Extrema prudencia y negociación parece mucho mejor que alimentar la hoguera. La guerra podría haberse evitado con una negociación en diciembre.
El cadáver está ahí, aun caliente. Es el cadáver de una mujer joven asesinada por su matón con quien hasta 1991 compartió domicilio soviético. El forense llega a la escena del crimen con el objetivo profesional de certificar “técnicamente” las causas y circunstancias del crimen, a efecto de su esclarecimiento judicial. Y lo hace entre indignados y emocionados gritos del público, “¡Pero, ¿es que no ha visto quién le ha disparado?!” Intentar aclarar la situación entre llamadas al linchamiento lleva consigo acusaciones de complicidad. “Intentar comprender y explicar, ya es justificar”, dijo Manuel Valls cuando los atentados yihadistas estremecían a Francia. Una invitación a superar los valores de la Ilustración. Pero la responsabilidad del forense está por encima de todo eso, por encima del horror, de la emoción y del redoblar de tambores. De lo contrario el derecho y la razón no existirían.
Nadie esperaba esta invasión. “Impensable”, escribí en Ctxt evocando las escenas de Budapest en 1956 como algo por completo descartado. Todo el mundo bien informado y con criterio lo decía a mediados de febrero. Lo decían en Kíev el propio ministro de defensa y los más agudos analistas ucranianos. Lo decía la razón. “Pensábamos racionalmente una situación que desbordó el marco racional”, dice ahora con amargura uno de ellos.
Sabíamos que algo “fuerte” ocurriría. Moscú ya anunció “medidas técnico-militares” si Estados Unidos y la OTAN no atendían a su exigencia de negociar un replanteamiento general de la seguridad europea y en especial el insensato y provocador cerco militar contra Rusia acometido desde los años noventa. Pero ni los ucranianos esperaban tanto.
El 23 de febrero, víspera de la intervención militar rusa en Ucrania, celebramos un debate en la sede madrileña de la UNED sobre la actual crisis. Nadie imaginaba que pocas horas después se iniciara una invasión militar rusa en toda regla.
Con su ataque a Ucrania, el Presidente Putin ha cruzado el Rubicón de la violencia militar directa contra un Estado soberano. Se trata de la nefasta agresión de una potencia imperial contra un país mucho más débil y libre que Rusia. Nuestra simpatía está con el pueblo de la Ucrania agredida por un matón. No se puede ser antimperialista y no sentir repugnancia ante lo que sucede. Pero ¿qué sucede y hasta donde llegará?
Ucrania es un invento de los comunistas, convertido en ariete contra Rusia, dice
El martes el Presidente ruso, Vladimir Putin, introdujo un nuevo elemento de presión en su pulso con Occidente al anunciar su decisión de reconocer las dos repúblicas rebeldes del Este de Ucrania, Lugansk y Donetsk y establecer acuerdos militares que permiten la presencia de tropa rusa en ellas. A diferencia de la anexión de Crimea en 2014, este paso no es irreversible. Parece pensado como un elemento más de negociación y presión. ¿Negociar qué?
Se trata de todo lo que está contenido en los documentos que Moscú presentó el 17 de diciembre. Sus tres principales puntos son: renuncia a la ampliación de la OTAN a Ucrania, retirada de los sistemas de armas occidentales de su entorno geográfico y retirada de la OTAN a los límites anteriores a su ampliación al Este. Estos puntos son, evidentemente, un marco negociable pero Washington y la OTAN no lo ha atendido. Por eso Putin ha dado otra vuelta de tuerca. Habla de “genocidio” y recrea escenarios de opereta inspirados en lo que la Otan escenificó en Kosovo mientras bombardeaba Belgrado.
El grito “¡La invasión es inminente!” coreado mayormente por anglosajones ha logrado un efecto: tapar informativamente las exigencias rusas y no debatir sobre ellas. Por otro lado, ese grito, puede formularse a la inversa, como sugiere esta ilustración.
¿Quien se acuerda hoy de la Carta de París? En noviembre de 1990 los países de la CSCE (hoy OSCE), es decir la URSS y Euroatlántida, firmaron en el Palacio del Elíseo, la “Carta de París para una nueva Europa”. Aquel documento contenía el diseño de una seguridad continental integrada, es decir el fin de la guerra fría que había dividido Europa y el mundo en dos bloques. Su preámbulo proclamaba que, “la era de la confrontación y división de Europa ha concluido”. En el apartado, “relaciones amistosas entre estados participantes” se afirmaba: “La seguridad es indivisible. La seguridad de cada uno de los estados participantes está inseparablemente vinculada con la seguridad de los demás”. En el apartado “Seguridad”, se anunciaba “un nuevo concepto de la seguridad europea” que dará una “nueva calidad” a las relaciones entre los estados europeos. “La situación en Europa abre nuevas posibilidades para la acción común en el terreno de la seguridad militar”, se prometía. “Desarrollaremos los importantes logros alcanzados con el acuerdo CFE (desarme convencional en Europa) y en las conversaciones sobre medidas para fortalecer la confianza y la seguridad”. Se ponía incluso fecha a los compromisos; “iniciar, no más tarde de 1992, nuevas conversaciones de desarme y fortalecimiento de la confianza y la seguridad”. En lugar de eso se abrió paso una seguridad a costa del otro.
Un año después de la firma de la Carta de París, en la cumbre de Roma de noviembre de 1991, la OTAN ya dejó claro cuales eran las dos conclusiones que extraía de la disolución del Pacto de Varsovia:
“La primera novedad de estos acontecimientos es que no afectan ni al objeto ni a las funciones de seguridad de la Alianza, sino que resaltan su permanente validez. La segunda, es que estos acontecimientos ofrecen nuevas ocasiones para inscribir la estrategia de la Alianza en el marco de una concepción ampliada de la seguridad”. En resumen, hubo ampliación, globalización y avance de la OTAN, allí donde Moscú se había retirado. ¿Por qué?
Reactivar los acuerdos de Minsk podría ser el verdadero objetivo del puñetazo ruso. La cumbre Putin-Xi en Pekín provoca acidez de estómago en Washington.
La OTAN justifica su vigencia en la necesidad de afrontar problemas por ella creados. Un repaso a una crisis de treinta años.
I) Pueblos hermanos
Se dice que rusos y ucranianos son “pueblos hermanos”, y es verdad. Siglos de vida en común, dos lenguas bien parecidas y una geografía sin obstáculos físicos, de llanuras surcadas por ríos mansos, que complica y difumina todo concepto de frontera. Al mismo tiempo, el parentesco fraternal no es incompatible con fuertes diferencias de carácter. Cuando una abuela dice sobre sus nietos, “¡Qué diferentes son, parece mentira que sean hermanos!” está formulando un tópico familiar de los más recurrentes. Veamos algunas de esas diferencias.
Sobre la insensatez de una “seguridad europea” contra Rusia
En diciembre Rusia presentó una propuesta de acuerdo a Estados Unidos y a la OTAN que satisfaga sus “intereses de seguridad”. No era una propuesta nueva. Ambos documentos contenían lo que Moscú lleva pidiendo desde hace años, y en algunos casos décadas. Como en general no se informa de ellos, es necesario dedicarles unas líneas:
Sobre la fragilidad de Rusia. Una advertencia contra la sobrevaloración de su potencia.
Procesión de Pascua. Ilya Repin
Me parece que algunos observadores de izquierda del Sur global son excesivamente optimistas, y están demasiado deslumbrados por la combinación que resulta de la alianza ruso-china por un lado, y del declive de Occidente en el mundo por el otro. Ambos procesos son verdaderos, pero el primero, la alianza ruso-china, es incierto a medio plazo. No sabemos cuanto va a durar, teniendo en cuenta el desequilibrio de potencia entre ambos países y la nula vocación de Rusia por ser “hermana menor” de nadie. Respecto al segundo, es tendencia histórica, es decir tiene lugar desde hace décadas y es lento en sus efectos. Así que la promesa de un mundo multipolar, con varios centros de poder, que suceda al hegemonismo occidental a punto de quebrar, es al mismo tiempo verdadera, problemática y relativa…
Todo esto es un gran asunto del que no sabemos qué resultará, pero aquí vamos a centrarnos solo sobre un aspecto del mencionado optimismo: la exagerada sobrevaloración de la potencia rusa.