendieron y aceptaron hasta después de largos y sangrientos conflictos en India, Kenya, Indochina, Argelia e Indonesia. Tuvieron que pasar por todo eso, sembrando el mundo colonial de cadáveres hasta que inventaron esa nueva forma de dominio integrada que es la Unión Europea.

Hoy, Europa se enfrenta de nuevo a la necesidad de una adaptación histórica de ese tipo: alejarse del pensamiento hegemónico y avanzar hacia una nueva realidad geopolítica. Para ello es necesaria, como decía Gorbachov, una „nueva civilización“. En mi opinión, actualmente los europeos occidentales son los menos preparados de Eurasia para ello por su herencia imperial-colonial y su supremacismo. Eso es lo que Gaza ha puesto de manifiesto sobre Europa ante el mundo entero.

Hace dos semanas, el embajador ruso habló en un acto en Berlín sobre las negociaciones actuales entre Vladímir Putin y Donald Trump. Pero, aunque ellos negocien algo, en última instancia, Rusia tiene que convivir y llevarse bien con sus vecinos en Europa, ¿cree que Moscú se deja engañar en este sentido?

Rusia y sus dirigentes ya pasaron su gran etapa de ingenuidad en la década de los noventa. Entonces la elite rusa creía sinceramente que podría integrarse en el orden capitalista globalizado como socio en igualdad de condiciones y utilizar sus recursos en pie de igualdad con las grandes empresas del capital transnacional occidental, es decir con respeto a su soberanía de casta sobre su propia rapiña nacional. Pero eso era precisamente lo que nunca se había previsto en Occidente. En el fondo, Occidente solo veía a Rusia en el papel de una economía de materias primas y como un mercado. La elite rusa se resistió a ello, de acuerdo con su tradición secular de gran potencia. Creo que ahí radicó la verdadera ruptura con Occidente. Todos los conflictos posteriores, desde la ampliación de la OTAN hacia el este y cuestiones similares, probablemente habrían transcurrido de otra manera si la élite rusa hubiera aceptado ese papel subordinado. Este punto es decisivo para comprender la confrontación actual y no conozco a nadie que lo haya estudiado.

En cualquier caso, aquella lección se aprendió en Moscú y ha dado lugar a un regreso al tradicional sentido de derzhavnost, gran potencia asediada con gran énfasis en lo militar y patriótico. Sin pecar de inmodestia, es algo que muchos dejamos escrito en Moscú a mediados de los noventa. El propio Gorbachov lo advertía y responsabilizaba a Occidente de ello. Por eso no creo que los dirigentes rusos sean hoy especialmente ingenuos. La línea actual frente a Trump es totalmente pragmática. En Rusia se observa muy de cerca cómo el gobierno de Trump negoció anteriormente con Irán y cómo esas conversaciones, a cargo de los mismos Kushner y Witkoff que negocian con Rusia, sirvieron, en última instancia, para preparar una escalada militar.

Desde el punto de vista ruso y chino, el juego de Trump intenta reducir la carga imperial que supone la guerra de Ucrania para poder concentrarse más en el conflicto con Irán y, en particular, con China. Al mismo tiempo, Washington quiere evitar que la asociación ruso-china se estreche aún más. No obstante, la situación sigue llena de ambigüedad porque todo el mundo entiende que las conversaciones de EE. UU. no impiden que Washington siga estando profundamente involucrado en la guerra de Ucrania.

En Alemania se afirma cada vez con más frecuencia que Rusia podría atacar a la OTAN a más tardar en 2029. Por eso, el Gobierno federal exige un rearme masivo y la creación del ejército convencional más fuerte de Europa. ¿Ha olvidado Alemania su propia historia?

Alemania vuelve a suspender la asignatura de su historia. Tras la reunificación de 1990, que fue un regalo de la URSS de Gorbachov, solo tardó diecinueve meses en utilizar su ejército por primera vez desde Hitler contra Serbia. En aquel entonces, se presentaba a los serbios como un «pueblo criminal». Daba la impresión de que se estaba trasladando psicológicamente el complejo de culpa histórico a otro pueblo. Si a principios de la década de 1990 se hubiera dicho que, solo una generación después, Alemania volvería a considerar a Rusia como su principal amenaza, mucha gente lo habría considerado imposible. Hoy se habla abiertamente de la posibilidad de una guerra con Rusia en los años 2029 o 2030. Esto es históricamente muy notable. Uno no puede evitar la impresión de que toda aquello que nos contaron sobre la «Vergangenheitsbewältigung«, la gestión responsable y consciente del pasado nacional, y el complejo de culpa «Schuldkomplex» no era más que una comedia. A eso se suma el apoyo alemán a la masacre israelí en Gaza. Aflora de nuevo la más pura irracionalidad alemana: como el país tiene una responsabilidad histórica derivada de un genocidio, se justifica una solidaridad casi incondicional con Israel en otro genocidio. La actual atmósfera en Alemania vuelve a ser la de una casa de locos conformes con una „razón de estado“ torcida. Y, por último, Ucrania desempeña un papel central. En los últimos 120 años, el nacionalismo ucraniano antirruso se alió cuatro veces con potencias extranjeras contra su pariente imperial ruso; en la Primera Guerra Mundial, en la Guerra Civil Rusa, en la Segunda Guerra Mundial y hoy de nuevo. Alemania vuelve a considerar a Ucrania como un puesto avanzado geopolítico frente a Rusia. A menudo se olvida que no existe «una sola Ucrania». La sociedad ucraniana es muy diversa desde el punto de vista histórico y cultural por lo que esa cruzada siempre ha incluido elementos de guerra civil.

¿Cree que esta evolución irracional también retroalimenta un proceso negativo en Rusia, como el nuevo culto a Stalin? Hemos visto una creciente rehabilitación de Iósif Stalin. Incluso el Museo del Gulag se ha rediseñado parcialmente y se centra ahora más en el sufrimiento de la población eslava durante la guerra...

Sí, sin duda. En la élite rusa se está produciendo efectivamente una rehabilitación parcial de Stalin. Lenin apenas desempeña hoy un papel positivo en el discurso público; cuando se le menciona, suele ser asumiendo los tópicos y falsificaciones más groseras. Stalin, por el contrario, se presenta cada vez más como una figura histórica que, a pesar de todos sus crímenes y errores, permitió en última instancia la victoria en la «Gran Guerra Patria». Es una especie de regreso a lo básico. El argumento suele ser: sí, hubo represiones y crímenes graves, pero al final Stalin llevó a la Unión Soviética a la victoria contra un enemigo existencial militarmente superior. La memoria de la victoria es legítima pero oculta muchas otras cosas para dar paso a la Rusia soberana, socialmente justa y nacionalmente sosegada que el mundo necesita.

La guerra tendrá consecuencias catastróficas para lo que quede de Ucrania pero también para Rusia. Es difícil imaginar que de esta guerra surja algo realmente positivo. Toda una generación quedará marcada por las experiencias de esta guerra: personas con lesiones físicas y morales, experiencias traumáticas y una profunda brutalización social. Estos procesos siempre dejan huellas duraderas.

Cuando antes era corresponsal en Alemania, el militarismo apenas desempeñaba un papel en la sociedad. Bajo el mandato de Angela Merkel, al menos se intentó encontrar ciertas soluciones diplomáticas con Rusia, por ejemplo, a través de los acuerdos de Minsk. Hoy en día, esa etapa parece muy lejana.

En Alemania, Francia y Gran Bretaña tenemos hoy gobiernos que son inusualmente impopulares. Muchos de estos gobiernos se mueven en unos índices de aprobación del 20 al 25%, mientras que el rechazo suele superar con creces el 60%. El mapa político europeo va a cambiar pronto. Pero ¿quién vendrá después de los energúmenos Merz, Starmer y Macron? Necesitamos nuevas fuerzas que se alejen de la idea de poder derrotar estratégicamente a Rusia. Independientemente de ello, la destrucción de las relaciones con Rusia tendrá repercusiones durante mucho tiempo. Incluso si no se produjera una guerra directa entre Rusia y la OTAN, es probable que estas relaciones permanezcan dañadas durante décadas.

Ha pasado casi toda su carrera fuera de España, pero ahora vuelve a vivir allí. Pedro Sánchez se presenta internacionalmente como antagonista de Trump y como defensor de la causa palestina. ¿Es esa también su impresión?

En el conjunto del entramado de poder europeo, España desempeña un papel claramente menor que Alemania, Francia o Gran Bretaña. Al mismo tiempo, el país es muy vulnerable frente a EE. UU. E Israel, como estamos comprobando ahora mismo, especialmente debido al factor Marruecos, Ceuta y Melilla, etc. Washington puede hacerle mucho daño a España utilizando a Marruecos, por eso, el Gobierno español debe actuar con cautela en cuestiones de política exterior.

No obstante es verdad que Sánchez es uno de los pocos jefes de Gobierno de Europa que, al menos retóricamente, se ha posicionado más claramente en contra de la masacre de Israel. Sin embargo, su postura es mucho más verbal que práctica, ya que España sigue manteniendo relaciones militares y económicas con ese país. En cuanto a la cuestión de Ucrania, Sánchez sigue la línea general europea, aunque sea sin gran convencimiento. No obstante, el tono antirruso en España es claramente más débil que, por ejemplo, en Alemania, Francia o Inglaterra. Esto también tiene razones geográficas e históricas. A pesar de todas esas limitaciones, en el contexto europeo actual no carece de importancia que aún existan jefes de Gobierno que expresen abiertamente ciertas críticas. Quizás de ello pueda surgir a largo plazo un cambio de opinión más amplio en Europa.

Sánchez al menos retóricamente, se ha posicionado más claramente en contra de la masacre de Israel. Sin embargo, su postura es mucho más verbal que práctica, ya que España sigue manteniendo relaciones militares y económicas con ese país

Muchos dicen ahora que una guerra con Irán podría ser incluso más peligrosa que la guerra en Ucrania, especialmente para la economía mundial. ¿Usted también lo ve así?

Una guerra a gran escala contra Irán podría desencadenar, si no lo ha hecho ya, una crisis mundial del petróleo, problemas masivos en las cadenas de suministro y graves perturbaciones económicas. El mero bloqueo del estrecho de Ormuz ya tiene consecuencias enormes para los precios de la energía y el suministro de alimentos en todo el mundo. Y eso, en un momento en el que todo estaba ya muy tenso debido a la crisis climática. Además, a pesar de los ataques masivos, el sistema iraní no parece desmoronarse sino que al contrario, se consolida. Al mismo tiempo, Estados Unidos e Israel aparecen cada vez más, en muchas partes del mundo, como factores de desestabilización global. En este contexto, resulta especialmente interesante la reacción de los Estados del Golfo. Muchos aliados tradicionales de EE. UU. Se han dado cuenta de que la potencia protectora estadounidense los convierte en objetivos militares. Ven que una guerra con Irán amenaza toda su economía. Por eso, allí se plantean ordenes de seguridad alternativos con una mayor implicación de China y Rusia. También los aliados asiáticos de EE. UU., como Japón, Corea del Sur o Taiwán, observan con preocupación que la guerra amenaza su vital suministro energético. En general, hay muchos indicios de que la influencia estadounidense en el Golfo Pérsico se está hundiendo. Y con ella el petrodólar. Trump es un acelerador de estos procesos. Me parece que Putin y Xi Jinping se han dado cuenta y juegan al unísono, dejándole el campo libre y al mismo tiempo advirtiéndole de que una gran guerra contra Irán será „inadmisible“ para ellos.

¿Por qué hoy en día, a pesar de todas estas guerras y escaladas, ya no hay una protesta internacional fuerte por la paz como la que hubo en la década de 1980?

Es difícil de explicar. Al parecer, los movimientos sociales tienen sus ciclos. Cuando vivía en Alemania a principios de la década de 1980, hubo enormes movimientos de protesta contra el despliegue de misiles de medio alcance. La gente bloqueaba bases militares, cientos de miles de personas se manifestaban también en Inglaterra. Hoy la situación política mundial es objetivamente más peligrosa. En aquel entonces se enfrentaban, en esencia, dos superpotencias nucleares. Hoy, ocho de las nueve potencias nucleares se encuentran directa o indirectamente en conflictos militares o en graves tensiones, entre ellas Estados Unidos, Rusia, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. El peligro de un error o de un incidente nuclear es enorme. Al mismo tiempo, asistimos a cosas que antes habrían sido inimaginables, como los ataques a centrales nucleares en la guerra de Ucrania o la creciente normalización de la escalada militar extrema. El único fenómeno de protesta internacional realmente importante en la actualidad es el movimiento contra la masacre en Gaza y Líbano. Pero incluso allí estamos asistiendo, en muchos países europeos, a una fuerte criminalización de las protestas. Esto es extremadamente problemático desde el punto de vista histórico y moral.

En Alemania, al mismo tiempo, se lleva cabo un rearme masivo, mientras aumentan los recortes sociales. Por eso, mucha gente teme un giro político hacia la derecha, ante el auge de Alternativa para Alemania. ¿Ve en ello un peligro?

Históricamente, Alemania ha sido durante mucho tiempo la sociedad más pacifista de Europa, por razones históricas comprensibles. Cuando los gobiernos abandonan abruptamente esta tradición, surge inevitablemente una reacción contraria. Sin embargo, también llama la atención que partidos como la Alianza de Sahra Wagenknecht, que hacían especial hincapié en el antimilitarismo, hayan obtenido últimamente resultados más débiles de lo esperado. Esto demuestra lo complejo y contradictorio que es actualmente el estado de ánimo social.

(Publicado en :Rafael Poch: «La pregunta es si el liderazgo ruso aceptaría una derrota convencional sin recurrir antes al uso de armas nucleares».)

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